Todo está cambiando

Fotografia del libro El Gran Cambio en mi biblioteca

Fotografia del libro El Gran Cambio en mi biblioteca

¿Por qué este título?

Escribo hoy estas líneas, inspirado en el título de un gran libro, revelador a la par que premonitorio, que rezuma fuertes dosis de crudeza y realidad. Empecé a leerlo, seis años atrás, una tarde en los jardines del antiguo cauce del Turia, mientras esperaba que me devolviesen tardíamente el coche del taller, en un tiempo en el que me hallaba perdido, pues parecía que la resaca de la crisis inmobiliaria me enviaba directamente a la lona, en un asalto tardío, finalizado ya aquel combate apenas dos años atrás. El Gran Cambio, así se titula la mencionada obra del economista Fernando Trías de Bes (que en su día ya reseñé en mi blog personal) y a la que di pábulo pensando que este gran cambio vendría solamente de la mano de un exceso de endeudamiento, de la implantación de la era digital y de la inteligencia artificial sin medida, de una globalización mal concebida, aderezada con fuertes dosis de neglitocracia, corrupción e intereses económicos mundialistas sin escrúpulos (con el magnate George Soros como su máximo y despiadado exponente). La pandemia del Coronavirus ha agudizado, acelerado y ejecutado virulenta y repentinamente el cambio.

¿Estamos viviendo el momento más difícil de nuestra historia?

No creo que estemos ante la más grave coyuntura histórica, como rezaba el título de un interesante artículo de Paco Torres de mediados de los noventa, pues a nivel nacional, y si nos ceñimos al último siglo, fue mucho peor la consecuencia del ascenso al poder del Frente Popular en las fraudulentas (hecho constatado y documentado (con las actas de las mismas) en la obra 1936 Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García) y el clima de barbarie y violencia que sembraron en España con su llegada, que tuvo su cúspide en el asesinato del líder de la oposición, José Calvo Sotelo, a manos del teniente de la Guardia de Asalto Máximo Moreno y del militante socialista y miembro de la motorizada de Indalecio Prieto, Luis Cuenca (asesinato que fue planificado durante tres meses, y que incluía entre sus planes la muerte también de José María Gil Robles y de Antonio Goicoechea,  según la documentación aportada por el socialista Francisco Vázquez) la madrugada del 12 al 13 de julio de 1936. Asesinato que llevó al general Franco a sumarse a los planes de alzamiento del General Sanjurjo y que fue el detonante del suceso más negro de nuestra historia reciente, la Guerra Civil. Esos sí que fueron los peores años de nuestra historia, y no son afortunadamente comparables con el periodo, también histórico, que nos está tocando vivir.

Una tragedia amortiguada

En los atentados del 11 de marzo fallecieron 191 personas. Fue algo que nos marcó a todos los españoles y que hoy seguimos recordando con pavor. Hoy parece que celebremos que tan sólo hayan fallecido 229 personas en nuestro país en un día, sumando un total de 26.299 decesos (reconocidos, pues siguen sin sumarse las personas fallecidas que algunas Comunidades Autónomas descubrieron que no habían sido contabilizadas). Más de veintiséis mil dramas de familiares y amigos que hemos perdido sin la posibilidad de despedirles ni de velarles. El apagón informativo de una prensa en exceso dependiente de la publicidad y que ante el riesgo de poder perderla (como sucedió en los años ochenta con El Alcázar, que no sólo dejó de distribuirse en trenes y aviones estatales, que no sólo perdió la publicidad institucional, sino que las empresas privadas anunciantes cedieron ante el chantaje gubernamental (según testimonio de su director de entonces, Antonio Izquierdo y de uno de sus redactores, Eduardo García Serrano)) ha plegado velas. En el caso de El Alcázar, la desaparición de la publicidad junto a unos elevados costes fijos, fueron la causa del cierre del periódico más leído por aquel entonces en España junto a El País. Citando al mencionado redactor La Gestapo moderna te envía hoy a sus inspectores de Hacienda o te retira la publicidad…

Curioso que con más de veintiséis mil muertos la televisión pública no luzca un crespón negro permanente en señal de duelo, que no se hayan visto imágenes de ningún funeral, entierro o simple ataúd (salvo la criticada portada de El Mundo con la morgue del Palacio de Hielo, criticada precisamente por aquellos a quienes no les dolieron prendas a la hora de publicar, entre otras, la foto del cadáver de Miguel Ángel Blanco, o la de un andén plagado de fallecidos y heridos graves el 11 de marzo). Qué esperar de un gobierno que cuando llevábamos 14.000 fallecidos, sólo se había dignado a dar el pésame en público a un importante miembro de la comunidad musulmana en España. Mi más sentido pésame a las familias de todas las víctimas sin excepción.

Mala gestión

No tengo filiación política alguna, pero en la actual situación, mi crítica al gobierno nacional por la gestión de la crisis, me convertirá en acreedor de la etiqueta de facha. Estrategia recurrente que junto a la caza de brujas iniciada en las redes sociales, utilizando para ello todo el aparato del Estado, pretende acallar cualquier pensamiento crítico. Sólo apostillar que hemos estado a la cola del mundo a la hora de aprovisionarnos debidamente de material sanitario, poniendo en riesgo a la población con resultado mortal, por el desconocimiento del funcionamiento de los mercados internacionales, cuando no por mala praxis por intereses espurios. En la empresa privada cualquier director de compras hubiese sido fulminado inmediatamente por mucho menos. Todo esto pasa por utilizar como criterio para la elección de personal para puestos clave, el carnet político de partido en lugar de la experiencia y la formación adecuada.

Necesidad de invertir en investigación

Una vez más queda demostrada la importancia de la inversión en investigación y desarrollo,  a todos los niveles, en lugar de utilizarse como una mera partida para aminorar la cuota del impuesto de sociedades de las empresas.

¿Quiénes son las verdaderas estrellas?

Esta crisis nos ha demostrado quiénes son los verdaderos acreedores de nuestra admiración y no son los Cristiano Ronaldo o Messi, sino el personal sanitario (a quienes llevo agradeciendo su labor desde hace años en distintos artículos), las fuerzas de seguridad del estado, el ejército, personal de limpieza, cajeras de supermercado, camioneros, repartidores,… en definitiva todas aquellas personas que se han expuesto, jugándose la vida, en la mayoría de los casos a cambio de un salario mísero, tanto para curarnos como para evitar que se cortase el suministro de alimentos. A todos ellos, mi admiración y agradecimiento.

Cambios en los hábitos de consumo

He escrito varios artículoshablando del cambio en los hábitos de compra. Primero se cambió el pequeño comercio por las grandes superficies. Más tarde se está sustituyendo a ambos por el comercio electrónico. El confinamiento ha traído un crecimiento exponencial de las compras por Internet que va a resultar difícil revertir. Cuidado porque se puede llegar a una situación monopolística en el comercio que sólo beneficiaría a la afamada empresa que disfrutaría del mismo.

Cambios en los medios de pago

Desde el inicio de la pandemia se ha recomendado, por salud, evitar los pagos en efectivo, fomentándose el pago con tarjeta y con el móvil. Al igual de lo que sucede con las compras por Internet, su uso extendido se quedará para siempre, acelerando la eliminación del dinero físico.

214 Todo va a cambiar II

Teletrabajando desde mi despacho en casa

Teletrabajo

A mi juicio, de las pocas ventajas que los cambios que el confinamiento nos ha traído es la implantación, de momento, del teletrabajo. Especialmente en España impera el presentismo, esa sensación de que uno trabaja por el mero hecho de estar sentado en su puesto. En muchos casos, en España tenemos largas jornadas laborales, debido a la existencia de una pausa de dos horas para comer. Si a esto le sumamos desplazamientos diarios eternos, fruto de los atascos, nos encontramos con jornadas maratonianas que impiden o dificultan la conciliación familiar con la vida laboral. Además es algo que no nos vuelve más productivos. Conozco muchas empresas en las que los trabajadores, sin nada que hacer, esperan mucho más allá de su horario a que se vaya su jefe, pues está mal visto irse antes que él. Con una disciplina adecuada de trabajo y con honradez, el teletrabajo sería una opción estupenda para trabajadores y familias (en aquellos casos en los que se pueda desarrollar) e incluso podría ahorrar costes a las empresas. Durante mi etapa en la dirección de Toastmasters Valencia tuve la suerte de conocer de cerca los centros de coworking de la ciudad del Turia como CoWorking Valencia y Wayco (donde incluso trabajé puntualmente como docente en un proyecto llamado Wayco School) y pude comprobar que se puede trabajar en cualquier sitio, alquilar salas de reuniones cuando se necesite… además en un ambiente colaborativo enriquecedor.

Globalización y control de fronteras

Una reflexión ¿De verdad es un trastorno y una pérdida de libertad controlar las fronteras dentro de la UE? A mí no me importa tener que enseñar mi pasaporte, o que me tomen la temperatura.

Recientemente leí el libro de los profesores Juan A. de Castro y Aurora Ferrer: Soros rompiendo España. En el que se demuestra, documentalmente, el entramado societario que el magnate húngaro ha creado para poner patas arriba el mundo, promoviendo y financiado las llamadas revoluciones de color como la Primavera Árabe o el Process en Cataluña, utilizando los principios de Sharp de la no violencia (nombre engañoso) para destruir, en pro del mundialismo y de sus intereses económicos, determinadas naciones.

Lo que de verdad importa

Después de casi dos meses de confinamiento, nos hemos dado cuenta de lo mucho que echamos de menos cosas tan simples como poder visitar a tus padres sin ponerles en riesgo, dar un paseo con tu mujer, entrar en una librería, tomarte una cerveza en una terraza con los amigos o recoger a tu hija en el colegio y quedarte con ella en el parque departiendo con otros papás de lo divino y de lo humano o incluso de la Ley de Memoria Histórica que tan poco me gusta y con la que recuerdo haberle dado la tabarra a otro papá, Alejandro, con Mila y el prudente Óscar (papás de otros dos niños) de testigos, un par de días antes de que todo esto empezase.

 Parafraseando al desaparecido Andrés Montes la vida puede ser maravillosa, y aunque tengamos que cambiar nuestros hábitos de vida y muchas cosas vayan a cambiar, y no todas para bien, sabremos adaptarnos y seguiremos disfrutando de los pequeños placeres de la vida.

David Torija

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Mi particular reseña de La calle de la Luna de Kiko Méndez Monasterio

La calle de la luna

Uno de los sucesos que más me impactaron durante mi infancia fue el incendio de la discoteca Alcalá 20. Aquella mañana íbamos a comer a casa de mi abuela Pepa. Al llegar nos enteramos de la triste noticia, la noche anterior se había producido un incendio en el interior del local, que acabó con la vida de ochenta y dos jóvenes. Jóvenes como mis tías con las que iba a comer aquel día, como Luis Peralta, protagonista de la novela que hoy reseño. Supongo que aquel día, con apenas siete años, por aquella desgracia, sucedida en los albores de las fiestas navideñas del año ochenta y tres, en plena movida madrileña, me contaron por primera vez lo que era una discoteca y qué era la movida madrileña.

Al contrario que el protagonista de La Calle de la Luna, nunca he sido ave nocturna y nunca me ha gustado el mundo de la noche, supongo que pese a ser un apasionado de la música, mi miedo escénico para el baile, siempre me ha llevado a aborrecer las discotecas. Si a eso le unes que durante parte de mi juventud no bebía alcohol, que jamás he fumado y mucho menos consumido jamás ningún tipo de estupefacientes, aparte de convertirme en un tipo aburrido, me situaba en las antípodas del protagonista de la novela.

