Buñuelos de viento

211 buñuelos

Ahora que la foránea festividad de Halloween se apaga, me pongo a escribir, invadido por la nostalgia porque, en este país, antes llamado España, en lugar de Halloween siempre se ha celebrado el día de Todos los Santos, festividad en la que se recuerda a quienes ya no están con nosotros.

Permítaseme puntualizar que no me importa celebrar Halloween, pues siento aprecio por los Estados Unidos de América. De una América, cuyo descubrimiento, civilización y evangelización  fue el más alto acontecimiento que vieron los siglos tras el nacimiento de Cristo (así se refirió Cristobal Colón al descubrimiento de la Indias). Muchos son los españoles que desprecian sus tradiciones y su historia, y, tristemente acomplejados, dan pábulo a la Leyenda Negra del gran falsificador de la historia, Fray Bartolomé de Las Casas, alentada precisamente por aquellas naciones que sí aniquilaron a la población indígena en sus conquistas, y seguramente por los comisarios políticos (de la vergonzosa Comisión de la Verdad) de esa ley norcoreana que cercena la libertad de pensamiento, que es la Ley de Memoria Histórica. Los estudios demográficos del profesor Ángel Rosenblat desmienten la Leyenda Negra (también lo hace la simple existencia de millones de indígenas o mestizos en Hispanoamérica. Los españoles a diferencia de británicos, franceses o norteamericanos, nos mezclamos con la población autóctona).

No recuerdo visitar el camposanto el uno de noviembre. Pero sí tengo recuerdos de mi niñez de nuestras visitas a la tumba de mi abuelo Gregorio el día de Navidad. Siempre me pareció más bonito hacerlo así.

La festividad de Todos los Santos me recuerda las comidas que organizaba en esa fecha mi abuela Pepa en su casa. En aquellos escasos treinta metros cuadrados de vivienda, teníamos que hacer encaje de bolillos para poder sentarnos todos los comensales a la mesa. A mi lado siempre mi abuelo (dándome a mí su oído bueno y el malo a la cla. Dicho sea con cariño), quien estaba literalmente encajonado contra el mueble bar, que guardaba una botella de Pipermín en forma de torero y que siendo niño manoseaba para desesperación relativa de mis abuelos y que a día de hoy conservo como un valioso tesoro. Y digo desesperación relativa porque siempre sentí lo especial que era para ellos. Mi abuela Pepa siempre decía que yo era su corazoncito izquierdo.

Para el día de Todos los Santos mi abuela Pepa cocinaba decenas de buñuelos de viento que repartía en varias bandejas que la logística, dada la falta de espacio en aquella humilde vivienda, obligaba a colocar encima de las literas en la habitación de mi tía José y de mi tía Luisi, hasta su aparición estelar en la mesa a la hora de los postres. Buñuelos de cabello de ángel, nata, crema pastelera y de chocolate que hacían las delicias de toda la familia, acercándonos, permítaseme la chanza, a la frontera del pecado capital de la gula. Nunca he sido muy goloso, pero aquellos buñuelos eran bocatto di cardinale.

Es bonito recordar el pasado, nuestra historia, nuestras costumbres, nuestra infancia, a nuestros seres queridos… y aunque a veces a uno se le nuble la vista fruto de la nostalgia, la vida está llena de bonitos recuerdos. Me acuerdo que nunca me faltó el día de mi cumpleaños la tarta de mis abuelos maternos. Como la de la fotografía. La misma fue tomada precisamente el día de mi veinte cumpleaños, el último que celebré con mi abuela Pepa. Se nos fue el seis de febrero del año siguiente. Por muchos años que hayan pasado, me sigo acordando de ella, me entristece que no llegase a conocer al amor de mi vida y a nuestros hijos. Sé que hubiese querido a Bea como a una hija y disfrutado muchísimo con sus bisnietos.

Abuela, sigue cuidándonos desde allí arriba.

 David Torija

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Luces y sombras del otrora noble arte del boxeo

208 luces y sombras boxeo

Me aficioné al boxeo, como tantos niños de mi edad, con la película Rocky. En mi caso fue con Rocky IV. Estuve a punto de no poder ir a verla al cine porque, como era para mayores de 13 años y yo acababa de cumplir 10, mi padre, conocedor de que ya la había visto, le preguntó a mi primo José Carlos, quien por aquel entonces era aún novio de mi prima Ana Mari, que si era una película adecuada para mi edad. Su respuesta inicial me situó por momentos fuera del cine: se ve como cae algún diente…pero no es para tanto, llévale tranquilo. Dicho y hecho. Aquella tarde fuimos mi padre y yo al Zoco de Majadahonda (cines rescatados por los vecinos hace unos años en un bonito proyecto) a ver la mencionada película, que era, una extensión más de la guerra fría, que tenía en Hollywood uno de los mejores medios de propaganda internacional.

En 2011, cuando vivíamos en Nueva York, persuadí a mi mujer para ir un sábado a Filadelfia, única y exclusivamente, para subir las famosas escaleras de acceso al Museo de Arte de Filadelfia, que hizo famosas el potro italiano.

El primer combate de boxeo que recuerdo haber visto, un año después de ver la película Rocky IV, fue entre Sugar Ray Leonard y Marvin Hagler. Como el video ya había llegado a casa el verano anterior, pude grabar en VHS el combate y verlo posteriormente en muchas ocasiones. Sugar Ray se convirtió en mi boxeador favorito. Me encantaba su forma de utilizar la inteligencia en un deporte en el que se presupone, como la valentía a la infantería, que prima la fuerza bruta. Sugar Ray llegó a desesperar en su día a Roberto Durán, hasta que éste abandonó el combate, incapaz de alcanzar con sus poderosas manos a Leonard. Un par de años después, también vi y grabé la revancha entre Roberto “manos de piedra” Durán y Sugar Ray Leonard.

Luis Solana presidía Radio Televisión Española. El hermano de un compañero de clase de Escolapios había asistido a una de las primeras defensas del título europeo de otro potro, el potro de Vallecas, Poli Díaz. Contaba mi amigo que, al acabar el combate, en el mismo ring, Poli agarró el micrófono instando al respetable a que cantarán con él “Solana, cabrón, queremos televisión”.

Solana siguió marginando al noble arte del boxeo en la televisión pública de todos. Pero apareció en escena TeleMadrid, en su telediario vespertino pudo verse una caótica entrevista, a Poli y a su rival, Steve Boyle, un par de días antes de la quinta defensa del título europeo del vallecano. Poli no dejaba hablar a su rival, interrumpiéndole cada vez que el británico intentaba contestar a las preguntas del entrevistador con frases como “tu qué vas a decir, de una hostia te arranco la cabeza” Debido a la actitud de Poli, la entrevista, parafraseando a Joaquín Sabina, “duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”, tiempo suficiente para que Cruz y Raya pudiesen utilizar en sus siguientes espectáculos las palabras del sin par Poli Díaz.

En aquel combate, Poli, brabucón, se quedaba de pie en su rincón (intentando dar muestras de ir sobrado de fuerzas) entre asalto y asalto, desoyendo las indicaciones de su entrenador (y supongo que de su promotor, Enrique Sarasola (padre del original y exitoso hotelero, Quique Sarasola)), Ricardo Sánchez Atocha para que se sentase a descansar en el taburete. Poli ganó aquel combate y comenzó a postularse para el título mundial.

208 boxeo

Estoy convencido de que Poli Díaz hubiese sido campeón del mundo, si no se hubiese cruzado en su camino uno de los mejores y más completos boxeadores de toda la historia, el recientemente fallecido, Pernell Whitaker. La clave fue la derrota de Edwin “El Chapo” Rosario ante Juan Nazario, perdiendo aquél el cinturón de campeón del mundo. Durante el combate, su entrenador le decía al Chapo en su rincón, “vamos, que tenemos que ir a España” en clara alusión a la intención de defender el título mundial ante del Potro de Vallecas. Juan Nazario no quiso combatir contra Poli y acabó perdiendo el título ante Whitaker.

Si Poli, quien a mi juicio se encontraba por aquel entonces en el mejor momento de su carrera, se hubiese enfrentado a Edwin Rosario, hubiese conseguido el título mundial. Pero el paso del tiempo y el enfrentarse a uno de los mejores de todos los tiempos, truncaron su carrera.

Esperaba ansioso aquel combate. Pasé aquel mes de julio jugando al hockey en Anglet y tenía aburridos a mis amigos Alberto, Sergio, Aitor e Ibon con el dichoso combate. El combate se celebró la noche de mi regreso a Madrid. Huelga decir que no dormí aquella noche. El combate se celebró en Estados Unidos. Asistir a aquella velada era algo que no estaba al alcance de cualquiera, desde el televisor sólo se podía reconocer entre el escaso público español al paria de la tierra Javier Bardem.

Poli, que aseguraba antes del combate que tumbaría a Whitaker en el octavo asalto, no tuvo ninguna oportunidad. Luchó, eso sí, como un jabato por no caer a la lona. Terminó, ya con varias costillas rotas, intentando darle un cabezazo a Whitaker para que el combate, que sabía que tenía perdido, fuese declarado nulo.

Con la derrota de mi idolatrado Poli Díaz, disminuyó bastante mi afición al boxeo. Además apareció en escena Canal Plus, que se hizo con el monopolio del boxeo, por lo que dejó de estar al alcance de una familia como la mía, ya que no nos podíamos permitir tener televisión de pago.

Desafortunadamente Poli acabó olvidado, como Urtain y tantos otros boxeadores, que, cuando dejaron de ser una fuente de ingresos fueron abandonados por palmeros y falsos amigos.

Ya en la universidad, tras abandonar el del Club Boadilla, me apunté al gimnasio Ulises, regentado por Pedro. Allí me apunté a boxeo, deporte que practiqué durante tres años, con un parón de un par de meses fruto de una lesión de codo de tenista, durante la misma, mi tío Pablo, gran aficionado al boxeo, me decía jocosamente “eres un blando, eso no es nada, un poco de refléx (así acentuado) y a seguir”.

