No hay verano sin Romano

Ciudad de Nueva York, un día laborable de la primavera, tal vez del verano, del año 2011. Voy sentado en el asiento del copiloto de un coche de gama alta, tipo ranchera. Al volante, un empresario y su perro. Sí, el can iba sentado en las rodillas de aquél, de manera que talmente parecía que era éste quien conducía.

El hombre había contactado conmigo a través de una amiga común para pedirme opinión sobre el plan de negocio de su compañía. Me dijo que sabía algo de español, pues había estado casado con una mejicana. En mi presencia, en el idioma de Cervantes, tan sólo pronunció la palabra “bonito”. Lo hacía una y otra vez para referirse a su perro.

Durante nuestro trayecto me contó, indignado, que tenía un proveedor en Cataluña que no estaba atendiendo debidamente a sus pedidos y que al hablar con su representante, éste le aseguraba que no iba a poder cumplir los plazos previstos pues al retraso existente, tendrían que sumarle que su fábrica cerraba el mes de agosto. El americano no daba crédito ¿Cómo pueden cerrar el mes entero? ¿Cómo pueden hacerlo si encima no están cumpliendo los plazos de entrega con sus clientes?

En España, aunque cada vez menos, el mes de agosto siempre ha sido el mes de vacaciones por excelencia, en el que el país entero parece pararse o, cuando menos, funcionar a medio gas. Personalmente, siempre me ha gustado trabajar en agosto, aunque este año, que no he tenido vacaciones, pues he cambiado mi actividad profesional (aunque soy autónomo, no he querido parar para poder cumplir mis objetivos), he echado de menos poder descansar unos días.

verano azul

Ahora que el verano parece que se nos escapa, me he puesto a recordar, con cierta nostalgia, cómo eran alguno de mis veranos de antaño.

Como decía, me gustaba trabajar en agosto, sobre todo en Madrid. El agotador ritmo de la ciudad parecía descender un poco, no había atascos, se podía aparcar con facilidad en la calle…

Uno de mis primeros trabajos estivales, fue la sustitución de la secretaria de la oficina que mi padre compartía con otras dos empresas en el madrileño barrio de Salamanca. Fueron dos años consecutivos (si la memoria no me falla, fueron los veranos antes de empezar 3º de BUP y COU respectivamente). El salario percibido se lo entregué casi íntegramente a mis padres (acción que me hizo sentirme orgulloso de mí mismo). Digo casi íntegramente, porque con parte del mismo me compré un par de libros el primer año y un libro de historia y el primer cd de Ella baila sola, cuyo single de presentación me había acompañado aquel mes en la radio de la oficina, el segundo año.

El año siguiente mi trabajo veraniego fue como socorrista en la urbanización Las Nieves, en Pozuelo de Alarcón. Trabajé de junio a septiembre, sin un solo día de descanso. Con mi primer salario como socorrista me compré una bicicleta (que aún conservo). Ésta fue mi medio de transporte para ir al trabajo. Iba a comer a casa casi todos los días. Mi madre nunca olvidará aquél atípico frío día de verano. Cuando llegó a casa a primera hora de la tarde, yo ya me había ido a trabajar. En el tendedero se encontró con mi ropa tendida, secándose. Sí, aquel día, al mediodía, pasado sobradamente ya mí horario de trabajo, me tocó tirarme al agua a sacar a un chico georgiano que no sabía nadar, y que, durante el primer baño de su vida en una piscina, decidió intentar coger su pelota en la zona en la que no hacía píe.

Fue mi primera intervención aquel verano. La segunda fue sacar del fondo de la piscina a un niño de poco más de un año, Arturo, que cayó a plomo al fondo de la piscina, en un despiste de su cuidadora dominicana, que platicaba con otra compatriota con igual trabajo, ajenas ambas a las andanzas de los pequeños.

Mis estudios universitarios los compatibilicé con mi trabajo en la Pista de Hielo de Majadahonda. Trabajaba los fines de semana, fiestas de guardar y, por supuesto, el verano entero. Cobraba por horas, por lo que intentaba trabajar todo lo que podía. Recuerdo un mes de agosto que, aparte de trabajar en las sesiones públicas, necesitaban a alguien para que estuviera en la pista vigilando la misma por las mañanas mientras ésta estaba cerrada. Me ofrecí voluntario. Llegaba a las ocho de la mañana, me daba una vuelta por todas las instalaciones para comprobar que todo estaba en orden, enfocaba las cámaras de seguridad hacia la entrada, conectando la imagen en la pantalla gigante. Me calzaba los patines y jugaba una horita sólo al hockey.

Cada día, tan sólo tenía que estar pendiente de la llegada del panadero, para recogerle el pedido que, José María, arrendatario de la cafetería, estaba esperando, y poco más…

Durante el mes anterior, mi jefe David y mi compañero “Jorjón”, hicieron lo mismo que yo, jugaban al hockey en su pista particular.. y acababan sentados en un banco en el hielo, tomándose un helado y viendo una película que proyectaban en la pantalla gigante.

A las cuatro de la tarde, tocaba ponerse las pilas. Empezaba la sesión pública, aunque, eso sí, mucho más relajada que durante la temporada. Recuerdo una tarde que, ante la ausencia de clientes, mi compañero Rudy y yo, terminamos jugando un 21 con el pie y con un balón de fútbol, utilizando como canasta una papelera. En definitiva, aquel mes de agosto llegaba a la pista a las ocho de la mañana y no salía de allí hasta la 1 de la madrugada, y yo tan contento.

Los estudiantes de los primeros cursos de derecho, bromean diciendo que no hay verano sin romano, en referencia a que siempre les toca estudiar en verano Derecho Romano, pues no es fácil de aprobar esta asignatura a la primera. Yo he tomado prestada dicha expresión para el título de mi artículo, pues durante muchos años o no he tenido vacaciones o han sido tan sólo unos días, pues o bien he tenido que trabajar o bien he decidido dedicar mi tiempo a estudiar o hacer algo más productivo. Mis últimas (y añoradas) vacaciones estivales, fueron en agosto de 2013, cuando, en lugar de relajarme en la playa o en la montaña, decidí irme a una escuela para mayores de 30 años en Covent Garden, Londres, a seguir perfeccionando mi inglés.

La verdad es que no me gusta parar un mes entero. Prefiero repartir mis vacaciones a lo largo del año y, si es posible, salir fuera de España, huyendo, eso sí, de paquetes vacacionales organizados… Me encanta el turismo urbano, tomar el metro y sentirme un ciudadano autóctono, visitar librerías y aumentar mi biblioteca con nuevos títulos en inglés, hablar con gente de otros países y culturas en la barra de un bar…

David Torija

davidtorija@hotmail.com

Acerca de David Torija

Economist and MBA. Business Development Manager, Advisor and Business Strategist. Passionate about Management, Finance, Marketing, Sales, Social Media, Writing and Public Speaking. Cross Cultural and Global Minded. Hard Worker. Entrepreneur. Optimistic, Enthusiastic: Always look on the bright side of life.
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Una respuesta a No hay verano sin Romano

  1. nacho dijo:

    muy bueno david

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