Fue precisamente en el número veinte de la calle Alcalá, en el teatro Alcázar, donde vi por primera vez al autor de la novela, Kiko Méndez Monasterio. Kiko era un joven idealista que subía a aquel estrado, aupado tras un enfrentamiento provocado por el concejal de seguridad del ayuntamiento de Madrid, José Ignacio Echeverría, quien envío a sus pretorianos contra el grupo de personas que se concentró en las puertas del consistorio tras el asesinato, a manos de ETA, de Francisco Tomás y Valiente, y que no se conformaron con un pusilánime minuto de silencio y alzaron su voz contra la banda terrorista, marxista y separatista. Por aquel entonces yo simultaneaba mi preparación de la oposición de acceso a la escala superior del ejército con la carrera de Ciencias Físicas por la UNED. Acudí a aquel evento acompañado por mis compañeros de clase del Colegio de Huérfanos de la Armada. Allí Kiko recitó un poema que, con el título Cobarde quien ceda, decía algo así: no mi amor yo no cederé, tú me amas y amas mi ideal…

En algún sitio leí que La calle de la Luna era la novela más íntima de su autor, en la que se hablaba de la noche madrileña de la post movida. Equivocado, esperaba una historia distinta, esperaba leer la historia de un joven idealista, la de Kiko. Pero no ha sido así. La novela sí transcurre en el Madrid de los años noventa, pero en lugar de la historia de un joven idealista, cuenta la historia de un joven hedonista, sin valores, fiel reflejo del devenir de una sociedad putrefacta y marchita.

Luis Peralta, el protagonista de la historia, es un adolescente de un pueblo con mar que, a regañadientes, se marcha a estudiar a Madrid por designio paterno. Luis, protagonista de esta historia, aterriza en la capital para completar, sin éxito ni empeño, sus estudios de Derecho.

Enseguida se pierde en el laberinto turbio de la noche madrileña de los noventa. Engreído, lenguaraz, prepotente, malhablado… el joven demuestra carecer de cualquier tipo de valores. Incapaz de hacer planes futuros, echa a perder varias relaciones sentimentales, con infidelidades incluidas. Vive por y para perderse en el mundo de la noche, y termina despertando la antipatía de quienes le rodean e incluso de lectores como yo, que aborrecemos al personaje pues, al menos en mi caso, lo identifico con el cáncer de una sociedad que se pudre por la ausencia de valores como la familia, la verdad, la honradez y la lealtad. Para mí no son válidos ni el atenuante de embriaguez, ni el agravante de nocturnidad, ni la edad, ni el tiempo, ni el entorno… para justificar comportamientos en las antípodas de la dignidad.

Que su protagonista sea un engreído no quiere decir que la novela no sea interesante, pues sí lo es. De fácil lectura, me ha permitido sumergirme en aquella época, casi coetánea con mi juventud, sus escenarios, sus excesos… son un fiel reflejo de una época, de la historia nocturna de la capital de un país, este nuestro, antes llamado España.

Reseña de la Calle de la Luna

Kiko Méndez Monasterio.

Ediciones Ambar. Barcelona 2008

Una reseña de David Torija

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Mi particular reseña de Las Hijas del Capitán de María Dueñas

211 Las Hijas del Capitán

No suelo reseñar novelas en mi blog personal (me centro más en libros que tengan algo que ver con el mundo de la economía y de la empresa), y menos aún bestsellers (no recuerdo quién me dijo una vez que no leía bestsellers porque era una horterada). Estuve a punto de hacer una excepción cuando, años atrás, leí la Catedral del Mar y también con Los Pilares de la Tierra, pero no lo hice. Esta vez sí. Cuando un libro es extraordinario (al igual que las dos obras mencionadas), hay que difundirlo.

No recuerdo si fue en el desternillante programa de Las Mañanas de Radio Nacional, que por aquel entonces conducía Alfredo Menéndez junto a Javier Capitán y Ramón Arangüena o en el singular Esto me suena del sin par Ciudadano García. Ambos programas me acompañaban durante mis viajes de trabajo, hasta que la comisaria política disfrazada de administradora concursal, Rosa María Mateo, prescindió de los profesionales que durante tantos años se habían encargado magistralmente de las mañanas y las tardes en la radio pública de todos. Fueron cesados por dedicarse más al entretenimiento plural que a la difusión del pensamiento único dirigido. Pues bien, en uno de los dos escuché una entrevista a María Dueñas, a quien confieso no haber leído hasta hoy, en la que la autora hablaba del libro que hoy reseño. Me gustó la entrevista y me llamó la atención el libro, sobre todo cuando su autora habló de La Nacional como lugar de encuentro de los emigrantes españoles en Nueva York, en ese momento tomé la decisión. Compraría el libro en mi próxima visita a uno de esos paraísos que son para mí las librerías.

Corría cierto riesgo al guiarme por mi percepción tras aquella entrevista, pues en circunstancias similares, me gustó en su día la entrevista que a Javier Cercas le hizo Alfredo Menéndez, presentando aquél su monarca de las sombras. Creí que estaba ante un buen libro y ante un escritor cabal y respetuoso. Nada más lejos de la realidad, ya que El monarca de las sombras fue el peor libro que recuerdo haber leído en mucho tiempo, sectario y malintencionado, rezumaba rencor por los cuatro costados, muy en la línea de esa ley norcoreana que es la Ley de Memoria Histórica que restringe la libertad individual y que, manipulando la historia, no sólo dictamina quienes son los buenos y quienes los malos, sino que nos dice cómo hemos de pensar, qué libros podemos leer etc. Dictando cuantiosas penas de prisión para quienes osen escribir o tan sólo manifestar opiniones contrarias a su (falsa) versión de la historia que en la misma se determina, en un claro ataque a la libertad de expresión en pro de un pensamiento único y del blanqueamiento de las aberraciones realizadas por los vencidos durante (y en los meses anteriores) la guerra civil española. Como sucedió con la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1 Julio de 1985 de Felipe González Márquez, que significó el inicio de la politización de la Justicia y el fin de la separación de poderes (Montesquieu ha muerto decía Alfonso Guerra ante la indiferencia generalizada del pueblo español), a nadie parece interesarle este ataque frontal a la libertad de pensamiento que es la Ley de Memoria Histórica. Tal vez el alineamiento de Javier Cercas con la misma, le convirtiesen en consensuado acreedor de la última edición del cuantioso y popularísimo Premio Planeta.

Esta vez mi instinto no me engañó, pues como decía, Las hijas del Capitán es una novela muy interesante y trabajada, en la que se nota el gran trabajo de documentación realizado por su autora para transportar al lector al Nueva York de los años treinta, concretamente a 1936. Es una novela dura, pero muy entretenida, que engancha, ya que María Dueñas es capaz de mantener la intriga sobre el transcurso de la historia durante toda la obra. Como me sucedió con Patria de Fernando Aramburu, y pese a sus más de seiscientas páginas, me ha robado muchas horas de sueño, pues la extraordinaria forma de escribir de María Dueñas (al menos en esta obra, pues es la primera que leo de esta escritora) y el interés de la trama, te hace muy difícil interrumpir su lectura lo que te lleva a leerla en pocos días.

Cuenta la historia de las tres hijas de Emilio Arenas, un busca vidas que llega a Nueva York en busca de una oportunidad para subsistir y prosperar. Casi por casualidad, se le presenta la oportunidad de hacerse con el traspaso de un pequeño restaurante ubicado en la calle catorce de Manhattan, junto a La Nacional, punto de encuentro de la comunidad española en la gran manzana.

Permítaseme hacer aquí un paréntesis (otro), pues por algo he titulado esta entrada mi particular reseña…, para poder tomarme estas libertades. La Nacional fue uno de mis lugares de referencia durante los meses que viví en Nueva York allá por dos mil once. Entre mis virtudes para unos, o taras para otros, está la de ser muy madridista. Mi llegada a Nueva York coincidió con la disputa de cuatro clásicos (para los no iniciados: partidos entre mí equipo, el Real Madrid y el Barcelona, mi eterno rival) cuasi consecutivos: partido de liga, final de la Copa del Rey, más la ida y la vuelta de las semifinales de la Champions. Pregunté en el grupo de Facebook Becarios y jóvenes profesionales en Nueva York, al cual pertenecía, por el lugar idóneo para ver el primero de los partidos. Así es como aquel mediodía entré por primera vez en La Nacional. Compartí mesa entre otras personas desconocidas, con Laura Turégano de la Universidad de Nueva York y con otra gente a la que, salvo a un abertzale natural de Bilbao y seguidor del Barsa por motivos políticos (eso decía él), no volví a ver. Dice mi amiga suiza Stéphanie Meier que tengo una gran capacidad para romper el hielo y presentarme o integrar a alguien recién llegado. Aquel primer día me senté, me presenté a mis compañeros de mesa, preguntándoles si eran de los buenos (de mi equipo) o de los malos (del rival). Tras aquel primer partido, nos citamos (mi mujer y yo) con Laura para ver juntos los otros tres partidos (de los que sólo salió victorioso mi Real Madrid en uno de ellos, en la final de la Copa del Rey). Al abertzale, cuyo nombre no recuerdo, le saludé y nos deseamos suerte, pese a estar en las antípodas ideológicas y deportivas (siempre me ha gustado comportarme como un caballero) antes del comienzo de los otros tres encuentros. Recuerdo también cenar una noche allí con mi mujer y con nuestra amiga Marife. Invitamos nosotros y ella nos devolvió la invitación una semana más tarde en un coqueto restaurante italiano en la cuarenta y seis. También comimos un día allí con nuestro compañero Thomas Thorn, un suizo de un cantón alemán, que planificaba escrupulosa y milimétricamente cada detalle de la visita de su novia, mientras se contradecía diciendo que iba a ser espontáneo.

Nada que ver nuestra gastronómico-festiva experiencia en el legendario local de la catorce con la dureza de la historia que en la novela que hoy reseño se cuenta…para que os hagáis una idea amigos lectores, en La Nacional se llega a velar el cadáver de uno de los protagonistas de la historia (hasta aquí puedo leer).

Como decía, la novela cuenta la historia de Luz, Mona y Victoria, las tres hijas de Emilio, un gallego metido, esta vez, a hostelero. Las tres, junto a su madre, llegaron con desgana a un país y a una ciudad que no era la suya, en la que se hablaba una lengua para ellas desconocida, abandonando en su pueblo lo poco material que allí tenían, tras el anuncio por carta de su padre de la compra del restaurante El Capitán (que da nombre a la novela). Una mala jugada del destino les hace tener que pelear por subsistir con uñas y dientes, con la desinteresada ayuda de otros expatriados españoles.

Las Arenas, capitaneadas por la mediana, Mona, una mujer con una fortaleza mental y física encomiable, van venciendo unas veces y cayendo derrotadas otras, las pruebas que les va poniendo el destino. Es una historia de sacrificio, de amores y desamores, de traiciones, que no pretendo desgranar más, pues recomiendo abiertamente su lectura, más aún en estos días de encierro obligatorio decretado por el gobierno español, para frenar la evolución del virus covid19. Es una fantástica opción para viajar al Nueva York de 1936 y envolverse en una apasionante historia, sin salir de casa.

Una reseña de David Torija

Las hijas del Capitán

Maria Dueñas

Planeta. 2018

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La gran apuesta, versión española

210 La Gran Apuesta

Hace unos días he vuelto a ver la película, La Gran Apuesta, lo he hecho como en su día en los cines Campanar de Valencia, en versión original, de ahí que haya estado tentado en escribir este artículo en inglés, pero mi propia comodidad me ha llevado a hacerlo en español.