Nos entrenaba Raúl, quien creo fue Campeón de España de Supermedios y de quien se decía que tenía una placa de metal en la cabeza fruto de un mal golpe. Me apunté porque me gustaba el boxeo y porque era un buen camino para estar en forma. Entrenábamos dos días por semana de diez a once de la noche. Casi todos los días hacíamos guantes (combates) que era la parte que menos me gustaba, entre otras cosas, porque el nivel era bastante alto y allí había gente bastante fuerte (Piña, Moha, Said, el rápido Lopeló…) y solía salir mal parado con frecuencia. Me compré una chichonera (protector para la cabeza) pero aquel súbdito marroquí, Moha, que tenía los brazos más grandes que mis piernas, decía que aquello nos restaba visión, por lo que nunca nos la poníamos. Un día nada más sonar la señal del final, a traición, un tal Aparicio (quien regentaba en el pueblo una pescadería con el mismo nombre), me dio un mal golpe. A la mañana siguiente no podía levantarme de la cama (menos mal que tenía turno de tarde en la universidad), cuando lo hice, tenía un fortísimo dolor de cabeza. Aquel fue el primer día que me planteé seriamente dejar de boxear.

La segunda ocasión fue tras noquear el entrenador a un pobre chaval, que nunca más volvió, de un fortísimo crochet. Semanas más tarde, un nuevo entrenador (que sustituía a Raúl durante una baja laboral por enfermedad) quien, tras la pertinente retahíla de abdominales, al final del entrenamiento, nos dio una desconcertante charla, muy celebrada por alguno de los compañeros, sobre cómo actuar en peleas callejeras. Con cara de sorpresa, miré a Jesús (uno de los allí presentes, estudiante de Derecho (creo que ambos éramos los dos únicos universitarios) con quien había establecido cierta amistad). Aquello no era a lo que yo iba a allí, yo iba única y exclusivamente a practicar un deporte. Dicen que a la tercera va la vencida. Nunca más volví.

David Torija

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Bares, que lugares

208 Bares que lugares

Hace mucho tiempo que empecé a escribir este artículo, pero mis obligaciones laborales no me habían dejado terminarlo. Aprovecho mis últimas horas de unas vacaciones que, una vez más, no han vuelto a serlo, y, pese a que tengo la mirada y el corazón en otra parte, me dispongo a entregarme un rato a una de mis pasiones, escribir.

De mi abuelo materno he heredado mi afición por lo que él llamaba alternar, que no es otra cosa que tomarse algo en un bar en buena compañía y con buena conversación. Mi amigo Pipo es feliz en Vinuesa, su pueblo soriano de acogida (pues no es exactamente el suyo), porque los camareros le llaman por su nombre y todo el mundo en el bar le conoce.

Aspiro a tener un bar de confianza en el municipio madrileño en el que resido desde hace tres años y medio. Aún no he tenido tiempo de encontrarlo, pero aspiro a hacerlo. Echando una mirada atrás, me doy cuenta de que sí lo he tenido en otros lugares en los que he vivido.

Durante mi época universitaria frecuentaba con mis amigos Álvaro y Carlos el pub Hierros en Pozuelo. He de confesar que nunca me llamaron por mi nombre. A mi amigo Álvaro sí, el dueño le saludaba siempre con un “¿Qué tal Álvaro? ¿Qué tal la carrera?”. Aquello era un claro indicio de que a parte de las cervezas con limón que nos tomábamos los martes y los jueves después de entrenar, mi amigo frecuentaba aquél bar más días que nosotros. No fui asiduo del bar de mi facultad, de ahí que no aprendiese a jugar al mus (en casa la experta es mi mujer, que es campeona del mundo de mus), lo que contribuyó a que sacase la carrera.

En Ponferrada, fueron dos nuestros bares de referencia. Frecuentábamos ambos al salir de trabajar. Primero Las Torres, hoy convertido en el discopub preferido de la comunidad dominicana, pero antaño regentado por Encarna, su hija Ana y su yerno Andrés. Luego íbamos a La Bayuca (desaparecido desde hace años) en donde Rosa tiraba las mejores cañas (de Mahou) del Bierzo. En ambos, me llamaban por mi nombre.

De los años en los que vivimos en Valencia, nuestro bar fue, sin duda, El Laboratorio (cerrado desde hace un par de años). Lo conocimos durante nuestro MBA, pues se encontraba junto a nuestra Escuela de Negocios. Hicimos amistad con sus dueños Marc y Ricarda. Terminado ya el MBA, iba cada martes a hablar en inglés allí con la comunidad de expatriados y con mi amigo Felipe. No puedo dejarme en el tintero El Salado, bar en el que solucionábamos el mundo, un jueves al mes, parte de los miembros de la asociación Amigos de la Economía y la Empresa, de la que fui cofundador.

En Galway también tuve mi bar, más bien, mi pub. Lo conocí por casualidad. Estaba buscando dónde ver el partido de mi Real Madrid y fui a preguntar al salir de la escuela, en Salthill al Cullinanes Inn, un pub al que sólo asistía público local. Me dijeron que tal vez pondrían el partido. Asistí con mi mujer y un amigo mexicano, y sí, finalmente nos pusieron, sin demasiado entusiasmo, el partido en un pequeño televisor. Antes del siguiente partido, comenté con los compañeros mi intención de ir a ver el siguiente partido al mencionado pub. Se sumó hasta el apuntador. Allí nos dimos cita más de 20 personas. A partir de ese día, cada vez que pasaba por su puerta, el camarero salía a recordarme que allí podría ver el siguiente partido del Madrid. Partidos que, huelga decirlo, se proyectaban en la pantalla gigante del local. Me conocían, pero nunca me llamaron por mi nombre, aunque, lo más triste, es que pese al volumen  de negocio que les generé durante meses, no recuerdo que me invitaran jamás a una pinta como señal de agradecimiento. Sospecho que eran seguidores encubiertos del Barcelona (nótese la ironía).

En Nueva York, aparte de La Nacional, donde acudíamos a ver los partidos del Real Madrid (incluidos los 4 clásicos seguidos, de los que mi equipo salió mal parado en 3 de ellos, proclamándose, eso sí, Campeón de Copa en el que salió victorioso), nuestro bar era el Blue Haven, pub al que asistíamos varias tardes por semana. En su barra pude ver los play-off de la NHL de aquella temporada. La verdad es que no teníamos televisión en casa, por lo que nos apuntamos al gimnasio New York Sports Club, ya que sus bicicletas, cintas de correr y demás aparatos aeróbicos tenían su propia televisión. Allí nos hicimos seguidores del programa El Jefe Infiltrado. La televisión, la veíamos pues en el bar o en el gimnasio. Aquí tampoco me llamaban por mi nombre.

Volvimos a Valencia. Allí seguimos frecuentando el Laboratorio, hasta que nuestra amiga Ricarda dejó el mismo y montó Leipzig Bar. Desde que regresé a Madrid, no he encontrado, todavía, un lugar que evoque en mí ese sentimiento de ser una pequeña parte del mismo, por lo que, estimados hosteleros de Majadahonda, busco un lugar en el que sentirme como en casa. Razón aquí.

David Torija

 

 

 

 

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Ciudades con zonas comerciales idénticas y sin alma

206 ciudades homogéneas

Vivimos una época en la que todo está cambiando a velocidad de vértigo. La crisis económica ha eliminado del tablero del libre mercado a muchos competidores, sobre todo a aquellos de menor tamaño (y de menor fortaleza financiera y capacidad de adaptación al cambio), llegando, en muchos casos, a concentrarse muchas actividades empresariales cada vez en menos manos, arribando, a situaciones monopolísticas, que sólo benefician a la empresa que disfruta de esta situación sin ausencia de competencia real.

Si nos fijamos en lo sucedido en el pasado en Estados Unidos, podremos anticipar lo que nos espera en la otrora piel de toro y en el resto del continente más antiguo del mundo. El cambio de los hábitos de compra de los ciudadanos norteamericanos, cuya predisposición (convertida salvo en Nueva York, San Francisco y Chicago, en necesidad) a utilizar el coche, contribuyó a condenar cuasi a la extinción al pequeño comercio. El auge desmesurado y desordenado de los grandes centros comerciales, supuso casi el final del retail. Un nuevo cambio en los hábitos de consumo, comprar cómodamente y a cualquier hora por Internet, contribuyó después al cierre de muchos de aquellos centros comerciales.

Por ahora, en este país antes llamado España, el cierre de grandes centros comerciales es testimonial. Pero al ritmo que está creciendo el comercio por Internet, todo puede suceder. Podría llegar el caso de que el comercio a nivel mundial quedase en situación monopolística en manos de Amazon.

La desaparición de muchos pequeños comercios, y la apertura masiva de tiendas y establecimientos de grandes cadenas, franquicias y cualquier forma de expansión de aquellas, han transformado las calles comerciales de muchas ciudades en homogéneas ciudades sin alma en las que todo es lo mismo. Da lo mismo pasear por Barcelona, Dublín, Londres o Bruselas… uno siempre encontrará (perdón por citar marcas) un H&M, un Primark (aunque en Irlanda, su país de origen, trabajen con otro nombre comercial), varias tiendas de Inditex, un McDonalds…

Los comercios únicos y originales, que daban vida y un color distinto a las ciudades, han ido cediendo terreno a grandes gigantes que han hurtado parte del encanto de pueblos y ciudades.

Pocos son los que se defienden, como gato panza arriba, luchando contracorriente contra una globalización homogénea que priva de identidad a todo. Un ejemplo de esa lucha es mi amiga Eva, que desde su tienda Stylo Moda Baeza, sigue luchando en uno de los municipios más bellos que existen, la ciudad jienense de Baeza, patrimonio histórico de la humanidad, a la decadencia global, abogando por el comercio local original y de trato personalizado.

Confieso que compro en grandes superficies, por Amazón y en pequeños comercios locales. Pero reconozco que prefiero hacerlo en tiendas pequeñas, especializadas, con encanto. En mi caso, lo que más me gusta comprar son libros. Adoro las pequeñas librerías originales, en las que me puedo perder entre sus estanterías, buscando un título que encontraría seguro en Amazon a golpe de click, pero que perdería todo su natural encanto.

David Torija

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La vida en 140 caracteres

Hace ya algunos años, mi amigo y compañero de MBA, Felipe, y un servidor, teníamos una especie de extraña competición, en la que triunfaba aquel que obtuviese el mayor número de respuestas a nuestros tweets por parte de alguna de las personas conocidas o influyentes a las que seguíamos en Twitter. Si se madrugaba un poco,  fácil era, al menos por aquel entonces, establecer conversación con Mario Conde, quien se conectaba en torno a las cinco de la mañana a esta red social y por quien ambos procesábamos cierta admiración. En otra ocasión, un tweet mío, que provenía de una conversación con Pedro J. Ramírez,  apareció publicado a la mañana siguiente y para mi sorpresa en El Mundo (cuando aún aquél era su director) como “Tweet destacado” en un apartado que, si la memoria no me falla, se llamaba “Tweets al director”.

Era un tiempo en el que había que ser muy preciso y cuidadoso en Twitter, pues los tweets estaban limitados a 140 caractéres.

Confieso que uso poco esta red social. Hubo un tiempo en el que me servía incluso para tener un acceso rápido a los titulares de medios de información económica y general de todo el mundo, amén de conocer las distintas opiniones de economistas, columnistas, analistas, escritores… a quienes sigo. Dejé de usarla con frecuencia porque se ha convertido en un medio en el que se ataca con demasiada alegría al que piensa diferente, parapetado en el anonimato de un nick o seudónimo. No es mi caso, pues interactúo en la misma con mi nombre y apellido @DAVIDTORIJA

A mi vuelta a España, tras residir unos meses en Galway y otro tantos en Nueva York, comencé a seguir a un periodista español especializado en asuntos norteamericanos con quien, además, tenía un par de contactos en común. Esta persona, a quien no creo oportuno citar, parece que se radicalizó bastante y comenzó a dedicarse a la propaganda izquierdista. Hace unos meses,  una tarde escribió un tweet abogando por subidas de impuestos y criticando creo que a Pablo Casado por proponer bajar los mismos. No pude evitarlo, y con nocturnidad (en mis últimas contestaciones) pues lo hice cuando me levanté al baño por la noche, pero con suma educación, contesté al mismo. Esta es la historia (o parte de ella, porque después de faltarme el respeto al quedarse sin argumentos, me bloqueó y ya no puedo ver la interacción completa (que supongo borraría por vergüenza torera)).

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Y, como comentaba, me levanté al baño, vi su respuesta, fuera de tono y de toda lógica y defendí y argumenté mi respuesta

204 Tweet 2

204 tweet 3

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Soy un firme defensor de una política fiscal con impuestos bajos para generar mayor riqueza y de controlar el gasto público (al igual que hago en casa, de no gastar más de lo que se ingresa). Por lo que seguí con mis argumetos. Esta persona, carente de argumentos, hizo un último comentario faltón hablando de “la derecha y la banca que que yo defendía” (aparte de no conocerme, creo que no me había leído nunca).

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Y llegados a este punto, pese a haber sido correcto y educado, me bloqueó (no sé si me denunciaría también). Me dio lástima la situación. Lamentablemente, muchos de los que se erigen en defensores de las libertades son precisamente quienes censuran toda opinión distinta a la suya.

David Torija

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Mi particular reseña de Mamá, ¡quiero ser comercial!

205 Mamá quiero ser comercial

De niño quería ser piloto. Algo, al menos por aquel entonces, prohibitivo, económicamente hablando, para una familia de clase media. Por lo que con catorce años, me encaminé una tarde con mi padre al edifico del otrora Ministerio del Aire, para pedir información sobre las pruebas de acceso a la Escala Superior del Ejército. La vocación, permutó, auspiciada por el deseo de mi familia paterna de que los dos varones que lucíamos como primer apellido Torija, fuéramos oficiales de la Armada, por lo que cambié el azul por el blanco y aterricé de la mano de mi primo Luis Fernando en el Colegio De Huérfanos de la Armada. Premonitorio y cruel el destino, que se llevó, años más tarde, en acto de servicio en Haití, a mi primo a los luceros. Dios se lleva siempre a los mejores.

Huelga decir que no conseguí plaza en aquellas oposiciones. La verdad es que mi pasión había menguado, ya que aquello no era con lo que yo soñaba de niño, y no estudié lo suficiente. Pero fue mejor así, porque meses más tarde entraba en aquel vetusto edificio, que era la universidad (que reza el poema que nos escribió mi suegro para el día de nuestra boda y que con cierta guasa me recuerda aún mi amigo José, citando otra de sus estrofas: pronto supo el de Pozuelo, donde estaba Ponferrada). Allí, en la universidad, sucedió lo mejor que me ha pasado en la vida, conocí a mi mujer.

Aunque mi padre quería que yo fuese marino, sembró la semilla de la que hoy es mi profesión, regalándome, siendo un crío, el libro El Vendedor más grande del mundo.

En mi trabajo actual, como representante de las mejores estanterías del mercado para grandes cargas, me toca conducir bastante y, para amenizar mis viajes, me bajo todo tipo de podcast. Uno de ellos era la entrevista que el editor Álvaro Romero le hizo al autor del libro que hoy reseño, Eduardo Vizcaíno de Sas, para hablar de su padre, el mejor escritor valenciano de la historia, si me apuran junto a Blasco Ibáñez, Fernando Vizcaíno Casas. Eduardo Vizcaíno me vendió, como buen comercial, durante aquella entrevista, tres libros, dos de ellos por él escritos y un tercero, Las Autonomuchas (basado en bestseller de su padre Las Autonosuyas y por él prologado). Completan la terna el libro que hoy reseño y  Un comercial de película.  Y en la recamara quedaron otros dos, Fernando Vizcaíno Casas, mi padre y otro con un título políticamente incorrecto a la par de sugerente, Como ser un macho y morir en el intento

Es la primera obra que leo de este autor. Muy alto estaba el listón ya que su padre, don Fernando Vizcaíno Casas, siempre ha sido mi escritor favorito. Aunque no tanto como las novelas de su padre, el libro me ha gustado mucho. Llegados a este punto algún lector malicioso e ignorante me habrá etiquetado erróneamente, como hacían con don Fernando en su tiempo, a pesar de que ni Mister Bestseller (que así se conocía a Vizcaíno Casas por sus récords en ventas literarias)  en su día, ni un servidor, tengamos filiación política alguna. Parafraseando a José Antonio (para liar aún más la madeja) la gente le llama a uno fascista con el mismo poco tino que los habitantes de los pinares de Soria llaman americano a todo aquel que lleva gafas de celuloide.

Pues sí, no me duelen prendas a la hora de reconocer mi admiración por don Fernando Vizcaíno Casas, un escritor que tenía un refinado sentido del humor, y unas cifras de ventas difícilmente superables, todo un caballero de una generación, la de la Codorniz, infravalorada por la dictadura de lo políticamente correcto. No es la primera vez que citar al escritor valenciano me genera algún problema. Cuando cursaba mi MBA junto a otros compañeros creamos una página web de información económica y empresarial que se llamaba Frikonomics, publicación que dirigía y en la que, en cierta ocasión fui recriminado por uno de mis compañeros por mencionar a Vizcaíno Casas. Defendí y mantuve la cita.

Parte de mis libros de Vizcaíno Casas

Alguno de mis libros de Vizcaíno Casas

No estamos ante un libro de técnicas de venta, estamos ante un anecdotario, escrito con muy buen humor. Coincido con el autor en que el sentido del humor es un arma poderosísima para la venta (y si me apuran, para todo en la vida). Es muy ameno y entretenido. De fácil y rápida lectura.

Un libro que desmitifica el glamour de una profesión que no es lo suficientemente valorada, pese a ser la que más directamente contribuye a mejorar la cuenta de resultados de las empresas. Una obra en la que se hace hincapié en que en el mundo de la venta el éxito se alcanza trabajando, cuanto más tiempo le dedicas, mayores son las posibilidades de éxito.

Recomendable tanto para aquellas personas que alguna vez han trabajado como comerciales, pues se sentirán identificados con muchas de las anécdotas que en libro se cuentan, como para aquellas personas sin experiencia en el mundo de la venta, pues les servirá para conocer un poco mejor esta profesión.

Como muestra de mi identificación con la temática del libro, comencé su lectura durante la cena en un restaurante de un hotel de la provincia de Jaén. No me resulta agradable comer o cenar fuera solo (pese a que lo hago con mucha frecuencia. Gajes del oficio), pero como siempre me gusta buscar el lado positivo de las cosas, puedo aprovechar para leer o para adelantar algo de trabajo… y la terminé en un avión (el último del día), que estuve a punto de perder por esperar para tomarme una cerveza con mi amigo José Ángel, (curiosamente su padre era amigo de Fernando Vizcaíno Casas) con quien sabía que iba a coincidir en el aeropuerto. Cerveza que no me dio tiempo a tomarme.

Mamá, ¡Quiero ser comercial!

Eduardo Vizcaíno de Sas

Pearson Educación

 

Una reseña de David Torija

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Una mirada atrás

En la fábrica de un proveedor chileno

En la fábrica de un proveedor chileno

Esta mañana he salido a correr un rato por la ribera del Sil a su paso por la capital de El Bierzo, como lo hacía dieciséis años atrás cuando aquí vivía. Imponente paisaje para correr, sólo superado por las vistas que, tanto de Manhattan como de New Jersey, tenía desde otra ribera, la del río Hudson, en mis carreras diarias, ocho años atrás, cuando vivíamos en Nueva York, o por mis añorados jardines del Turia, antiguo cauce del río valenciano por el que tanto troté en mis casi doce años en Valencia.

Correr siempre me ha servido para pensar y reflexionar. Si esta experiencia se adereza con unas gotas de nostalgia, ya que recientemente se cumplieron tres años de mi partida, con el vértigo que el cambio siempre produce, de Valencia a Madrid, por una apasionante aventura laboral, me lleva esta mañana dominical a sentarme delante teclado del ordenador y dedicar un rato a otra de mis pasiones, escribir. Así que me dispongo a escribir unas líneas sobre las vueltas que ha dado la vida en estos años.