La película versa sobre la crisis subprime. Un introvertido y extraño gestor de fondos descubre la no correlación entre los ingresos de los hipotecados (entre ellos los famosos NINJA (No Incomes, No Job, No Assets)) y el riesgo concedido a los mismos en sus préstamos para el pago de sus viviendas, por lo que decide apostar a la baja contra el sector inmobiliario. Las agencias de rating, verdaderas protagonistas (y culpables) de la crisis subprime, junto a petulantes y engreídos agentes de Wall Street se mofan de él. Pero finalmente, como estaba en lo cierto, gana una fortuna con el desplome del sector inmobiliario. Pero no voy a escribir una reseña de la película, pues la misma es una excusa para hablar de la crisis inmobiliaria.

Si en Estados Unidos el detonante (de la crisis global) fue la caída de Lehman Brothers, en España fue la caída bursátil de la inmobiliaria valenciana Astroc el detonante del estallido de la burbuja inmobiliaria.

210 La gran apuesta astroc

Propiedad del empresario del Puerto de Sagunto, Enrique Bañuelos Castro (el nombre de la empresa provenía de su segundo apellido, como homenaje a su madre), salió al parquet a un precio para inversores institucionales (entre los que se encontraba mi empresa familiar y una serie de empresas en las que yo participaba en su gestión) a un precio de 6,40€/acción fijado en la OPV. Tras la subasta de apertura comenzó a cotizar, aquel 24 de mayo de 2006, a 6,80€/acción. Fue el comienzo de una subida continua y vertiginosa. Llegó a subir un 1.100%, fruto del bajo free float (tan sólo cotizaba el 25% de las acciones de la compañía) y de la capacidad de persuasión de Bañuelos, un brillante estratega, que fue capaz de crear una atracción desmedida hacia las acciones de su compañía que subían diariamente como la espuma en ausencia de cualquier corrección y que llevaron a Bañuelos (según la revista Forbes) a convertirse en la tercera fortuna española en patrimonio (por delante nada más y nada menos que de la familia Botín).

Tuve la suerte de poder vender las acciones de Astroc que habiamos comprado con nuestra empresa familiar, junto con otras que mi padre y yo habíamos comprado, a título personal, en mercado secundario una vez comprobada la tendencia alcista del valor, unos días antes del primer batacazo bursátil, en febrero de 2007. Tuve que armarme de valor para hacerlo, en uno de los momentos más difíciles de mi vida, pues mi padre estaba ingresado en la UVI tras sufrir un infarto aquella mañana. Apenas había podido verle (llegué apresuradamente al hospital al mediodía, tras el aviso de Gema, nuestra más que eficaz secretaria, que no sólo le salvo la vida aquel día, sino que con su prudencia, profesionalidad y humanidad de siempre, me avisó para que suspendiera mi visita a la Feria Cevisama sin sobresaltos).

Aprovechando que hasta las ocho de la tarde no podía volver a entrar a ver a mi padre, tras conocer una serie de movimientos extraños, guiado por mi olfato, tuve que armarme de valor y dirigirme a mi despacho para vender nuestras acciones, conseguí venderlas todas (aunque tuve que hacerlo con la opción “por lo mejor”, cuyo nombre es del todo engañoso), antes de la subasta de cierre (que culmina en torno a cinco minutos después de las cinco y media).

Con las plusvalías generadas con la venta de parte de sus acciones de Astroc, Enrique Bañuelos se hizo con un porcentaje en torno al 5% del Banco de Sabadell, lo que le convertía en acreedor de un puesto en el consejo de administración del banco. Al igual que le sucedió a Mario Conde (siempre he visto ciertas similitudes en la personalidad de ambos, quizás por su carácter persuasivo), el lobby bancario quiso eliminar del tablero a un jugador sin pedigrí familiar bancario (en el caso de Conde su caída se produjo, sobre todo, por la acción del poder fruto  del temor de los líderes del bipartidismo político de que Conde saltase a la arena política y se comiese parte de su pastel).

210 La gran apuesta Bañuelos Forbes

Varios consejeros se pusieron cortos al unísono en el valor, apostando a la baja ingentes cantidades de dinero, al mismo tiempo que se publicaba en algunos mass media (que se prestaron a hacerles el juego sucio) una noticia (la compraventa, a precio de mercado, de un par de inmuebles de la compañía por la sociedad patrimonial de Bañuelos), irrelevante si se analiza fríamente pero que, cuidadosamente maquillada, hizo saltar las alarmas de una ficticia descapitalización de la compañía. Ambos ingredientes del cóctel (noticia alarmante junto a la posición vendedora apostando a la baja de un gran número de acciones) produjeron el desplome de la compañía. Con una bajada repentina del 40%, accionistas como Amancio Ortega o Félix Abánades vendieron grandes paquetes de acciones (como he contado, yo lo había hecho días antes de la primera caída, muy cerca del techo que alcanzó el precio de la acción). La compañía se desplomó y arrastró con ella, junto con otros hitos como la intervención de Caja Castilla la Macha, la caída de Inmobiliaria Colonial etc… a todo el sector inmobiliario español.

La crisis subprime se contagió por todo el mundo fruto de la titulización de las hipotecas y de complejos productos financieros (CDOs, CDOs sintéticos y CDSs) que incluían dichos titulos de deuda  y sobre los que ya he escrito y sobre los que profundizaré próximamente en segunda parte de este artículo.

David Torija

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Buñuelos de viento

211 buñuelos

Ahora que la foránea festividad de Halloween se apaga, me pongo a escribir, invadido por la nostalgia porque, en este país, antes llamado España, en lugar de Halloween siempre se ha celebrado el día de Todos los Santos, festividad en la que se recuerda a quienes ya no están con nosotros.

Permítaseme puntualizar que no me importa celebrar Halloween, pues siento aprecio por los Estados Unidos de América. De una América, cuyo descubrimiento, civilización y evangelización  fue el más alto acontecimiento que vieron los siglos tras el nacimiento de Cristo (así se refirió Cristobal Colón al descubrimiento de la Indias). Muchos son los españoles que desprecian sus tradiciones y su historia, y, tristemente acomplejados, dan pábulo a la Leyenda Negra del gran falsificador de la historia, Fray Bartolomé de Las Casas, alentada precisamente por aquellas naciones que sí aniquilaron a la población indígena en sus conquistas, y seguramente por los comisarios políticos (de la vergonzosa Comisión de la Verdad) de esa ley norcoreana que cercena la libertad de pensamiento, que es la Ley de Memoria Histórica. Los estudios demográficos del profesor Ángel Rosenblat desmienten la Leyenda Negra (también lo hace la simple existencia de millones de indígenas o mestizos en Hispanoamérica. Los españoles a diferencia de británicos, franceses o norteamericanos, nos mezclamos con la población autóctona).

No recuerdo visitar el camposanto el uno de noviembre. Pero sí tengo recuerdos de mi niñez de nuestras visitas a la tumba de mi abuelo Gregorio el día de Navidad. Siempre me pareció más bonito hacerlo así.

La festividad de Todos los Santos me recuerda las comidas que organizaba en esa fecha mi abuela Pepa en su casa. En aquellos escasos treinta metros cuadrados de vivienda, teníamos que hacer encaje de bolillos para poder sentarnos todos los comensales a la mesa. A mi lado siempre mi abuelo (dándome a mí su oído bueno y el malo a la cla. Dicho sea con cariño), quien estaba literalmente encajonado contra el mueble bar, que guardaba una botella de Pipermín en forma de torero y que siendo niño manoseaba para desesperación relativa de mis abuelos y que a día de hoy conservo como un valioso tesoro. Y digo desesperación relativa porque siempre sentí lo especial que era para ellos. Mi abuela Pepa siempre decía que yo era su corazoncito izquierdo.

Para el día de Todos los Santos mi abuela Pepa cocinaba decenas de buñuelos de viento que repartía en varias bandejas que la logística, dada la falta de espacio en aquella humilde vivienda, obligaba a colocar encima de las literas en la habitación de mi tía José y de mi tía Luisi, hasta su aparición estelar en la mesa a la hora de los postres. Buñuelos de cabello de ángel, nata, crema pastelera y de chocolate que hacían las delicias de toda la familia, acercándonos, permítaseme la chanza, a la frontera del pecado capital de la gula. Nunca he sido muy goloso, pero aquellos buñuelos eran bocatto di cardinale.

Es bonito recordar el pasado, nuestra historia, nuestras costumbres, nuestra infancia, a nuestros seres queridos… y aunque a veces a uno se le nuble la vista fruto de la nostalgia, la vida está llena de bonitos recuerdos. Me acuerdo que nunca me faltó el día de mi cumpleaños la tarta de mis abuelos maternos. Como la de la fotografía. La misma fue tomada precisamente el día de mi veinte cumpleaños, el último que celebré con mi abuela Pepa. Se nos fue el seis de febrero del año siguiente. Por muchos años que hayan pasado, me sigo acordando de ella, me entristece que no llegase a conocer al amor de mi vida y a nuestros hijos. Sé que hubiese querido a Bea como a una hija y disfrutado muchísimo con sus bisnietos.

Abuela, sigue cuidándonos desde allí arriba.

 David Torija

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Luces y sombras del otrora noble arte del boxeo

208 luces y sombras boxeo

Me aficioné al boxeo, como tantos niños de mi edad, con la película Rocky. En mi caso fue con Rocky IV. Estuve a punto de no poder ir a verla al cine porque, como era para mayores de 13 años y yo acababa de cumplir 10, mi padre, conocedor de que ya la había visto, le preguntó a mi primo José Carlos, quien por aquel entonces era aún novio de mi prima Ana Mari, que si era una película adecuada para mi edad. Su respuesta inicial me situó por momentos fuera del cine: se ve como cae algún diente…pero no es para tanto, llévale tranquilo. Dicho y hecho. Aquella tarde fuimos mi padre y yo al Zoco de Majadahonda (cines rescatados por los vecinos hace unos años en un bonito proyecto) a ver la mencionada película, que era, una extensión más de la guerra fría, que tenía en Hollywood uno de los mejores medios de propaganda internacional.

En 2011, cuando vivíamos en Nueva York, persuadí a mi mujer para ir un sábado a Filadelfia, única y exclusivamente, para subir las famosas escaleras de acceso al Museo de Arte de Filadelfia, que hizo famosas el potro italiano.

El primer combate de boxeo que recuerdo haber visto, un año después de ver la película Rocky IV, fue entre Sugar Ray Leonard y Marvin Hagler. Como el video ya había llegado a casa el verano anterior, pude grabar en VHS el combate y verlo posteriormente en muchas ocasiones. Sugar Ray se convirtió en mi boxeador favorito. Me encantaba su forma de utilizar la inteligencia en un deporte en el que se presupone, como la valentía a la infantería, que prima la fuerza bruta. Sugar Ray llegó a desesperar en su día a Roberto Durán, hasta que éste abandonó el combate, incapaz de alcanzar con sus poderosas manos a Leonard. Un par de años después, también vi y grabé la revancha entre Roberto “manos de piedra” Durán y Sugar Ray Leonard.

Luis Solana presidía Radio Televisión Española. El hermano de un compañero de clase de Escolapios había asistido a una de las primeras defensas del título europeo de otro potro, el potro de Vallecas, Poli Díaz. Contaba mi amigo que, al acabar el combate, en el mismo ring, Poli agarró el micrófono instando al respetable a que cantarán con él “Solana, cabrón, queremos televisión”.

Solana siguió marginando al noble arte del boxeo en la televisión pública de todos. Pero apareció en escena TeleMadrid, en su telediario vespertino pudo verse una caótica entrevista, a Poli y a su rival, Steve Boyle, un par de días antes de la quinta defensa del título europeo del vallecano. Poli no dejaba hablar a su rival, interrumpiéndole cada vez que el británico intentaba contestar a las preguntas del entrevistador con frases como “tu qué vas a decir, de una hostia te arranco la cabeza” Debido a la actitud de Poli, la entrevista, parafraseando a Joaquín Sabina, “duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”, tiempo suficiente para que Cruz y Raya pudiesen utilizar en sus siguientes espectáculos las palabras del sin par Poli Díaz.

En aquel combate, Poli, brabucón, se quedaba de pie en su rincón (intentando dar muestras de ir sobrado de fuerzas) entre asalto y asalto, desoyendo las indicaciones de su entrenador (y supongo que de su promotor, Enrique Sarasola (padre del original y exitoso hotelero, Quique Sarasola)), Ricardo Sánchez Atocha para que se sentase a descansar en el taburete. Poli ganó aquel combate y comenzó a postularse para el título mundial.

208 boxeo

Estoy convencido de que Poli Díaz hubiese sido campeón del mundo, si no se hubiese cruzado en su camino uno de los mejores y más completos boxeadores de toda la historia, el recientemente fallecido, Pernell Whitaker. La clave fue la derrota de Edwin “El Chapo” Rosario ante Juan Nazario, perdiendo aquél el cinturón de campeón del mundo. Durante el combate, su entrenador le decía al Chapo en su rincón, “vamos, que tenemos que ir a España” en clara alusión a la intención de defender el título mundial ante del Potro de Vallecas. Juan Nazario no quiso combatir contra Poli y acabó perdiendo el título ante Whitaker.

Si Poli, quien a mi juicio se encontraba por aquel entonces en el mejor momento de su carrera, se hubiese enfrentado a Edwin Rosario, hubiese conseguido el título mundial. Pero el paso del tiempo y el enfrentarse a uno de los mejores de todos los tiempos, truncaron su carrera.

Esperaba ansioso aquel combate. Pasé aquel mes de julio jugando al hockey en Anglet y tenía aburridos a mis amigos Alberto, Sergio, Aitor e Ibon con el dichoso combate. El combate se celebró la noche de mi regreso a Madrid. Huelga decir que no dormí aquella noche. El combate se celebró en Estados Unidos. Asistir a aquella velada era algo que no estaba al alcance de cualquiera, desde el televisor sólo se podía reconocer entre el escaso público español al paria de la tierra Javier Bardem.

Poli, que aseguraba antes del combate que tumbaría a Whitaker en el octavo asalto, no tuvo ninguna oportunidad. Luchó, eso sí, como un jabato por no caer a la lona. Terminó, ya con varias costillas rotas, intentando darle un cabezazo a Whitaker para que el combate, que sabía que tenía perdido, fuese declarado nulo.

Con la derrota de mi idolatrado Poli Díaz, disminuyó bastante mi afición al boxeo. Además apareció en escena Canal Plus, que se hizo con el monopolio del boxeo, por lo que dejó de estar al alcance de una familia como la mía, ya que no nos podíamos permitir tener televisión de pago.

Desafortunadamente Poli acabó olvidado, como Urtain y tantos otros boxeadores, que, cuando dejaron de ser una fuente de ingresos fueron abandonados por palmeros y falsos amigos.

Ya en la universidad, tras abandonar el del Club Boadilla, me apunté al gimnasio Ulises, regentado por Pedro. Allí me apunté a boxeo, deporte que practiqué durante tres años, con un parón de un par de meses fruto de una lesión de codo de tenista, durante la misma, mi tío Pablo, gran aficionado al boxeo, me decía jocosamente “eres un blando, eso no es nada, un poco de refléx (así acentuado) y a seguir”.

Nos entrenaba Raúl, quien creo fue Campeón de España de Supermedios y de quien se decía que tenía una placa de metal en la cabeza fruto de un mal golpe. Me apunté porque me gustaba el boxeo y porque era un buen camino para estar en forma. Entrenábamos dos días por semana de diez a once de la noche. Casi todos los días hacíamos guantes (combates) que era la parte que menos me gustaba, entre otras cosas, porque el nivel era bastante alto y allí había gente bastante fuerte (Piña, Moha, Said, el rápido Lopeló…) y solía salir mal parado con frecuencia. Me compré una chichonera (protector para la cabeza) pero aquel súbdito marroquí, Moha, que tenía los brazos más grandes que mis piernas, decía que aquello nos restaba visión, por lo que nunca nos la poníamos. Un día nada más sonar la señal del final, a traición, un tal Aparicio (quien regentaba en el pueblo una pescadería con el mismo nombre), me dio un mal golpe. A la mañana siguiente no podía levantarme de la cama (menos mal que tenía turno de tarde en la universidad), cuando lo hice, tenía un fortísimo dolor de cabeza. Aquel fue el primer día que me planteé seriamente dejar de boxear.

La segunda ocasión fue tras noquear el entrenador a un pobre chaval, que nunca más volvió, de un fortísimo crochet. Semanas más tarde, un nuevo entrenador (que sustituía a Raúl durante una baja laboral por enfermedad) quien, tras la pertinente retahíla de abdominales, al final del entrenamiento, nos dio una desconcertante charla, muy celebrada por alguno de los compañeros, sobre cómo actuar en peleas callejeras. Con cara de sorpresa, miré a Jesús (uno de los allí presentes, estudiante de Derecho (creo que ambos éramos los dos únicos universitarios) con quien había establecido cierta amistad). Aquello no era a lo que yo iba a allí, yo iba única y exclusivamente a practicar un deporte. Dicen que a la tercera va la vencida. Nunca más volví.

David Torija

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Bares, que lugares

208 Bares que lugares

Hace mucho tiempo que empecé a escribir este artículo, pero mis obligaciones laborales no me habían dejado terminarlo. Aprovecho mis últimas horas de unas vacaciones que, una vez más, no han vuelto a serlo, y, pese a que tengo la mirada y el corazón en otra parte, me dispongo a entregarme un rato a una de mis pasiones, escribir.

De mi abuelo materno he heredado mi afición por lo que él llamaba alternar, que no es otra cosa que tomarse algo en un bar en buena compañía y con buena conversación. Mi amigo Pipo es feliz en Vinuesa, su pueblo soriano de acogida (pues no es exactamente el suyo), porque los camareros le llaman por su nombre y todo el mundo en el bar le conoce.

Aspiro a tener un bar de confianza en el municipio madrileño en el que resido desde hace tres años y medio. Aún no he tenido tiempo de encontrarlo, pero aspiro a hacerlo. Echando una mirada atrás, me doy cuenta de que sí lo he tenido en otros lugares en los que he vivido.

Durante mi época universitaria frecuentaba con mis amigos Álvaro y Carlos el pub Hierros en Pozuelo. He de confesar que nunca me llamaron por mi nombre. A mi amigo Álvaro sí, el dueño le saludaba siempre con un “¿Qué tal Álvaro? ¿Qué tal la carrera?”. Aquello era un claro indicio de que a parte de las cervezas con limón que nos tomábamos los martes y los jueves después de entrenar, mi amigo frecuentaba aquél bar más días que nosotros. No fui asiduo del bar de mi facultad, de ahí que no aprendiese a jugar al mus (en casa la experta es mi mujer, que es campeona del mundo de mus), lo que contribuyó a que sacase la carrera.

En Ponferrada, fueron dos nuestros bares de referencia. Frecuentábamos ambos al salir de trabajar. Primero Las Torres, hoy convertido en el discopub preferido de la comunidad dominicana, pero antaño regentado por Encarna, su hija Ana y su yerno Andrés. Luego íbamos a La Bayuca (desaparecido desde hace años) en donde Rosa tiraba las mejores cañas (de Mahou) del Bierzo. En ambos, me llamaban por mi nombre.

De los años en los que vivimos en Valencia, nuestro bar fue, sin duda, El Laboratorio (cerrado desde hace un par de años). Lo conocimos durante nuestro MBA, pues se encontraba junto a nuestra Escuela de Negocios. Hicimos amistad con sus dueños Marc y Ricarda. Terminado ya el MBA, iba cada martes a hablar en inglés allí con la comunidad de expatriados y con mi amigo Felipe. No puedo dejarme en el tintero El Salado, bar en el que solucionábamos el mundo, un jueves al mes, parte de los miembros de la asociación Amigos de la Economía y la Empresa, de la que fui cofundador.

En Galway también tuve mi bar, más bien, mi pub. Lo conocí por casualidad. Estaba buscando dónde ver el partido de mi Real Madrid y fui a preguntar al salir de la escuela, en Salthill al Cullinanes Inn, un pub al que sólo asistía público local. Me dijeron que tal vez pondrían el partido. Asistí con mi mujer y un amigo mexicano, y sí, finalmente nos pusieron, sin demasiado entusiasmo, el partido en un pequeño televisor. Antes del siguiente partido, comenté con los compañeros mi intención de ir a ver el siguiente partido al mencionado pub. Se sumó hasta el apuntador. Allí nos dimos cita más de 20 personas. A partir de ese día, cada vez que pasaba por su puerta, el camarero salía a recordarme que allí podría ver el siguiente partido del Madrid. Partidos que, huelga decirlo, se proyectaban en la pantalla gigante del local. Me conocían, pero nunca me llamaron por mi nombre, aunque, lo más triste, es que pese al volumen  de negocio que les generé durante meses, no recuerdo que me invitaran jamás a una pinta como señal de agradecimiento. Sospecho que eran seguidores encubiertos del Barcelona (nótese la ironía).

En Nueva York, aparte de La Nacional, donde acudíamos a ver los partidos del Real Madrid (incluidos los 4 clásicos seguidos, de los que mi equipo salió mal parado en 3 de ellos, proclamándose, eso sí, Campeón de Copa en el que salió victorioso), nuestro bar era el Blue Haven, pub al que asistíamos varias tardes por semana. En su barra pude ver los play-off de la NHL de aquella temporada. La verdad es que no teníamos televisión en casa, por lo que nos apuntamos al gimnasio New York Sports Club, ya que sus bicicletas, cintas de correr y demás aparatos aeróbicos tenían su propia televisión. Allí nos hicimos seguidores del programa El Jefe Infiltrado. La televisión, la veíamos pues en el bar o en el gimnasio. Aquí tampoco me llamaban por mi nombre.

Volvimos a Valencia. Allí seguimos frecuentando el Laboratorio, hasta que nuestra amiga Ricarda dejó el mismo y montó Leipzig Bar. Desde que regresé a Madrid, no he encontrado, todavía, un lugar que evoque en mí ese sentimiento de ser una pequeña parte del mismo, por lo que, estimados hosteleros de Majadahonda, busco un lugar en el que sentirme como en casa. Razón aquí.

David Torija

 

 

 

 

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Ciudades con zonas comerciales idénticas y sin alma

206 ciudades homogéneas

Vivimos una época en la que todo está cambiando a velocidad de vértigo. La crisis económica ha eliminado del tablero del libre mercado a muchos competidores, sobre todo a aquellos de menor tamaño (y de menor fortaleza financiera y capacidad de adaptación al cambio), llegando, en muchos casos, a concentrarse muchas actividades empresariales cada vez en menos manos, arribando, a situaciones monopolísticas, que sólo benefician a la empresa que disfruta de esta situación sin ausencia de competencia real.