Si echo una mirada atrás, remontándome a los albores del año dos mil tres, me doy cuenta que son muchas las vueltas que he, que hemos dado desde entonces. Hablo en plural porque desde aquel año (en realidad desde antes), entiendo la vida sólo en plural, porque el yo se convirtió en nosotros, porque desde hace casi diecisiete años, mi mujer y yo, como rezaba la cita de El Principito que escribimos en su día en nuestra invitación de boda, miramos juntos en la misma dirección.

Ella es culpable de mi felicidad, pero también es culpable de que en marzo del año dos mil tres hiciese las maletas y me fuese a disfrutar, según su teoría, del microclima de Ponferrada. Microclima que en realidad consistía en que entraba la niebla en septiembre y no nos abandonaba hasta abril. Abandoné por primera vez, como se dice ahora, la zona de confort, y por amor dejé Madrid. Allí creamos de la nada un proyecto empresarial en el que hice de director de obra (supervisando la misma, alquilando andamios, seleccionando, comprando y transportando todo el material necesario para la reforma del local…), para el que creamos y desarrollamos una marca, encargándonos del desarrollo íntegro del negocio, en el que vendíamos, entre otras cosas, ropa interior. Sí, me he pasado media vida vendiendo, y es algo de lo que me siento orgulloso, porque siempre lo he hecho con honestidad y con convencimiento de lo que hacía.

Como los números no salían, tuvimos que tomar la decisión (la vida está llena de decisiones difíciles) de cambiar de rumbo. Aterrizamos en Valencia. Allí me dediqué a la promoción, construcción y venta de viviendas hasta que, la burbuja inmobiliaria, parecía que nos iba a estallar en las narices. Otra vez había llegado el momento de tomar decisiones difíciles, venta con pérdidas de todos nuestros activos (promociones en desarrollo, suelos y empresas) para reducir nuestro elevado apalancamiento a una cifra cuasi testimonial, y hasta aquí puedo contar. Busqué un nuevo cambio de rumbo, el destino estuvo a punto de instalarnos en Chile para construir viviendas sociales en la municipalidad de San Antonio, pero mi olfato me llevó a bajarme a tiempo de un barco que terminó encallando.

Entrevista en Urbe Desarrollo en noviembre de 2008

Entrevista en Urbe Desarrollo en noviembre de 2008

Tras nuestra estancia en Galway y en Nueva York, volvimos a Valencia, donde estuve unos años dedicándome al asesoramiento de empresas, con alguna aventura puntual como docente. Como España parecía quedarse pequeña, participé en sendas aventuras empresariales en África, la creación, o al menos a eso aspiraba, de un canal de distribución en Dakar para el Oeste de África y un negocio minero en Mali con las más tensas reuniones que recuerdo de un consejo de administración. De allí pasé a una famosa inmobiliaria de la que, entre más de cien agentes, fui propuesto por su director general, para director de división. Aquello no cuajó y el destino laboral me devolvió a Madrid, trece años después, para representar en media España a una empresa alemana líder en la fabricación de sistemas de almacenamiento. Nunca he estado sin trabajar, ni conozco ni quiero saber lo que es el paro.

En nuestro almacén en Senegal a finales del año 2011

En nuestro almacén en Senegal a finales del año 2011

Desde que mi mujer y yo nos conocimos en la universidad, ella siempre ha estado a mi lado, en las buenas y en las malas, siempre me ha apoyado en cada paso que he dado, y me ha ayudado a reflexionar y a rectificar cuando tomaba el camino equivocado. Por eso hoy, que la nostalgia me invade un poquito, me declaro, a riesgo de parecer un hortera, la persona más afortunada del mundo.  Y por muchas vueltas que hayamos dado, como reza el cartel que compramos hace unos años en Londres y que preside el salón de nuestra casa: mi hogar está siempre donde ella esté  

David Torija

 

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Adiós a un 2018 maravilloso

203 Calendarista

El año 2018 llega hoy a su fin. Es momento de echar la vista atrás y hacer balance de lo bueno y lo malo que nos ha dado este año maravilloso.

Como soy persona optimista, que ve siempre el vaso medio lleno y si no lo está, busca la forma de llenarlo, el saldo es claramente positivo, tanto en lo personal como en lo profesional.  Desde un punto de vista profesional, esbozo brevemente la elevada satisfacción con mi trabajo y las ganas que tengo de superarme día a día. Es el terreno personal, en el que más puedo explayarme, sin salirme del círculo de lo prudente, y el que me ha dado la mayor alegría de este año, ya que he vuelto a ser papá.

Que afortunado soy de tener una familia maravillosa y un trabajo que me entusiasma.

 A parte de reflexionar sobre el año que se acaba, también es momento de ultimar la planificación del año entrante. Aunque hace ya varios meses que tengo mi calendario del 2019 de Calendarista colgado en mi despacho, en el que he ido señalando los eventos más importantes, mis objetivos, retos … es un buen momento para repasar los mismos y actualizarlos si es preciso.

Es tiempo de elaborar lo que los anglosajones llaman new year’s resolution, propósitos para el nuevo año. Entre los míos están aumentar la frecuencia con la que publico entradas en mi blog, retomar la actividad deportiva (asistir con mayor frecuencia a los entrenamientos de mi equipo de hockey de veteranos, volver a salir a correr (con la meta de correr la próxima edición de la media maratón de Valencia), perder peso y, sobre todo, poder ir de vacaciones con mi familia a lo largo del año. Por escrito quedan.

Estimado lector de mi blog, levanto mi copa virtual de cava para brindar contigo y desearte todo lo mejor para el nuevo año.

David Torija

 

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Más de 25 años de blanco

202 Real Madrid

Recién estrenada la década de los 90, siendo todavía un quinceañero, mis padres accedieron a que cumpliese uno de mis sueños, hacerme socio del Real Madrid. Como ya he contado en otras ocasiones aquí, en mi blog personal, he heredado de mi familia paterna la pasión madridista, mi abuelo Gregorio q.e.p.d., mi tío Fernando y mi primo Javi siempre han sido sus principales exponentes, aunque en mi caso, la alternativa la recibiese por parte de mi familia materna, concretamente, fue mi tío Pepe q.e.p.d. quien actuó como padrino blanco.

Recuerdo aquella tarde como si fuese ayer. Mi madre me llevó a las oficinas  del Real Madrid, sitas en el estadio Santiago Bernabéu, donde nos dieron los formularios que teníamos que rellenar para hacer la petición, nos informaron que teníamos que llevar el aval de dos socios. Semanas más tarde volvimos con la documentación cumplimentada y con el aval de mi tío Fernando y de su mujer, Pili. Allí nos informaron que entraba en lista de espera. No concretaron la duración de la misma. Tuve que esperar casi 2 años.

Tras una larga espera, a mediados de la temporada 92/93 , por fin llegó el día esperado en el que me dieron mi carnet provisional de socio del Real Madrid, con el que podía acceder a la zona de “de pié”, de tal forma que pude asistir a gran parte de aquella temporada, de infausto recuerdo final, en la que el Madrid perdió la liga en la última jornada ante el Tenerife.   El 3 de junio de 1993, me dieron el carnet definitivo. Más rápido obtuvieron su carnet aquellos que (entre ellos mis padres) lo solicitaron aquel verano. La inauguración del tercer y el cuarto anfiteatro, permitió a mucha gente acceder a la condición de socio sin esperas.

202 Real MAdrid 92 93.jpg

Pero esta historia comienza mucho antes de aquello… allá por los años 80, confieso que jamás me perdía un partido de mi Real Madrid, siempre pegado a aquel viejo transistor de mi madre, con funda de cuero negro, en la que imaginaba las jugadas que, para Radio España primero, y Radio Intercontinental de Madrid (siempre presente en los grandes acontecimientos deportivos) después, narraba el sin par  Héctor del Mar, con aquellos entrañables anuncios publicitarios del Restaurante La Hoja, Asturias en Madrid, o el pegadizo corre, corre, corre a Desguaces La Torre, o los salones Le petit Pairs…el mítico comentarista argentino contaba las jugadas de supersónico Juanito, Carlos Alonso el puma Santillana, Antonio Maceda cuelloman, Ricardo el soso Gallego, Manolo Cejas Sanchís…

A los más jóvenes, les costará creer que por aquel entonces no sólo no existía Internet, sino que sólo existían dos canales de televisión (en mi casa, no tuvimos televisor en color hasta el verano del 86) cuya emisión finalizaba a media noche con la carta de ajuste. Sólo emitían un partido de futbol por semana, los sábados por la noche. De ahí que siguiese los partidos de mi equipo por la radio.

Pegado a aquel transistor viví las remontadas históricas del Real Madrid. Recuerdo con especial cariño la remontada ante el Borussia, tras el 4 gol, obra de Santillana, en el minuto 44 del segundo tiempo, Juanito fue sustituido. El malogrado Juan, se recorrió el campo dando saltos de alegría en una de las imágenes más emotivas que del Real Madrid recuerdo. Sin olvidarme de la remontada  ante el Anderlecht, noche mágica de Emilio Butragueño. Tras el increíble resultado, Televisión Española retransmitió en diferido el partido, grabado con una sola cámara (que había sido enviada para elaborar el resumen para Estudio Estadio). Tengo una copia en VHS que, muchos años después, me consiguió Rafa, de la sección 7 Juanito. Por aquel entonces, el video era el mayor adelanto tecnológico. Existían 3 formatos: VHS, Beta y  Sistema 2000. Mi tío Román había apostado por el Sistema 2000, que pronto quedó obsoleto. Mi primo Javi me ponía una y otra vez aquel partido y el del Borussia (al final del mismo se veía a mi primo subido a la valla celebrando la victoria con aquella preciosa bandera que la había cosido mi tía Pauli) en aquellas cintas de Sistema 2000. Cuanto disfrutábamos los dos primos viendo aquellas gestas de nuestro Madrid.