Si nos fijamos en lo sucedido en el pasado en Estados Unidos, podremos anticipar lo que nos espera en la otrora piel de toro y en el resto del continente más antiguo del mundo. El cambio de los hábitos de compra de los ciudadanos norteamericanos, cuya predisposición (convertida salvo en Nueva York, San Francisco y Chicago, en necesidad) a utilizar el coche, contribuyó a condenar cuasi a la extinción al pequeño comercio. El auge desmesurado y desordenado de los grandes centros comerciales, supuso casi el final del retail. Un nuevo cambio en los hábitos de consumo, comprar cómodamente y a cualquier hora por Internet, contribuyó después al cierre de muchos de aquellos centros comerciales.

Por ahora, en este país antes llamado España, el cierre de grandes centros comerciales es testimonial. Pero al ritmo que está creciendo el comercio por Internet, todo puede suceder. Podría llegar el caso de que el comercio a nivel mundial quedase en situación monopolística en manos de Amazon.

La desaparición de muchos pequeños comercios, y la apertura masiva de tiendas y establecimientos de grandes cadenas, franquicias y cualquier forma de expansión de aquellas, han transformado las calles comerciales de muchas ciudades en homogéneas ciudades sin alma en las que todo es lo mismo. Da lo mismo pasear por Barcelona, Dublín, Londres o Bruselas… uno siempre encontrará (perdón por citar marcas) un H&M, un Primark (aunque en Irlanda, su país de origen, trabajen con otro nombre comercial), varias tiendas de Inditex, un McDonalds…

Los comercios únicos y originales, que daban vida y un color distinto a las ciudades, han ido cediendo terreno a grandes gigantes que han hurtado parte del encanto de pueblos y ciudades.

Pocos son los que se defienden, como gato panza arriba, luchando contracorriente contra una globalización homogénea que priva de identidad a todo. Un ejemplo de esa lucha es mi amiga Eva, que desde su tienda Stylo Moda Baeza, sigue luchando en uno de los municipios más bellos que existen, la ciudad jienense de Baeza, patrimonio histórico de la humanidad, a la decadencia global, abogando por el comercio local original y de trato personalizado.

Confieso que compro en grandes superficies, por Amazón y en pequeños comercios locales. Pero reconozco que prefiero hacerlo en tiendas pequeñas, especializadas, con encanto. En mi caso, lo que más me gusta comprar son libros. Adoro las pequeñas librerías originales, en las que me puedo perder entre sus estanterías, buscando un título que encontraría seguro en Amazon a golpe de click, pero que perdería todo su natural encanto.

David Torija

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La vida en 140 caracteres

Hace ya algunos años, mi amigo y compañero de MBA, Felipe, y un servidor, teníamos una especie de extraña competición, en la que triunfaba aquel que obtuviese el mayor número de respuestas a nuestros tweets por parte de alguna de las personas conocidas o influyentes a las que seguíamos en Twitter. Si se madrugaba un poco,  fácil era, al menos por aquel entonces, establecer conversación con Mario Conde, quien se conectaba en torno a las cinco de la mañana a esta red social y por quien ambos procesábamos cierta admiración. En otra ocasión, un tweet mío, que provenía de una conversación con Pedro J. Ramírez,  apareció publicado a la mañana siguiente y para mi sorpresa en El Mundo (cuando aún aquél era su director) como “Tweet destacado” en un apartado que, si la memoria no me falla, se llamaba “Tweets al director”.

Era un tiempo en el que había que ser muy preciso y cuidadoso en Twitter, pues los tweets estaban limitados a 140 caractéres.

Confieso que uso poco esta red social. Hubo un tiempo en el que me servía incluso para tener un acceso rápido a los titulares de medios de información económica y general de todo el mundo, amén de conocer las distintas opiniones de economistas, columnistas, analistas, escritores… a quienes sigo. Dejé de usarla con frecuencia porque se ha convertido en un medio en el que se ataca con demasiada alegría al que piensa diferente, parapetado en el anonimato de un nick o seudónimo. No es mi caso, pues interactúo en la misma con mi nombre y apellido @DAVIDTORIJA

A mi vuelta a España, tras residir unos meses en Galway y otro tantos en Nueva York, comencé a seguir a un periodista español especializado en asuntos norteamericanos con quien, además, tenía un par de contactos en común. Esta persona, a quien no creo oportuno citar, parece que se radicalizó bastante y comenzó a dedicarse a la propaganda izquierdista. Hace unos meses,  una tarde escribió un tweet abogando por subidas de impuestos y criticando creo que a Pablo Casado por proponer bajar los mismos. No pude evitarlo, y con nocturnidad (en mis últimas contestaciones) pues lo hice cuando me levanté al baño por la noche, pero con suma educación, contesté al mismo. Esta es la historia (o parte de ella, porque después de faltarme el respeto al quedarse sin argumentos, me bloqueó y ya no puedo ver la interacción completa (que supongo borraría por vergüenza torera)).

204 Tweet 1

Y, como comentaba, me levanté al baño, vi su respuesta, fuera de tono y de toda lógica y defendí y argumenté mi respuesta

204 Tweet 2

204 tweet 3

204 tweet 4

Soy un firme defensor de una política fiscal con impuestos bajos para generar mayor riqueza y de controlar el gasto público (al igual que hago en casa, de no gastar más de lo que se ingresa). Por lo que seguí con mis argumetos. Esta persona, carente de argumentos, hizo un último comentario faltón hablando de “la derecha y la banca que que yo defendía” (aparte de no conocerme, creo que no me había leído nunca).

204 tweet 5

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Y llegados a este punto, pese a haber sido correcto y educado, me bloqueó (no sé si me denunciaría también). Me dio lástima la situación. Lamentablemente, muchos de los que se erigen en defensores de las libertades son precisamente quienes censuran toda opinión distinta a la suya.

David Torija

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Mi particular reseña de Mamá, ¡quiero ser comercial!

205 Mamá quiero ser comercial

De niño quería ser piloto. Algo, al menos por aquel entonces, prohibitivo, económicamente hablando, para una familia de clase media. Por lo que con catorce años, me encaminé una tarde con mi padre al edifico del otrora Ministerio del Aire, para pedir información sobre las pruebas de acceso a la Escala Superior del Ejército. La vocación, permutó, auspiciada por el deseo de mi familia paterna de que los dos varones que lucíamos como primer apellido Torija, fuéramos oficiales de la Armada, por lo que cambié el azul por el blanco y aterricé de la mano de mi primo Luis Fernando en el Colegio De Huérfanos de la Armada. Premonitorio y cruel el destino, que se llevó, años más tarde, en acto de servicio en Haití, a mi primo a los luceros. Dios se lleva siempre a los mejores.

Huelga decir que no conseguí plaza en aquellas oposiciones. La verdad es que mi pasión había menguado, ya que aquello no era con lo que yo soñaba de niño, y no estudié lo suficiente. Pero fue mejor así, porque meses más tarde entraba en aquel vetusto edificio, que era la universidad (que reza el poema que nos escribió mi suegro para el día de nuestra boda y que con cierta guasa me recuerda aún mi amigo José, citando otra de sus estrofas: pronto supo el de Pozuelo, donde estaba Ponferrada). Allí, en la universidad, sucedió lo mejor que me ha pasado en la vida, conocí a mi mujer.

Aunque mi padre quería que yo fuese marino, sembró la semilla de la que hoy es mi profesión, regalándome, siendo un crío, el libro El Vendedor más grande del mundo.

En mi trabajo actual, como representante de las mejores estanterías del mercado para grandes cargas, me toca conducir bastante y, para amenizar mis viajes, me bajo todo tipo de podcast. Uno de ellos era la entrevista que el editor Álvaro Romero le hizo al autor del libro que hoy reseño, Eduardo Vizcaíno de Sas, para hablar de su padre, el mejor escritor valenciano de la historia, si me apuran junto a Blasco Ibáñez, Fernando Vizcaíno Casas. Eduardo Vizcaíno me vendió, como buen comercial, durante aquella entrevista, tres libros, dos de ellos por él escritos y un tercero, Las Autonomuchas (basado en bestseller de su padre Las Autonosuyas y por él prologado). Completan la terna el libro que hoy reseño y  Un comercial de película.  Y en la recamara quedaron otros dos, Fernando Vizcaíno Casas, mi padre y otro con un título políticamente incorrecto a la par de sugerente, Como ser un macho y morir en el intento

Es la primera obra que leo de este autor. Muy alto estaba el listón ya que su padre, don Fernando Vizcaíno Casas, siempre ha sido mi escritor favorito. Aunque no tanto como las novelas de su padre, el libro me ha gustado mucho. Llegados a este punto algún lector malicioso e ignorante me habrá etiquetado erróneamente, como hacían con don Fernando en su tiempo, a pesar de que ni Mister Bestseller (que así se conocía a Vizcaíno Casas por sus récords en ventas literarias)  en su día, ni un servidor, tengamos filiación política alguna. Parafraseando a José Antonio (para liar aún más la madeja) la gente le llama a uno fascista con el mismo poco tino que los habitantes de los pinares de Soria llaman americano a todo aquel que lleva gafas de celuloide.

Pues sí, no me duelen prendas a la hora de reconocer mi admiración por don Fernando Vizcaíno Casas, un escritor que tenía un refinado sentido del humor, y unas cifras de ventas difícilmente superables, todo un caballero de una generación, la de la Codorniz, infravalorada por la dictadura de lo políticamente correcto. No es la primera vez que citar al escritor valenciano me genera algún problema. Cuando cursaba mi MBA junto a otros compañeros creamos una página web de información económica y empresarial que se llamaba Frikonomics, publicación que dirigía y en la que, en cierta ocasión fui recriminado por uno de mis compañeros por mencionar a Vizcaíno Casas. Defendí y mantuve la cita.

Parte de mis libros de Vizcaíno Casas

Alguno de mis libros de Vizcaíno Casas

No estamos ante un libro de técnicas de venta, estamos ante un anecdotario, escrito con muy buen humor. Coincido con el autor en que el sentido del humor es un arma poderosísima para la venta (y si me apuran, para todo en la vida). Es muy ameno y entretenido. De fácil y rápida lectura.

Un libro que desmitifica el glamour de una profesión que no es lo suficientemente valorada, pese a ser la que más directamente contribuye a mejorar la cuenta de resultados de las empresas. Una obra en la que se hace hincapié en que en el mundo de la venta el éxito se alcanza trabajando, cuanto más tiempo le dedicas, mayores son las posibilidades de éxito.

Recomendable tanto para aquellas personas que alguna vez han trabajado como comerciales, pues se sentirán identificados con muchas de las anécdotas que en libro se cuentan, como para aquellas personas sin experiencia en el mundo de la venta, pues les servirá para conocer un poco mejor esta profesión.

Como muestra de mi identificación con la temática del libro, comencé su lectura durante la cena en un restaurante de un hotel de la provincia de Jaén. No me resulta agradable comer o cenar fuera solo (pese a que lo hago con mucha frecuencia. Gajes del oficio), pero como siempre me gusta buscar el lado positivo de las cosas, puedo aprovechar para leer o para adelantar algo de trabajo… y la terminé en un avión (el último del día), que estuve a punto de perder por esperar para tomarme una cerveza con mi amigo José Ángel, (curiosamente su padre era amigo de Fernando Vizcaíno Casas) con quien sabía que iba a coincidir en el aeropuerto. Cerveza que no me dio tiempo a tomarme.

Mamá, ¡Quiero ser comercial!

Eduardo Vizcaíno de Sas

Pearson Educación

 

Una reseña de David Torija

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Una mirada atrás

En la fábrica de un proveedor chileno

En la fábrica de un proveedor chileno

Esta mañana he salido a correr un rato por la ribera del Sil a su paso por la capital de El Bierzo, como lo hacía dieciséis años atrás cuando aquí vivía. Imponente paisaje para correr, sólo superado por las vistas que, tanto de Manhattan como de New Jersey, tenía desde otra ribera, la del río Hudson, en mis carreras diarias, ocho años atrás, cuando vivíamos en Nueva York, o por mis añorados jardines del Turia, antiguo cauce del río valenciano por el que tanto troté en mis casi doce años en Valencia.

Correr siempre me ha servido para pensar y reflexionar. Si esta experiencia se adereza con unas gotas de nostalgia, ya que recientemente se cumplieron tres años de mi partida, con el vértigo que el cambio siempre produce, de Valencia a Madrid, por una apasionante aventura laboral, me lleva esta mañana dominical a sentarme delante teclado del ordenador y dedicar un rato a otra de mis pasiones, escribir. Así que me dispongo a escribir unas líneas sobre las vueltas que ha dado la vida en estos años.

Si echo una mirada atrás, remontándome a los albores del año dos mil tres, me doy cuenta que son muchas las vueltas que he, que hemos dado desde entonces. Hablo en plural porque desde aquel año (en realidad desde antes), entiendo la vida sólo en plural, porque el yo se convirtió en nosotros, porque desde hace casi diecisiete años, mi mujer y yo, como rezaba la cita de El Principito que escribimos en su día en nuestra invitación de boda, miramos juntos en la misma dirección.

Ella es culpable de mi felicidad, pero también es culpable de que en marzo del año dos mil tres hiciese las maletas y me fuese a disfrutar, según su teoría, del microclima de Ponferrada. Microclima que en realidad consistía en que entraba la niebla en septiembre y no nos abandonaba hasta abril. Abandoné por primera vez, como se dice ahora, la zona de confort, y por amor dejé Madrid. Allí creamos de la nada un proyecto empresarial en el que hice de director de obra (supervisando la misma, alquilando andamios, seleccionando, comprando y transportando todo el material necesario para la reforma del local…), para el que creamos y desarrollamos una marca, encargándonos del desarrollo íntegro del negocio, en el que vendíamos, entre otras cosas, ropa interior. Sí, me he pasado media vida vendiendo, y es algo de lo que me siento orgulloso, porque siempre lo he hecho con honestidad y con convencimiento de lo que hacía.

Como los números no salían, tuvimos que tomar la decisión (la vida está llena de decisiones difíciles) de cambiar de rumbo. Aterrizamos en Valencia. Allí me dediqué a la promoción, construcción y venta de viviendas hasta que, la burbuja inmobiliaria, parecía que nos iba a estallar en las narices. Otra vez había llegado el momento de tomar decisiones difíciles, venta con pérdidas de todos nuestros activos (promociones en desarrollo, suelos y empresas) para reducir nuestro elevado apalancamiento a una cifra cuasi testimonial, y hasta aquí puedo contar. Busqué un nuevo cambio de rumbo, el destino estuvo a punto de instalarnos en Chile para construir viviendas sociales en la municipalidad de San Antonio, pero mi olfato me llevó a bajarme a tiempo de un barco que terminó encallando.

Entrevista en Urbe Desarrollo en noviembre de 2008

Entrevista en Urbe Desarrollo en noviembre de 2008

Tras nuestra estancia en Galway y en Nueva York, volvimos a Valencia, donde estuve unos años dedicándome al asesoramiento de empresas, con alguna aventura puntual como docente. Como España parecía quedarse pequeña, participé en sendas aventuras empresariales en África, la creación, o al menos a eso aspiraba, de un canal de distribución en Dakar para el Oeste de África y un negocio minero en Mali con las más tensas reuniones que recuerdo de un consejo de administración. De allí pasé a una famosa inmobiliaria de la que, entre más de cien agentes, fui propuesto por su director general, para director de división. Aquello no cuajó y el destino laboral me devolvió a Madrid, trece años después, para representar en media España a una empresa alemana líder en la fabricación de sistemas de almacenamiento. Nunca he estado sin trabajar, ni conozco ni quiero saber lo que es el paro.

En nuestro almacén en Senegal a finales del año 2011

En nuestro almacén en Senegal a finales del año 2011

Desde que mi mujer y yo nos conocimos en la universidad, ella siempre ha estado a mi lado, en las buenas y en las malas, siempre me ha apoyado en cada paso que he dado, y me ha ayudado a reflexionar y a rectificar cuando tomaba el camino equivocado. Por eso hoy, que la nostalgia me invade un poquito, me declaro, a riesgo de parecer un hortera, la persona más afortunada del mundo.  Y por muchas vueltas que hayamos dado, como reza el cartel que compramos hace unos años en Londres y que preside el salón de nuestra casa: mi hogar está siempre donde ella esté  

David Torija

 

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Adiós a un 2018 maravilloso

203 Calendarista

El año 2018 llega hoy a su fin. Es momento de echar la vista atrás y hacer balance de lo bueno y lo malo que nos ha dado este año maravilloso.

Como soy persona optimista, que ve siempre el vaso medio lleno y si no lo está, busca la forma de llenarlo, el saldo es claramente positivo, tanto en lo personal como en lo profesional.  Desde un punto de vista profesional, esbozo brevemente la elevada satisfacción con mi trabajo y las ganas que tengo de superarme día a día. Es el terreno personal, en el que más puedo explayarme, sin salirme del círculo de lo prudente, y el que me ha dado la mayor alegría de este año, ya que he vuelto a ser papá.

Que afortunado soy de tener una familia maravillosa y un trabajo que me entusiasma.

 A parte de reflexionar sobre el año que se acaba, también es momento de ultimar la planificación del año entrante. Aunque hace ya varios meses que tengo mi calendario del 2019 de Calendarista colgado en mi despacho, en el que he ido señalando los eventos más importantes, mis objetivos, retos … es un buen momento para repasar los mismos y actualizarlos si es preciso.

Es tiempo de elaborar lo que los anglosajones llaman new year’s resolution, propósitos para el nuevo año. Entre los míos están aumentar la frecuencia con la que publico entradas en mi blog, retomar la actividad deportiva (asistir con mayor frecuencia a los entrenamientos de mi equipo de hockey de veteranos, volver a salir a correr (con la meta de correr la próxima edición de la media maratón de Valencia), perder peso y, sobre todo, poder ir de vacaciones con mi familia a lo largo del año. Por escrito quedan.

Estimado lector de mi blog, levanto mi copa virtual de cava para brindar contigo y desearte todo lo mejor para el nuevo año.

David Torija

 

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Más de 25 años de blanco

202 Real Madrid

Recién estrenada la década de los 90, siendo todavía un quinceañero, mis padres accedieron a que cumpliese uno de mis sueños, hacerme socio del Real Madrid. Como ya he contado en otras ocasiones aquí, en mi blog personal, he heredado de mi familia paterna la pasión madridista, mi abuelo Gregorio q.e.p.d., mi tío Fernando y mi primo Javi siempre han sido sus principales exponentes, aunque en mi caso, la alternativa la recibiese por parte de mi familia materna, concretamente, fue mi tío Pepe q.e.p.d. quien actuó como padrino blanco.

Recuerdo aquella tarde como si fuese ayer. Mi madre me llevó a las oficinas  del Real Madrid, sitas en el estadio Santiago Bernabéu, donde nos dieron los formularios que teníamos que rellenar para hacer la petición, nos informaron que teníamos que llevar el aval de dos socios. Semanas más tarde volvimos con la documentación cumplimentada y con el aval de mi tío Fernando y de su mujer, Pili. Allí nos informaron que entraba en lista de espera. No concretaron la duración de la misma. Tuve que esperar casi 2 años.

Tras una larga espera, a mediados de la temporada 92/93 , por fin llegó el día esperado en el que me dieron mi carnet provisional de socio del Real Madrid, con el que podía acceder a la zona de “de pié”, de tal forma que pude asistir a gran parte de aquella temporada, de infausto recuerdo final, en la que el Madrid perdió la liga en la última jornada ante el Tenerife.   El 3 de junio de 1993, me dieron el carnet definitivo. Más rápido obtuvieron su carnet aquellos que (entre ellos mis padres) lo solicitaron aquel verano. La inauguración del tercer y el cuarto anfiteatro, permitió a mucha gente acceder a la condición de socio sin esperas.

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Pero esta historia comienza mucho antes de aquello… allá por los años 80, confieso que jamás me perdía un partido de mi Real Madrid, siempre pegado a aquel viejo transistor de mi madre, con funda de cuero negro, en la que imaginaba las jugadas que, para Radio España primero, y Radio Intercontinental de Madrid (siempre presente en los grandes acontecimientos deportivos) después, narraba el sin par  Héctor del Mar, con aquellos entrañables anuncios publicitarios del Restaurante La Hoja, Asturias en Madrid, o el pegadizo corre, corre, corre a Desguaces La Torre, o los salones Le petit Pairs…el mítico comentarista argentino contaba las jugadas de supersónico Juanito, Carlos Alonso el puma Santillana, Antonio Maceda cuelloman, Ricardo el soso Gallego, Manolo Cejas Sanchís…

A los más jóvenes, les costará creer que por aquel entonces no sólo no existía Internet, sino que sólo existían dos canales de televisión (en mi casa, no tuvimos televisor en color hasta el verano del 86) cuya emisión finalizaba a media noche con la carta de ajuste. Sólo emitían un partido de futbol por semana, los sábados por la noche. De ahí que siguiese los partidos de mi equipo por la radio.

Pegado a aquel transistor viví las remontadas históricas del Real Madrid. Recuerdo con especial cariño la remontada ante el Borussia, tras el 4 gol, obra de Santillana, en el minuto 44 del segundo tiempo, Juanito fue sustituido. El malogrado Juan, se recorrió el campo dando saltos de alegría en una de las imágenes más emotivas que del Real Madrid recuerdo. Sin olvidarme de la remontada  ante el Anderlecht, noche mágica de Emilio Butragueño. Tras el increíble resultado, Televisión Española retransmitió en diferido el partido, grabado con una sola cámara (que había sido enviada para elaborar el resumen para Estudio Estadio). Tengo una copia en VHS que, muchos años después, me consiguió Rafa, de la sección 7 Juanito. Por aquel entonces, el video era el mayor adelanto tecnológico. Existían 3 formatos: VHS, Beta y  Sistema 2000. Mi tío Román había apostado por el Sistema 2000, que pronto quedó obsoleto. Mi primo Javi me ponía una y otra vez aquel partido y el del Borussia (al final del mismo se veía a mi primo subido a la valla celebrando la victoria con aquella preciosa bandera que la había cosido mi tía Pauli) en aquellas cintas de Sistema 2000. Cuanto disfrutábamos los dos primos viendo aquellas gestas de nuestro Madrid.

202 Remontadas

Un domingo por la mañana, a la salida de Misa en el Santuario de Schoenstatt, mi vecino, a quien le importaba más bien poco el Real Madrid, vino con su padre a regodearse que tenían entradas para ver esa tarde al Real Madrid finalizando con la puntilla ¿tal vez puedas conseguir otra entrada aún? Escuché aquel partido por la radio. El Madrid derrotó al Betis por un apurado 3 a 2.