202 Remontadas

Un domingo por la mañana, a la salida de Misa en el Santuario de Schoenstatt, mi vecino, a quien le importaba más bien poco el Real Madrid, vino con su padre a regodearse que tenían entradas para ver esa tarde al Real Madrid finalizando con la puntilla ¿tal vez puedas conseguir otra entrada aún? Escuché aquel partido por la radio. El Madrid derrotó al Betis por un apurado 3 a 2.

Mi padre consciente de las ganas que tenía su hijo de ver un partido en el Bernabéu, me hizo el mejor regalo que podía hacerme y, olvidando por un día las estrecheces económicas que sobrellevábamos, dos semanas después,  el 24 de marzo de 1985, a las cinco de la tarde, con 9 años, entré por primera vez en el Santiago Bernabéu. En aquel estreno, el Madrid le endosó un 5 a 0 al Murcia. Recuerdo con meridiana claridad la felicidad extrema que sentí aquella tarde. Y no sólo por la goleada de mi equipo, por poder ver al ídolo de todo mi colegio (Escolapios) Rafa Martín Vázquez…Os aseguro que era el niño más afortunado del mundo, con nuestros bocadillos de tortilla a la francesa (que tantos otros domingos cenaba con tristeza porque mi padre se había marchado a trabajar fuera y hasta el viernes no iba a verle) bajo el brazo, paseando por los aledaños de la catedral del futbol mundial, pues llegamos con horas de antelación (la puntualidad en exceso es una de las cualidades de mi padre), viendo los puestos de banderas…por mucho que anhelase tener una, no se me ocurrió pedirle a mi padre una bandera, pues sabía que no nos lo podíamos permitir.

202 Martín Vázquez

La bandera llegó meses más tarde. Me la regaló mi tía Pauli, el 19 de junio de 1985, un día antes de la primera huelga general que se produjo en España. Aquel día asistí al colegio hasta que los mal llamados piquetes informativos nos invitaron  a abandonar el colegio. Al tratarse de un colegio religioso, aquella turba fue especialmente amable con nosotros. Como no hay mal que por bien no venga, en casa pude jugar a ondear mi flamante bandera del Real Madrid, bandera, que aún conservo.

El pasado 3 de Noviembre, se celebró en IFEMA, la entrega de insignias a los socios más antiguos del Real Madrid. Allí estábamos mi hija y yo, quien ha heredado de su padre su pasión madridista (en su caso, endulzada por su admiración al siempre sonriente, pelos locos Marcelo) y allí me impusieron la insignia de plata, por mis 25 años de socio. Allí estábamos, compartiendo el momento vía WhatsApp con mi mujer y nuestro bebé así como con mis padres, mis suegros, mi hermana, mi cuñada,  mi primo Javi… Confieso que me emocioné con el texto que mi padre me escribió, en el que decía que mi abuelo Gregorio estará orgulloso desde el cielo, como también me conmovió el poema que, como diría mi amigo José, mi suegro el poeta dedicó al celebrado momento.

A todos los que aguantan y padecen mi pasión madridista, especialmente a mi mujer; a los amigos con los que he ido compartiendo tantas tardes de futbol durante todos estos años: Segio G. Couso, Nano, Guillermo, José, Paco, Fernando, Fisi, Nacho, Juanma…, a todos, muchas gracias y, Hala Madrid.

David Torija Pradillo

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Cuestión de actitud II

200 Puerta Hierro

Decíamos ayer…

Soy consciente de que el éxito de un blog radica en poder alimentarlo de manera continua con contenido de calidad. Pero como mis pretensiones son modestas, escribo simplemente porque me apasiona hacerlo, me preocupa poco haber publicado sólo dos artículos el año pasado y otro en lo que va de éste, aunque no voy a negar que, como las pasiones también han de ser alimentadas para saciar las inquietudes del alma, me hubiese gustado que fueran bastantes más.

El motivo de no haber escrito más es bien sencillo, dedico mucho tiempo a mi trabajo, que es lo que llena la nevera de casa y paga las facturas, y el poco tiempo libre que tengo se lo dedico a mi familia.

Me considero una persona afortunada, pues me gusta mi trabajo, y lo desarrollo, como todo lo que hago en la vida, con entusiasmo (en no pocas ocasiones me han acusado de ser excesivamente optimista y positivo, feedback que recibo con agrado). De ahí que el tiempo que dedicaba a escribir por las noches, lo dedique ahora a dar un empujón extra a mi trabajo.

A los motivos esgrimidos anteriormente para justificar la inactividad de mi blog, he de sumar el más importante y el que más feliz me hace, en mayo volví a ser papá. Las cinco semanas de baja que pacté con mi empresa, se convirtieron de manera unilateral por mi parte, en sólo 3 días en su parte final (mi mujer dice que también trabajé esos 3 días). Un proyecto muy importante y mis ganas por demostrar mi valía con mejores números cada vez, me llevaron a ello. Eso sí, tener la oficina a 2 minutos andando desde mi casa y el poder trabajar también desde el despacho que tengo en ésta, me ha permitido estar siempre cerca, aunque el peso de las operaciones y la mayor carga de trabajo familiar se la ha llevado la persona a quien más admiro y quiero en la vida, mi mujer.

Y es esta paternidad, concretamente, el parto, lo que me lleva a escribir estas líneas. De mi abuelo materno aprendí a ser agradecido. Por eso escribo. Para dar las gracias. Gracias, en mi primer lugar, a mi mujer, quien volvió a maravillarme con su fuerza y con la entereza con la que sobrellevó las casi 17 horas de parto (yo no hubiese aguantado ni 5 minutos aquellos dolores). Dicho sea con admiración y respeto: las mujeres parecen, parecéis, estar hechas de otra pasta. Si fuésemos los hombres los que tuviésemos que parir, la raza humana se hubiese extinguido hace tiempo.

Agradecimiento que hago extensivo al personal del Hospital Puerta de Hierro. Especialmente a Mónica, la matrona que dirigió tan diligentemente el parto. Quien aparte de demostrar ser una profesional como la copa de un pino, trató con sumo cariño a mi mujer. Su actitud, de ahí el título de este artículo, siempre predispuesta a ayudarnos pese a las largas y monótonas guardias de su puesto. Quizás su empatía, que, permítaseme el chascarrillo, es aquello que hacen las señoras mayores en la cola del supermercado: ponerse en el lugar del otro, sea la clave, esto es, ser consciente del momento vital que está viviendo una madre, y tratar de ayudarle en todo momento, mucho más allá de sus obligaciones.

Mi, nuestra, gratitud también para Borja, el anestesista que resolvió el entuerto que su antecesor había creado y a Damián, que así se llamaba, si la memoria no me falla, el enfermero sevillano que durmió a nuestro hijo en sus brazos cuando nosotros estábamos desesperados por no poder hacerlo. Reconocimiento que hago extensivo a matronas (excluyendo a la tosca que atendió en las primeras horas a mi mujer), pediatras, ginecólogas, enfermeros y enfermeras que nos atendieron aquellos días. Intentamos recompensarles con bandejas de manolitos (famosos croissants de una conocida pastelería majariega), que me consta que hicieron las delicias de varios turnos del personal de planta y de obstetricia, incluida Mónica (quien me confesó que llevaba días deseando probarlos y que tenía previsto hacerlo cuando finalizase unos exámenes que para ascender en su carrera estaba preparando), por lo que me alegro haber contribuido a alegrar un poco, aunque fuese con una bomba calórica, la maratoniana jornada de estos grandes profesionales.

Tenemos en este país, antes llamado sin complejos España, un encomiable sistema sanitario, que debemos conservar y proteger por el bien de todos. Con grandes profesionales y con alguno que desentona, como la oronda y descastada enfermera que no quiso ayudarnos a bañar a nuestro hijo por primera vez (como el protocolo aconseja), porque estaba más cómoda sentada contado cotilleos a sus compañeros, mientras, eso sí, daba buena cuenta de los manolitos que nosotros (sin ella saberlo) habíamos llevado y de los que nos demostró no ser digna acreedora. Anécdota que no empaña en absoluto nuestra satisfacción y agradecimiento con el personal del centro. Y menos aún cuando, para corregir el desplante de su ingrata compañera, una de las chicas que estaba sentada con ella, se dirigió presta a nuestra habitación y se puso a nuestra disposición dándonos sabios consejos, y si me apuran, hasta cariñosos . Y es que, como reza el título de este artículo (al que a última hora he tenido que añadir la coletilla de segundo, pues sin recordarlo, compartía título con el escrito que a los profesionales del Hospital de La Fe escribí tras atender espléndidamente a mi hija en sus primeros días de vida), es cuestión de actitud.

David Torija Pradillo

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A la memoria de Eugene Carmichael

Eugene Carmichael(Eugene Carmichael durante un discurso en Toastmasters Valencia)

Corría el mes de octubre del año 2011, bajo una lluvia tan inesperada como atípica en la ciudad de Valencia, un servidor buscaba una callejuela recóndita del centro en la que se ubicaba un local, muy frecuentado por la comunidad británica, llamado The Ginger Loft.  Sinceramente, no sabía que me iba a deparar aquella cita en la penumbra de aquel lúgubre primer piso del local.

Permitidme que os cuente cómo y por qué había llegado yo hasta allí. En diciembre del año anterior, tras  finalizar mi MBA, me di cuenta que para escalar en mi carrera profesional, era imprescindible dominar el inglés y ser un buen comunicador. A la vuelta de mi periplo por Galway y Nueva York para mejorar mi conocimiento y fluidez en la lengua de Shakespeare, comencé asistir al intercambio de idiomas (Inglés/Español) que  cada semana se celebraba en El Laboratorio, bar por aquel entonces co-regentado por mi amiga Ricarda. Allí conocí a mi buena amiga Julia Roberts, no la actriz, sino una escocesa de Saint Andrews que buscaba en Valencia cambiar la lluvia por un sol perenne.  Julia, por aquel entonces Vicepresidente de membresía de Toastmasters Valencia, conocedora de mi deseo de mejorar mi oratoria, me invitó a asistir a la reunión que se iba a celebrar en unos días en The Ginger Loft.