Mi padre consciente de las ganas que tenía su hijo de ver un partido en el Bernabéu, me hizo el mejor regalo que podía hacerme y, olvidando por un día las estrecheces económicas que sobrellevábamos, dos semanas después,  el 24 de marzo de 1985, a las cinco de la tarde, con 9 años, entré por primera vez en el Santiago Bernabéu. En aquel estreno, el Madrid le endosó un 5 a 0 al Murcia. Recuerdo con meridiana claridad la felicidad extrema que sentí aquella tarde. Y no sólo por la goleada de mi equipo, por poder ver al ídolo de todo mi colegio (Escolapios) Rafa Martín Vázquez…Os aseguro que era el niño más afortunado del mundo, con nuestros bocadillos de tortilla a la francesa (que tantos otros domingos cenaba con tristeza porque mi padre se había marchado a trabajar fuera y hasta el viernes no iba a verle) bajo el brazo, paseando por los aledaños de la catedral del futbol mundial, pues llegamos con horas de antelación (la puntualidad en exceso es una de las cualidades de mi padre), viendo los puestos de banderas…por mucho que anhelase tener una, no se me ocurrió pedirle a mi padre una bandera, pues sabía que no nos lo podíamos permitir.

202 Martín Vázquez

La bandera llegó meses más tarde. Me la regaló mi tía Pauli, el 19 de junio de 1985, un día antes de la primera huelga general que se produjo en España. Aquel día asistí al colegio hasta que los mal llamados piquetes informativos nos invitaron  a abandonar el colegio. Al tratarse de un colegio religioso, aquella turba fue especialmente amable con nosotros. Como no hay mal que por bien no venga, en casa pude jugar a ondear mi flamante bandera del Real Madrid, bandera, que aún conservo.

El pasado 3 de Noviembre, se celebró en IFEMA, la entrega de insignias a los socios más antiguos del Real Madrid. Allí estábamos mi hija y yo, quien ha heredado de su padre su pasión madridista (en su caso, endulzada por su admiración al siempre sonriente, pelos locos Marcelo) y allí me impusieron la insignia de plata, por mis 25 años de socio. Allí estábamos, compartiendo el momento vía WhatsApp con mi mujer y nuestro bebé así como con mis padres, mis suegros, mi hermana, mi cuñada,  mi primo Javi… Confieso que me emocioné con el texto que mi padre me escribió, en el que decía que mi abuelo Gregorio estará orgulloso desde el cielo, como también me conmovió el poema que, como diría mi amigo José, mi suegro el poeta dedicó al celebrado momento.

A todos los que aguantan y padecen mi pasión madridista, especialmente a mi mujer; a los amigos con los que he ido compartiendo tantas tardes de futbol durante todos estos años: Segio G. Couso, Nano, Guillermo, José, Paco, Fernando, Fisi, Nacho, Juanma…, a todos, muchas gracias y, Hala Madrid.

David Torija Pradillo

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Cuestión de actitud II

200 Puerta Hierro

Decíamos ayer…

Soy consciente de que el éxito de un blog radica en poder alimentarlo de manera continua con contenido de calidad. Pero como mis pretensiones son modestas, escribo simplemente porque me apasiona hacerlo, me preocupa poco haber publicado sólo dos artículos el año pasado y otro en lo que va de éste, aunque no voy a negar que, como las pasiones también han de ser alimentadas para saciar las inquietudes del alma, me hubiese gustado que fueran bastantes más.

El motivo de no haber escrito más es bien sencillo, dedico mucho tiempo a mi trabajo, que es lo que llena la nevera de casa y paga las facturas, y el poco tiempo libre que tengo se lo dedico a mi familia.

Me considero una persona afortunada, pues me gusta mi trabajo, y lo desarrollo, como todo lo que hago en la vida, con entusiasmo (en no pocas ocasiones me han acusado de ser excesivamente optimista y positivo, feedback que recibo con agrado). De ahí que el tiempo que dedicaba a escribir por las noches, lo dedique ahora a dar un empujón extra a mi trabajo.

A los motivos esgrimidos anteriormente para justificar la inactividad de mi blog, he de sumar el más importante y el que más feliz me hace, en mayo volví a ser papá. Las cinco semanas de baja que pacté con mi empresa, se convirtieron de manera unilateral por mi parte, en sólo 3 días en su parte final (mi mujer dice que también trabajé esos 3 días). Un proyecto muy importante y mis ganas por demostrar mi valía con mejores números cada vez, me llevaron a ello. Eso sí, tener la oficina a 2 minutos andando desde mi casa y el poder trabajar también desde el despacho que tengo en ésta, me ha permitido estar siempre cerca, aunque el peso de las operaciones y la mayor carga de trabajo familiar se la ha llevado la persona a quien más admiro y quiero en la vida, mi mujer.

Y es esta paternidad, concretamente, el parto, lo que me lleva a escribir estas líneas. De mi abuelo materno aprendí a ser agradecido. Por eso escribo. Para dar las gracias. Gracias, en mi primer lugar, a mi mujer, quien volvió a maravillarme con su fuerza y con la entereza con la que sobrellevó las casi 17 horas de parto (yo no hubiese aguantado ni 5 minutos aquellos dolores). Dicho sea con admiración y respeto: las mujeres parecen, parecéis, estar hechas de otra pasta. Si fuésemos los hombres los que tuviésemos que parir, la raza humana se hubiese extinguido hace tiempo.

Agradecimiento que hago extensivo al personal del Hospital Puerta de Hierro. Especialmente a Mónica, la matrona que dirigió tan diligentemente el parto. Quien aparte de demostrar ser una profesional como la copa de un pino, trató con sumo cariño a mi mujer. Su actitud, de ahí el título de este artículo, siempre predispuesta a ayudarnos pese a las largas y monótonas guardias de su puesto. Quizás su empatía, que, permítaseme el chascarrillo, es aquello que hacen las señoras mayores en la cola del supermercado: ponerse en el lugar del otro, sea la clave, esto es, ser consciente del momento vital que está viviendo una madre, y tratar de ayudarle en todo momento, mucho más allá de sus obligaciones.

Mi, nuestra, gratitud también para Borja, el anestesista que resolvió el entuerto que su antecesor había creado y a Damián, que así se llamaba, si la memoria no me falla, el enfermero sevillano que durmió a nuestro hijo en sus brazos cuando nosotros estábamos desesperados por no poder hacerlo. Reconocimiento que hago extensivo a matronas (excluyendo a la tosca que atendió en las primeras horas a mi mujer), pediatras, ginecólogas, enfermeros y enfermeras que nos atendieron aquellos días. Intentamos recompensarles con bandejas de manolitos (famosos croissants de una conocida pastelería majariega), que me consta que hicieron las delicias de varios turnos del personal de planta y de obstetricia, incluida Mónica (quien me confesó que llevaba días deseando probarlos y que tenía previsto hacerlo cuando finalizase unos exámenes que para ascender en su carrera estaba preparando), por lo que me alegro haber contribuido a alegrar un poco, aunque fuese con una bomba calórica, la maratoniana jornada de estos grandes profesionales.

Tenemos en este país, antes llamado sin complejos España, un encomiable sistema sanitario, que debemos conservar y proteger por el bien de todos. Con grandes profesionales y con alguno que desentona, como la oronda y descastada enfermera que no quiso ayudarnos a bañar a nuestro hijo por primera vez (como el protocolo aconseja), porque estaba más cómoda sentada contado cotilleos a sus compañeros, mientras, eso sí, daba buena cuenta de los manolitos que nosotros (sin ella saberlo) habíamos llevado y de los que nos demostró no ser digna acreedora. Anécdota que no empaña en absoluto nuestra satisfacción y agradecimiento con el personal del centro. Y menos aún cuando, para corregir el desplante de su ingrata compañera, una de las chicas que estaba sentada con ella, se dirigió presta a nuestra habitación y se puso a nuestra disposición dándonos sabios consejos, y si me apuran, hasta cariñosos . Y es que, como reza el título de este artículo (al que a última hora he tenido que añadir la coletilla de segundo, pues sin recordarlo, compartía título con el escrito que a los profesionales del Hospital de La Fe escribí tras atender espléndidamente a mi hija en sus primeros días de vida), es cuestión de actitud.

David Torija Pradillo

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A la memoria de Eugene Carmichael

Eugene Carmichael(Eugene Carmichael durante un discurso en Toastmasters Valencia)

Corría el mes de octubre del año 2011, bajo una lluvia tan inesperada como atípica en la ciudad de Valencia, un servidor buscaba una callejuela recóndita del centro en la que se ubicaba un local, muy frecuentado por la comunidad británica, llamado The Ginger Loft.  Sinceramente, no sabía que me iba a deparar aquella cita en la penumbra de aquel lúgubre primer piso del local.

Permitidme que os cuente cómo y por qué había llegado yo hasta allí. En diciembre del año anterior, tras  finalizar mi MBA, me di cuenta que para escalar en mi carrera profesional, era imprescindible dominar el inglés y ser un buen comunicador. A la vuelta de mi periplo por Galway y Nueva York para mejorar mi conocimiento y fluidez en la lengua de Shakespeare, comencé asistir al intercambio de idiomas (Inglés/Español) que  cada semana se celebraba en El Laboratorio, bar por aquel entonces co-regentado por mi amiga Ricarda. Allí conocí a mi buena amiga Julia Roberts, no la actriz, sino una escocesa de Saint Andrews que buscaba en Valencia cambiar la lluvia por un sol perenne.  Julia, por aquel entonces Vicepresidente de membresía de Toastmasters Valencia, conocedora de mi deseo de mejorar mi oratoria, me invitó a asistir a la reunión que se iba a celebrar en unos días en The Ginger Loft.

Y así es como, un servidor, con un clima más propio de la campiña escocesa que de la capital del Turia, entré tarde y calado hasta los huesos en aquel bar, donde un expresivo y sonriente señor comenzaba un discurso en inglés, se trataba de Eugene Carmichael.

Allí se daban cita numerosos expatriados angloparlantes como Peter Taylor, Jackie Paarhuis, Jane Craggs, Paul Taylor, Linda Casanova, Susan Hoover… y a quien hoy dedico estas líneas, Eugene Carmichael. Sólo Pablo, César Gómez Mora y un servidor, proveníamos de la tierra de Cervantes. Frecuenté como invitado aquellas reuniones hasta aquella tarde del mes de diciembre, en la que se les ocurrió asignarme un roll, no entendí la labor que se me encomendó y sentí que hice el mayor de los ridículos. Volví a casa cabizbajo, apesadumbrado, convencido de que aquella había sido mi última aparición en Toastmasters y que aquella gente no volvería a verme el pelo (ya por aquel entonces bastante escaso).

Pero como no soy persona que se rinda fácilmente, tras meditarlo con la almohada, a la mañana siguiente solicité mi adhesión al club y pedí hacer mi primer discurso. Un compañero se ofreció a ser mi mentor en aquella aventura, su nombre, Eugene Carmichael.

La segunda semana de enero del año 2012, debutaba como orador en el restaurante Sierra Aitana ante la atenta mirada de mi mentor, Eugene, y de quien fue mi anfitriona inicial, la siempre atareada Julia Roberts, que aquella tarde sí pudo ser testigo de uno de los peores discursos de la historia del club, el mío de aquella velada. Poco a poco fui puliendo mis dotes comunicativas en distintos escenarios (El Faro, el Colegio de Ingeniero de Caminos, el Colegio de Ingenieros Industriales, Florida State University, CoWorking Valencia, Wayco…) y sin llegar a ser un orador brillante, conseguí lo que buscaba, saber comunicar.

Eugene

Como no me había complicado lo suficiente, al finalizar aquella temporada, decidí presentarme voluntario a la dirección del club. Fui elegido Vicepresidente de Educación, puesto que había venido desarrollando Eugene. Tuvimos una primera reunión entre la directiva saliente y la entrante. Al finalizar la misma, Eugene y yo decidimos citarnos otro día para que él me explicase en detalle las tareas del cargo. Quedamos en mi casa poco antes de las 8 de la tarde. En poco más de una hora habíamos despachado nuestra tarea, mientras, mi mujer, que es una anfitriona estupenda, había preparado la cena. Creo que Eugene disfrutó mucho de aquella velada, tal es así que era la una de la mañana (no está nada mal para un día de diario) cuando abandonaba nuestra casa camino de Pedralba, donde vivía. Aquellos que le habéis conocido no dudaréis de lo que a continuación afirmo: el tío no paró de hablar en toda la noche. Su juventud en Bermuda (de donde era natural), su periplo por Estados Unidos, testigo de un asesinato en un teatro de Nueva York incluido, aquella chica racista a la que cameló y se convirtió en su novia…muchos y diversos fueron los temas que puso encima de la mesa. Mi mujer y yo mirábamos absortos como la comida se  le enfriaba en el tenedor mientras Eugene enganchaba un tema con otro sin pegar bocado. Tal es así, que le preparamos unas viandas en un tupper para que se llevase a casa y las compartiese con su mujer.

Mi esposa y yo le acompañamos hasta su coche, aquél destartalado Volvo rojo en el que tantas veces me llevó a casa después de las reuniones de Toastmasters. Aquel coche que talmente parecía un trastero, repleto de papeles y todo tipo de utensilios repartidos irregularmente  por  su interior. Y Eugene se marchó feliz, con sus tupperware y la bonita sensación de haberse sentido escuchado durante unas horas.

Coincidía con Eugene al menos un par de días al mes en las reuniones de Toastmasters en inglés (bajo la presidencia de César Gómez Mora y conmigo como vicepresidente de membresía, empezamos a hacer reuniones también en castellano), también en la reunión mensual de Internations, asociación internacional de expatriados de la que los dos éramos parte.

Ya en mi segunda temporada, le pedí a Eugene que evaluase mi discurso con el que iba a conseguir mi primer título de Oratoria, el Competent Comunicator, que, con los consejos de mi mentor y bajo el título de What a wonderful world arrancó los aplausos sinceros y entusiasmados del respetable en Florida State University y me supuso llevarme el triunfo aquella tarde como mejor discurso.

Recuerdo su emoción cuando, tras mi discurso en el Real Club Náutico de Valencia, le conté que iba a ser papá, o del día que le presentamos a mi hija… Eugene era una persona humilde pero alegre y optimista. Y digo era, porque se nos ha ido.

 Hace un par de semanas, tras terminar una larga sesión de reuniones de trabajo en Budapest, al subir a la habitación para cambiarme de ropa antes de cenar, me encontré con un email del actual presidente de Toastmasters Valencia, en el que me informaba del fallecimiento de mi mentor y amigo Eugene Carmichael. Aquella noche tuve que mantener el tipo, pues no quería estropear la velada a mis colegas del resto de Europa.

Las personas buenas deben ser recordadas. De ahí que le dedique estas, para mí emotivas líneas, para que, allá donde esté, con su gorra autografiada de Barack Obama, esboce una gran sonrisa recordando aquellos tiempos. Va por ti mentor.

David Torija Pradillo

 

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Review of Difficult of Conversations

Difficult conversations

Last December, I spent a few vacation days in London with my family. I took advantage of my trip to buy some books in English (it is not my native tongue) at Waterstones, the largest bookshop in Europe. This one was one of them.

It is an easy reading, part of a management book series for professionals and executives.

Everyone, every now and again, has to clarify a misunderstanding or deliver bad news… that means, a difficult conversation. This book will help you to develop the skills to turn a difficult conversation into a productive dialogue.

According to the authors, such conversations must be well prepared. We must focus on a solution. Our goal is not to beat on our counterpart, listening respectful and actively, using assertiveness and empathy, we must look for a win – win agreement  for both parts.

During a difficult conversation we must be able to control our emotions. If our counterpart is angry and he/she is not listening to us, we must stop and postpone the conversation.

When we get a successful agreement between the parties, periodically, we must verify that both are complying  our commitments.

It is a very recommendable book, full of advices and examples to improve our communication skills.

Review of Difficult of Conversations

Harvard Business Review

Boston, Massachusetts 2016

A review of David Torija

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Reseña de Memorias, de Inocencio F. Arias

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Mis padres me regalaron este libro, conocedores de mi admiración por Chencho Arias, el día de mi onomástica. Tras finalizar su lectura, he de confesar que es uno de esos libros que deseas que no se acaben nunca.

Chencho, comienza sus memorias explicando su distorsionada visión adolescente sobre la que luego fue su carrera profesional. Cuenta el motivo por el que decidió optar por la carrera diplomática en detrimento de la de fedatario público, acercándonos, a lo largo de las mismas, a la a veces gratificante, otras ingrata, profesión de diplomático.

Esta obra es más que un libro de memorias, es una lección de historia, en la que Chencho, utiliza como escenario las embajadas y consulados en los que estuvo destinado (Bolivia, Argelia, Nueva York, California…), amén de la capital de España (donde desempeñó cargos directivos dependientes del Ministerio de Exteriores). Desde la perspectiva de los mismos, el autor desgrana los más señalados acontecimientos históricos, en algunos de ellos como protagonista, en otros, testigo de excepción, y en varios, simple narrador.

También cuenta, aunque con escasos detalles, su paso por la dirección del Real Madrid con don Ramón Mendoza. Sainete en tres actos incluido, sátira sobre las acusaciones de ser el palco del Bernabéu la única cocina en la que se cuecen habas en este país, antes llamado España. Precisamente mi lectura de este capítulo ha coincidido en el tiempo con la enésima rajada del barcelonista Gerard Piqué, en las que, empañando la victoria de la selección española en París, imprudente y poco certeramente sostiene que las imputaciones judiciales de Neymar y Mesi se tejieron en el palco del Bernabéu.

Adorna Chencho sus memorias con numerosas anécdotas del mundo del celuloide, una de las pasiones del autor.

He disfrutado especialmente con las narraciones del autor de sus estancias en Estados Unidos, país que me apasiona. Me han sonrojado, como a muchos otros españoles (incluso dentro de su propio partido), las ocurrencias del presidente Zapatero narradas en el libro. Quien cesó a Chencho como embajador en la ONU, nada más pisar moqueta en La Moncloa, en el primer Consejo de Ministros celebrado (aun siendo éste sólo de carácter consultivo) sin respetar ni las formas, ni los tiempos que marca el protocolo dentro de la profesión.

En definitiva, estamos ante un libro muy entretenido y recomendable.

Memorias

Inocencio Arias

Plaza & Janes. 2016                                                                          Una reseña de David Torija

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La magia de la radio

196 La magia de la radio

Decíamos ayer…

Amigo lector, es cierto que llevo muchos meses sin publicar entrada alguna en mi blog, mi trabajo actual me tiene absorto y mi escaso tiempo libre se lo dedico a mi familia. Pero también es cierto que, aunque no haya podido escribir, me considero afortunado, pues mi trabajo me entusiasma. Tengo la fortuna de representar comercialmente, en media España, a una empresa líder con una clara ventaja competitiva, tener el mejor producto del mercado.

Mi actual trabajo me permite viajar a lo largo y ancho de la geografía española visitando clientes. Son muchas horas de carretera, amenizadas por un medio de comunicación sin par, con un encanto y una magia especial,  la radio.

La radio me ha acompañado siempre a lo largo de mi vida, desde las singulares narraciones del otrora hombre del gol, Héctor del Mar, en  radio Intercontinental de Madrid (antaño siempre presente en los grandes acontecimientos deportivos) en mi niñez, hasta las noches de estudio en mi adolescencia más rockera, aderezadas con la música estruendosa de Juan Pablo Orduñez, El Pirata, y de Disco Cross de Mariano García.

Hoy la magia de la radio sigue acompañándome en mis viajes. Aunque las retransmisiones deportivas hayan dejado paso (a no ser que juegue mi Madrid) a programas económicos como Capital, de Luis Vicente Muñoz, a quien sigo desde hace casi dos décadas, la atronadora música rock del Pirata ha sido desbancada por jazz y country en Radio 3 o relajante música clásica…Sin olvidarme de las Tardes del Ciudadano García (compatibilizadas con Mercado Abierto de Laura Blanco) que son mi entretenimiento vespertino en mi peregrinar semanal por media piel de toro.

Son muchas y variadas las voces que me acompañan desde distintas emisoras (excluyendo radio fórmulas y charlatanes de turno (con perdón) que creen erróneamente que el humor ha de ser una oda irrespetuosa al mal gusto), a todas ellas, gracias por acompañarme, informarme y entretenerme cada día.

 David Torija

 

 

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Movember 2016. Mi granito de arena en la lucha contra el cáncer

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Por segundo año consecutivo, me uno a la Fundación Movember y me dejo bigote durante el mes de noviembre al objeto de llamar la atención sobre la importancia de los hábitos de vida saludables y para recaudar fondos para la investigación en la lucha contra el cáncer.

Podéis hacer un donativo, por pequeño que sea, pinchando en este enlace.

Muchas gracias.

11 Saona

David Torija

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Review of The Real Life MBA

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If you are a follower of my blog, you will notice that reading and business are two of my passions (and English is not my native tongue. Please be patient if you find a grammatical mistake. I will apreciate if you email me to notify it). What I am doing with this book review, contains both passions, which occupies a bit of my leisure time.

When I was studying my MBA, a teacher of mine recommended me the reading of Winning by Jack Welch (former CEO and Chairman of General Electric). Since that moment, I started to read about the extraordinary professional career of Jack Welch. I have readed, at least three times, his book Winning, I bought his book Straight From the Gut (which I will read soon) and I have readed the book which today I review: The Real Life MBA.

I started to read this book seating on a bench at Patacona beach, Valencia. I was working as a real estate agent at Engel & Völlkers. My goal that day was to rent that apartment close to the beach. I organized some consecutive visits to that apartament (to create the necessity to my clients, who viewed that there were other clients interested on it too). One of my visitors cancelled his visit, taking advantage of an hour free, I crossed the street and, seating on a bench, I started to read this book. And, yep, I got my goal, renting the apartment that afternoon.

I had to restart the reading of the book, because the last months has been actively frenetic for me. I got a better job and I have been very busy lately (I finished the reading of the book at night, in a hotel room in Barcelona, after more than 700 km driving and visting clients, tired but strongly happy with my new and passionate job).

The same as with the bestseller Winning, I have enjoyed and learned a lot with The Real Life MBA, this why I strongly recommend its reading.

The book is divided into three parts. In the first part, It’s about the game, Jack and Suzy Welch talk us about the importance of growth, finance and marketing in business and about how to compete in a global market. Ending with a master explanation about how to manage a crisis.

The second part of the book is dedicated to explain how to build a great team and how to use the 2.0 tools. At the last  part, the authors talk about how to identify your dreamed job, how to improve your carreer and how to front facing big changes.

The book is full of enriching examples and real stories of workers and managers, some of them anonymous, other ones with their real names and even identifying their positions and companies.

After Winning success, Jack and Suzy Welch gave hundreds of speeches and conferences, collecting questions, experiences and feedback of an enthusiatic crowd of followers. These experience took them to work as a consultants and even to create its own MBA on line.

If you want to know more about successful careers of the authors and others managers which are mentioned and explained in the book, if you want to get some tricks which help you in your professional carreer, this is your book.

The Real Life MBA. The no-nonsense guide to winning the game, building a team and growing your career.

Jack Welch & Suzy Welch

Thorsons. London 2015

A book review by David Torija

 

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