Y así es como, un servidor, con un clima más propio de la campiña escocesa que de la capital del Turia, entré tarde y calado hasta los huesos en aquel bar, donde un expresivo y sonriente señor comenzaba un discurso en inglés, se trataba de Eugene Carmichael.

Allí se daban cita numerosos expatriados angloparlantes como Peter Taylor, Jackie Paarhuis, Jane Craggs, Paul Taylor, Linda Casanova, Susan Hoover… y a quien hoy dedico estas líneas, Eugene Carmichael. Sólo Pablo, César Gómez Mora y un servidor, proveníamos de la tierra de Cervantes. Frecuenté como invitado aquellas reuniones hasta aquella tarde del mes de diciembre, en la que se les ocurrió asignarme un roll, no entendí la labor que se me encomendó y sentí que hice el mayor de los ridículos. Volví a casa cabizbajo, apesadumbrado, convencido de que aquella había sido mi última aparición en Toastmasters y que aquella gente no volvería a verme el pelo (ya por aquel entonces bastante escaso).

Pero como no soy persona que se rinda fácilmente, tras meditarlo con la almohada, a la mañana siguiente solicité mi adhesión al club y pedí hacer mi primer discurso. Un compañero se ofreció a ser mi mentor en aquella aventura, su nombre, Eugene Carmichael.

La segunda semana de enero del año 2012, debutaba como orador en el restaurante Sierra Aitana ante la atenta mirada de mi mentor, Eugene, y de quien fue mi anfitriona inicial, la siempre atareada Julia Roberts, que aquella tarde sí pudo ser testigo de uno de los peores discursos de la historia del club, el mío de aquella velada. Poco a poco fui puliendo mis dotes comunicativas en distintos escenarios (El Faro, el Colegio de Ingeniero de Caminos, el Colegio de Ingenieros Industriales, Florida State University, CoWorking Valencia, Wayco…) y sin llegar a ser un orador brillante, conseguí lo que buscaba, saber comunicar.

Eugene

Como no me había complicado lo suficiente, al finalizar aquella temporada, decidí presentarme voluntario a la dirección del club. Fui elegido Vicepresidente de Educación, puesto que había venido desarrollando Eugene. Tuvimos una primera reunión entre la directiva saliente y la entrante. Al finalizar la misma, Eugene y yo decidimos citarnos otro día para que él me explicase en detalle las tareas del cargo. Quedamos en mi casa poco antes de las 8 de la tarde. En poco más de una hora habíamos despachado nuestra tarea, mientras, mi mujer, que es una anfitriona estupenda, había preparado la cena. Creo que Eugene disfrutó mucho de aquella velada, tal es así que era la una de la mañana (no está nada mal para un día de diario) cuando abandonaba nuestra casa camino de Pedralba, donde vivía. Aquellos que le habéis conocido no dudaréis de lo que a continuación afirmo: el tío no paró de hablar en toda la noche. Su juventud en Bermuda (de donde era natural), su periplo por Estados Unidos, testigo de un asesinato en un teatro de Nueva York incluido, aquella chica racista a la que cameló y se convirtió en su novia…muchos y diversos fueron los temas que puso encima de la mesa. Mi mujer y yo mirábamos absortos como la comida se  le enfriaba en el tenedor mientras Eugene enganchaba un tema con otro sin pegar bocado. Tal es así, que le preparamos unas viandas en un tupper para que se llevase a casa y las compartiese con su mujer.

Mi esposa y yo le acompañamos hasta su coche, aquél destartalado Volvo rojo en el que tantas veces me llevó a casa después de las reuniones de Toastmasters. Aquel coche que talmente parecía un trastero, repleto de papeles y todo tipo de utensilios repartidos irregularmente  por  su interior. Y Eugene se marchó feliz, con sus tupperware y la bonita sensación de haberse sentido escuchado durante unas horas.

Coincidía con Eugene al menos un par de días al mes en las reuniones de Toastmasters en inglés (bajo la presidencia de César Gómez Mora y conmigo como vicepresidente de membresía, empezamos a hacer reuniones también en castellano), también en la reunión mensual de Internations, asociación internacional de expatriados de la que los dos éramos parte.

Ya en mi segunda temporada, le pedí a Eugene que evaluase mi discurso con el que iba a conseguir mi primer título de Oratoria, el Competent Comunicator, que, con los consejos de mi mentor y bajo el título de What a wonderful world arrancó los aplausos sinceros y entusiasmados del respetable en Florida State University y me supuso llevarme el triunfo aquella tarde como mejor discurso.

Recuerdo su emoción cuando, tras mi discurso en el Real Club Náutico de Valencia, le conté que iba a ser papá, o del día que le presentamos a mi hija… Eugene era una persona humilde pero alegre y optimista. Y digo era, porque se nos ha ido.

 Hace un par de semanas, tras terminar una larga sesión de reuniones de trabajo en Budapest, al subir a la habitación para cambiarme de ropa antes de cenar, me encontré con un email del actual presidente de Toastmasters Valencia, en el que me informaba del fallecimiento de mi mentor y amigo Eugene Carmichael. Aquella noche tuve que mantener el tipo, pues no quería estropear la velada a mis colegas del resto de Europa.

Las personas buenas deben ser recordadas. De ahí que le dedique estas, para mí emotivas líneas, para que, allá donde esté, con su gorra autografiada de Barack Obama, esboce una gran sonrisa recordando aquellos tiempos. Va por ti mentor.

David Torija Pradillo

 

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Review of Difficult of Conversations

Difficult conversations

Last December, I spent a few vacation days in London with my family. I took advantage of my trip to buy some books in English (it is not my native tongue) at Waterstones, the largest bookshop in Europe. This one was one of them.

It is an easy reading, part of a management book series for professionals and executives.

Everyone, every now and again, has to clarify a misunderstanding or deliver bad news… that means, a difficult conversation. This book will help you to develop the skills to turn a difficult conversation into a productive dialogue.

According to the authors, such conversations must be well prepared. We must focus on a solution. Our goal is not to beat on our counterpart, listening respectful and actively, using assertiveness and empathy, we must look for a win – win agreement  for both parts.

During a difficult conversation we must be able to control our emotions. If our counterpart is angry and he/she is not listening to us, we must stop and postpone the conversation.

When we get a successful agreement between the parties, periodically, we must verify that both are complying  our commitments.

It is a very recommendable book, full of advices and examples to improve our communication skills.

Review of Difficult of Conversations

Harvard Business Review

Boston, Massachusetts 2016

A review of David Torija

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Reseña de Memorias, de Inocencio F. Arias

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Mis padres me regalaron este libro, conocedores de mi admiración por Chencho Arias, el día de mi onomástica. Tras finalizar su lectura, he de confesar que es uno de esos libros que deseas que no se acaben nunca.

Chencho, comienza sus memorias explicando su distorsionada visión adolescente sobre la que luego fue su carrera profesional. Cuenta el motivo por el que decidió optar por la carrera diplomática en detrimento de la de fedatario público, acercándonos, a lo largo de las mismas, a la a veces gratificante, otras ingrata, profesión de diplomático.

Esta obra es más que un libro de memorias, es una lección de historia, en la que Chencho, utiliza como escenario las embajadas y consulados en los que estuvo destinado (Bolivia, Argelia, Nueva York, California…), amén de la capital de España (donde desempeñó cargos directivos dependientes del Ministerio de Exteriores). Desde la perspectiva de los mismos, el autor desgrana los más señalados acontecimientos históricos, en algunos de ellos como protagonista, en otros, testigo de excepción, y en varios, simple narrador.

También cuenta, aunque con escasos detalles, su paso por la dirección del Real Madrid con don Ramón Mendoza. Sainete en tres actos incluido, sátira sobre las acusaciones de ser el palco del Bernabéu la única cocina en la que se cuecen habas en este país, antes llamado España. Precisamente mi lectura de este capítulo ha coincidido en el tiempo con la enésima rajada del barcelonista Gerard Piqué, en las que, empañando la victoria de la selección española en París, imprudente y poco certeramente sostiene que las imputaciones judiciales de Neymar y Mesi se tejieron en el palco del Bernabéu.

Adorna Chencho sus memorias con numerosas anécdotas del mundo del celuloide, una de las pasiones del autor.

He disfrutado especialmente con las narraciones del autor de sus estancias en Estados Unidos, país que me apasiona. Me han sonrojado, como a muchos otros españoles (incluso dentro de su propio partido), las ocurrencias del presidente Zapatero narradas en el libro. Quien cesó a Chencho como embajador en la ONU, nada más pisar moqueta en La Moncloa, en el primer Consejo de Ministros celebrado (aun siendo éste sólo de carácter consultivo) sin respetar ni las formas, ni los tiempos que marca el protocolo dentro de la profesión.

En definitiva, estamos ante un libro muy entretenido y recomendable.

Memorias

Inocencio Arias

Plaza & Janes. 2016                                                                          Una reseña de David Torija

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La magia de la radio

196 La magia de la radio

Decíamos ayer…

Amigo lector, es cierto que llevo muchos meses sin publicar entrada alguna en mi blog, mi trabajo actual me tiene absorto y mi escaso tiempo libre se lo dedico a mi familia. Pero también es cierto que, aunque no haya podido escribir, me considero afortunado, pues mi trabajo me entusiasma. Tengo la fortuna de representar comercialmente, en media España, a una empresa líder con una clara ventaja competitiva, tener el mejor producto del mercado.

Mi actual trabajo me permite viajar a lo largo y ancho de la geografía española visitando clientes. Son muchas horas de carretera, amenizadas por un medio de comunicación sin par, con un encanto y una magia especial,  la radio.

La radio me ha acompañado siempre a lo largo de mi vida, desde las singulares narraciones del otrora hombre del gol, Héctor del Mar, en  radio Intercontinental de Madrid (antaño siempre presente en los grandes acontecimientos deportivos) en mi niñez, hasta las noches de estudio en mi adolescencia más rockera, aderezadas con la música estruendosa de Juan Pablo Orduñez, El Pirata, y de Disco Cross de Mariano García.

Hoy la magia de la radio sigue acompañándome en mis viajes. Aunque las retransmisiones deportivas hayan dejado paso (a no ser que juegue mi Madrid) a programas económicos como Capital, de Luis Vicente Muñoz, a quien sigo desde hace casi dos décadas, la atronadora música rock del Pirata ha sido desbancada por jazz y country en Radio 3 o relajante música clásica…Sin olvidarme de las Tardes del Ciudadano García (compatibilizadas con Mercado Abierto de Laura Blanco) que son mi entretenimiento vespertino en mi peregrinar semanal por media piel de toro.

Son muchas y variadas las voces que me acompañan desde distintas emisoras (excluyendo radio fórmulas y charlatanes de turno (con perdón) que creen erróneamente que el humor ha de ser una oda irrespetuosa al mal gusto), a todas ellas, gracias por acompañarme, informarme y entretenerme cada día.

 David Torija

 

 

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Movember 2016. Mi granito de arena en la lucha contra el cáncer

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Por segundo año consecutivo, me uno a la Fundación Movember y me dejo bigote durante el mes de noviembre al objeto de llamar la atención sobre la importancia de los hábitos de vida saludables y para recaudar fondos para la investigación en la lucha contra el cáncer.

Podéis hacer un donativo, por pequeño que sea, pinchando en este enlace.

Muchas gracias.

11 Saona

David Torija

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Review of The Real Life MBA

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If you are a follower of my blog, you will notice that reading and business are two of my passions (and English is not my native tongue. Please be patient if you find a grammatical mistake. I will apreciate if you email me to notify it). What I am doing with this book review, contains both passions, which occupies a bit of my leisure time.

When I was studying my MBA, a teacher of mine recommended me the reading of Winning by Jack Welch (former CEO and Chairman of General Electric). Since that moment, I started to read about the extraordinary professional career of Jack Welch. I have readed, at least three times, his book Winning, I bought his book Straight From the Gut (which I will read soon) and I have readed the book which today I review: The Real Life MBA.

I started to read this book seating on a bench at Patacona beach, Valencia. I was working as a real estate agent at Engel & Völlkers. My goal that day was to rent that apartment close to the beach. I organized some consecutive visits to that apartament (to create the necessity to my clients, who viewed that there were other clients interested on it too). One of my visitors cancelled his visit, taking advantage of an hour free, I crossed the street and, seating on a bench, I started to read this book. And, yep, I got my goal, renting the apartment that afternoon.

I had to restart the reading of the book, because the last months has been actively frenetic for me. I got a better job and I have been very busy lately (I finished the reading of the book at night, in a hotel room in Barcelona, after more than 700 km driving and visting clients, tired but strongly happy with my new and passionate job).

The same as with the bestseller Winning, I have enjoyed and learned a lot with The Real Life MBA, this why I strongly recommend its reading.

The book is divided into three parts. In the first part, It’s about the game, Jack and Suzy Welch talk us about the importance of growth, finance and marketing in business and about how to compete in a global market. Ending with a master explanation about how to manage a crisis.

The second part of the book is dedicated to explain how to build a great team and how to use the 2.0 tools. At the last  part, the authors talk about how to identify your dreamed job, how to improve your carreer and how to front facing big changes.

The book is full of enriching examples and real stories of workers and managers, some of them anonymous, other ones with their real names and even identifying their positions and companies.

After Winning success, Jack and Suzy Welch gave hundreds of speeches and conferences, collecting questions, experiences and feedback of an enthusiatic crowd of followers. These experience took them to work as a consultants and even to create its own MBA on line.

If you want to know more about successful careers of the authors and others managers which are mentioned and explained in the book, if you want to get some tricks which help you in your professional carreer, this is your book.

The Real Life MBA. The no-nonsense guide to winning the game, building a team and growing your career.

Jack Welch & Suzy Welch

Thorsons. London 2015

A book review by David Torija

 

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Calor asfixiante y pollo asado

193 Casa Mingo

Como habrán notado, llevaba varios meses sin publicar ninguna entrada en mi blog. Mi nuevo e ilusionante trabajo no me ha dejado tiempo para hacerlo. Retomo mi afición, mi pasión,  por la escritura, aprovechando el fin de semana y el día festivo.

Cuando era pequeño me encantaba escuchar a mi padre contar historias. Como aquella narración de cuando acabó el bachillerato. Mi abuela quiso obsequiar a mi padre con algo especial. Cuando ésta le preguntó qué quería, mi padre, respondió con convencimiento: un pollo asado. Artículo de lujo para una familia de Villaverde Alto de la época. Mi abuela accedió a la curiosa petición de mi padre. El día que tuvo lugar semejante festín, mi padre se sentó a la mesa dispuesto a dar buena cuenta de su premio. Una de sus hermanas le miraba con estupor mientras le decía ¿pero vas a tener la poca vergüenza de comerte el pollo entero tu solo?¿no me vas a dar un trozo?  Mi padre, sin desviar la mirada de aquel manjar, mientras alargaba el brazo sosteniendo en su mano uno de los restos del mismo, le contestó, chupa este hueso.

Recuerdo muchos días de calor extremo. Como aquel viaje, siendo un niño, a Almería un 1 de agosto. Trece horas de atasco y sin aire acondicionado (uno de los mejores inventos de la historia). O los meses de verano cuando trabajaba en E&V haciendo puertas frías con traje y corbata. Recuerdo un mediodía del mes de junio que me libré por los pelos de sufrir una lipotimia en la encantadora Port Saplaya.

Pero sin duda los días de más calor que recuerdo son los de aquellos veranos en los que iba a la antigua sede de la academia Intecysa en Callao. El verano en el centro de Madrid es caluroso, muy caluroso.

 En mi época universitaria siempre me dejaba (o me dejaban) alguna asignatura para septiembre. En aquella academia, famosa por aquel entonces por las carpetas naranjas que regalaba para hacer marca, preparé con éxito Contabilidad Financiera I y II (ambas con sobresaliente), Contabilidad de sociedades I, Estadística y Matemáticas de las Operaciones Financieras (las tres con notable. Siendo el mayor mérito de ésta última de mi mujer, que fue quien me enseñó a razonar el traslado financiero de cuantías económicas).

La metodología de aquella academia era francamente buena. Aunque contrataras 3 horas semanales de clases de una asignatura, terminabas dando muchas clases adicionales gratuitas más. Recuerdo por ejemplo que las clases de estadística eran un par de días por semana de 9 a 12. Raro era el día que no terminaba a las 5 ó 6 de la tarde, hora límite para llegar corriendo a mi trabajo.

 En uno de aquellos veranos, para optimizar mi tiempo (trabajaba y estudiaba a la vez), iba en coche creo que hasta la avenida de Valladolid, donde podía aparcar con facilidad cerca (no siempre) de la parada del autobús que tomaba en dirección a la Gran Vía. Cada día pasaba con el autobús por Casa Mingo, establecimiento que me traía reminiscencias de mi abuela materna, a quien le encantaba aquel sitio, donde básicamente servían pollo asado y sidra El Gaitero (famosa en el mundo entero). El calor durante aquel trayecto era horrible, realizaba parte del mismo a píe al mediodía y talmente el asfalto parecía deshacerse en las suelas de mis zapatos.

El resultado de mis exámenes fue muy bueno, por lo que mi padre quiso recompensarme. Cuando me preguntó qué quería, le dije que ir juntos a comer a Casa Mingo. Allí nos comimos un pollo asado.

David Torija  

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Review of The secrets of selling, a book written by Geoff King

The secrets of selling

The whole title of this book is The secrets of selling. How to win in any sales situation. How to resist buying it? Everyone has something to sell (from the bottom of the company to the CEO). I have sold lots of things throughout my career: underwear, jewelry, houses, lands, companies, consultancy services, exported food to another continents…in fact, now I am working, again, in the real estate business as a seller.

August 2013. I was in London, taking English classes in a language school. I called it productive holidays because is a way to discover a city, living (or trying to) as a local citizen while doing something useful for your career. In my case, as you can see, English is not my native tongue and I take every opportunity I have, to improve my English because is the business language.

Like reading is one of my passions, I travelled to London with an almost empty suitcase. I came back to Spain with this suitcase full of books. My very last day in the city, I went, again, to the famous bookshop Waterstones at Picadilly St. because I still had some room in my suitcase. Among others, I was looking for a good book about sales. When I saw it, I could not resist the tentation of buying it because of its title. After reading it, I am sure the title is right.

There are three important subjects that, at least in Spain, are not been taught in universities and business schools in a properly way: sales, English and public speaking. With this book I intended to work on two of them. I think I did it.

Divided into three parts (sales meetings and sales proposals, how to find new business, becoming a complete sales person) throughout the book, the author tell us about every single issue it must be known about sales, explaining them in an easy way.

Its style is clear and practical and it has numerous examples. Every single chapter starts with a motivational quote and ends with a useful summary about the mean issues of it (a very practical way to remember what you have learned on it).

Without any doubts, it is a very helpful book for those people, like me, who have something to sell. In my case and with due respect, it has become in a kind of bible of sales. I read this book carefully and I will do it again and again because it will help me to get new clients, to prepare meetings and finally to close successful deals. This is why I strongly recommend this book.

The Secrets of selling

Geoff King.

Financial Times. Prentice Hall

 A review by David Torija

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Aquellas zapatillas

De niño me encantaba el baloncesto. Pese a que la economía familiar no era muy boyante, compraba con mi madre cada semana la revista Gigantes del Basket. A parte de mi Real Madrid, me gustaba la NBA y, concretamente, Michael Jordan y sus Chicago Bulls. Aquel jugador que, con el número 9, el año antes de su debut en la liga americana, me sorprendió con su juego en aquella inesperada final ante España de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984.

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Llorente y Michael Jordan. Los Ángeles 1984

Final que estuve a punto de no ver porque mis padres me habían castigado por romper un plato de cerámica que con la leyenda “Recuerdo de Talavera” estaba colgado, hasta ese día, en la cocina de aquel apartamento de Lasarte en el que mi padre vivió de alquiler el tiempo que duró aquella obra en la imponente ciudad de San Sebastián. Plato que rompí, precisamente, mientras hacía que jugaba al baloncesto en la cocina.

El partido de semifinales de aquella olimpiada lo vi en el campamento de Los Escolapios de Villacarriedo al que mis padres me llevaban para que empezara a curtirme (tenía 8 años recién cumplidos). Fue aquel partido en el que España estaba aplastando a Yugoslavia que inmortalizaron Los Nikis en su legendaria canción El Imperio contraataca. Fue la única vez que los padres Escolapios nos dejaron ver la televisión en los tres veranos que allí pasé. La ocasión lo merecía.

Siempre me ha gustado el logo de Nike. Para la logística del campamento de Villacarriedo del año siguiente, mis padres me habían comprado dos camisetas de tela y de manga corta, presuntamente de Nike, en el mercadillo de Pozuelo, dos pantalones de deporte y dos pares de calcetines, estos sí, de Nike, pues creo que los compraron en unos afamados almacenes en los que, hasta donde yo sé, no se venden imitaciones. Aquella ropa se convirtió en mi uniforme en el campamento (lavábamos la ropa a mano por la noche), de tal forma que comenzaron a apodarme el hombre Nike.

La carpeta del colegio la tenía forrada con una fotografía de Michael Jordan jugando al baloncesto en las calles de Chicago en la que lucía las míticas zapatillas conocidas como Nike Air Jordan. Me encantaban aquellas zapatillas, pero sabía que era algo que estaba fuera de mi alcance. Su precio eran 14.000ptas (84€). En casa ni siquiera podíamos plantearnos comprar el modelo más básico de Nike.

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Fotografía de Michael Jordan de mi carpeta

Durante semanas, tal vez meses, me quedaba siempre prendado en el escaparate de una zapatería de Pozuelo Pueblo, mirando unas zapatillas blancas con un logo rojo idéntico al de Nike. Creo que mis padres lo utilizaron como premio por, estando enfermo de paperas, comportarme estoicamente (sin echarme a llorar ni salir corriendo) cuando durante mi convalecencia venía a visitarme aquel personaje siniestro, de existencia afortunadamente fenecida: el practicante. Sí, me compraron aquellas zapatillas. Costaron 1.800 ptas. (11 €) y aunque la marca era Soriver (o algo parecido), talmente parecían unas Nike.

El padre de mi vecino, un ex culturista que había pasado mucha necesidad en su juventud, (supongo que aquello le hizo agudizar el ingenio) se metió a promotor inmobiliario en los 80 en la costa, amasando una verdadera fortuna. Como no quería que sus hijos padeciesen sus mismas calamidades, los educó de forma antagónica a cómo me educaron mis padres a mí, facilitándoles todo lo que querían y convirtiéndoles en niños muy competitivos en temas materiales. Mi madre siempre cuenta la historia de cuando por mí cumpleaños me compraron un pequeño submarino. Al día siguiente el padre de mi vecino apareció con un trasatlántico de proporciones grotescas. A los dos días el trasatlántico deambulaba a la deriva por la piscina de nuestra urbanización, sin que su dueño le hiciera el menor caso. Mi submarino me duró bastantes años. Según mi madre, yo lo sacaba del agua después de cada uso, le quitaba las pilas, las secaba y lo guardaba en su caja.

Un buen día, el padre de mi vecino le regaló una canasta. Pasamos ratos estupendos jugando juntos al baloncesto. Los buenos resultados de la selección lo habían convertido en el deporte de moda. Nosotros teníamos nuestras discusiones infantiles. Como he dicho, yo era fan de Michael Jordan y de los Chicago Bulls y él de los Atlanta Hawks y de Dominique Wilkins. Ambos fueron rivales en el concurso de mates del All Star de la NBA. Mi vecino le tenía manía a Jordan, pues decía que éste le había robado el título a Wilkins, pues ambos habían hecho el mismo mate pero el segundo con mayor potencia de salto (tenía razón). Pronto se olvidó del baloncesto. Yo continué con mi afición.

Aquella primavera el padre de mi vecino anunció que se iban a ir de vacaciones en verano a la costa Oeste de Estados Unidos. A los pocos días, para mi sorpresa, mi vecino me dijo que iba a aprovechar el viaje a EEUU para comprarse las zapatillas de (su odiado) Michael Jordan, ya que allí eran mucho más baratas.

La madre de mi vecino ofreció a las madres del resto de los chicos de la pandilla comprarles las zapatillas. Todas menos mi madre dijeron que sí. Mi disgusto era mayúsculo. Yo era el fan de Michael Jordan y de sus zapatillas…Tras meses dándole la tabarra, finalmente, mi madre cedió.

La noche de su regreso no pude conciliar el sueño. Por fin iba a cumplir mi sueño de tener las zapatillas de Jordan. A la mañana siguiente, cuando por fin apareció mi vecino me dijo textualmente “me las he comprado”. De mis zapatillas y de las del resto de amigos jamás se dijo nada. Por la tarde bajó a jugar calzando sus Air Jordan. A los pocos días dejó de usarlas y nunca se las volví a ver.

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Mis Nike Air Jordan 30 años después

Al año siguiente, en Semana Santa, nos fuimos por primera vez de vacaciones a un destino que no fuese el campamento escolar o el apartamento en el que mi padre malvivía de lunes a viernes cuando le tocaba trabajar fuera de Madrid. No sólo son las primeras vacaciones familiares que recuerdo, además fue la primera vez que monté en avión. Nuestro destino, Tenerife.

La suerte parecía no terminar de aliarse con nosotros. El sindicato de turno del personal de tierra organizó una huelga. Nuestro avión tendría que haber salido aquel día a las 8 de la mañana. En la agencia a mi padre le habían dicho que, al ser un vuelo chárter, los paros no iban a afectarle. El día de partida nos comunicaron in situ en el aeropuerto que el vuelo se retrasaba y que llamáramos a media tarde a un número de teléfono. Mis padres, para que se nos pasase el disgusto, nos llevaron al Zoo. La estrella allí era el oso panda Chu-Lin. Por la tarde fuimos al video club. El video había entrado recientemente en nuestra casa, la televisión en color lo hizo el año anterior, y alquilábamos un par de películas cada fin de semana como entretenimiento familiar. La película elegida para la ocasión fue un fracaso, pero el título era premonitorio, 2001 Odisea en el espacio.

Tal y como nos dijeron, nos personamos a las 8 de la tarde otra vez en el aeropuerto, allí pasmaos toda la noche entre falsas promesas y discusiones entre los más exaltados. Nuestro vuelo debió de ser el último en salir de los cancelados del día anterior. Lo hizo a las 7 de la mañana. Debían ser las 10 de la mañana, hora canaria, cuando, tras pasar por infinidad de hoteles, el autobús de la compañía por fin nos dejaba en el nuestro.

Pero la suerte sí iba a estar de mi lado esta vez. En aquellas cortas pero intensas vacaciones, visité con mis padres una zapatería. Las Nike Air Jordan costaban allí 8.900 ptas. frente a las 14.000 que valían en la Península. Mis padres me compraron mis deseadas zapatillas. Sé que para ellos, pese a la rebaja, supuso un importante esfuerzo económico. Hoy, 30 años después, conservo aquellas zapatillas. Para mí son algo más que un objeto fetiche, poseen un gran valor sentimental, pues son una muestra del sacrificio que siempre han hecho mis padres por mí.

David Torija

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Reseña de Noches sin dormir de Elvira Lindo

Noches sin dormir

Es ya costumbre que la carta que escribo cada año a Papá Noel se la entregue a mi cuñada para que ella gestione la adquisición de las cosas que pido. Básicamente, libros en inglés (no siempre fáciles de encontrar en España), algún best seller en español y alguna película clásica descatalogada. Noches sin dormir era una de mis peticiones este año. Papá Noel acertó.

Si la memoria no me falla, éste es el tercer libro de Elvira Lindo que reseño en mi blog. Primero fue Lugares que no quiero compartir con nadie, libro que leí durante un viaje de trabajo a Dakar y que comparte con el que hoy reseño la plaza, Nueva York y que la autora narra en ambos vivencias personales en la ciudad que nunca duerme. Después reseñé Mejor Manolo, otro regalo de Papá Noel que, al igual que el hoy reseñado, fue el primer libro que leí aquel recién estrenado año. El marido de Elvira, Antonio Muñoz Molina, también tiene su sitio en mi blog con la reseña de su magistral obra Todo lo que era sólido.

En sus noches sin dormir, Elvira Lindo cuenta, en forma de diario, un diario sorprendentemente íntimo, su último invierno en la ciudad de Nueva York. Relata cómo, con su hermano venido desde Chile como escudo humano, digo como testigo, le dijo a su marido que no quería pasar otro invierno más en Nueva York. Abre su corazón al lector describiendo su dolor por no haber estado más cerca de su padre en sus últimos años, o lo que supuso para ella la pérdida de su madre cuando apenas era una niña. Amén de contarnos sus aventuras y desventuras del día a día en la ciudad. Todo ello con la prosa sencilla y adorable que siempre nos regala Elvira Lindo en sus textos.

Desmitifica en su narración, la cineasta ciudad de Nueva York. Ciudad hecha de retales, que despierta sentimientos extremos de amor y odio. Sentimientos que a veces convergen. Una ciudad individualista y dura para la clase media. Lo hace desde su experiencia de más de una década viviendo la mitad del año en la capital del mundo.

Pese a todo, en mi caso, sigo adorando la ciudad de Nueva York. Ciudad que he tenido la suerte de visitar anualmente durante algún tiempo y en la que viví tan solo unos meses. Tal vez se deba a que siempre la veo como la primera vez porque, como decía F. Scott Fitzgerald en El Gran Gatsby: La ciudad vista desde el puente de Queensboro es siempre la ciudad vista por primera vez, con esa salvaje promesa de encerrar todo el misterio y la belleza del mundo.

Recomiendo abiertamente la lectura de esta deliciosa obra de Elvira Lindo. Tal vez aún estéis a tiempo de pedírsela a los Magos de Oriente.

Noches sin dormir

Elvira Lindo

Seix Barral

Una reseña de David Torija

 

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