Reseña de La Solución Nash – La reactivación económica tras el Coivd-19 de Fernando Trías de Bes

Cuando estudiaba mi MBA, mi compañero de máster, Ramón, me dejó El Libro Negro del Emprendedor, del mismo autor que el libro que hoy reseño. Me lo leí en un par de días y lo reseñé en la web que junto a otros compañeros acabábamos de crear y al frente de la que estuve hasta su cierre en 2012, frikonomics.com  

Tanto me gustó la obra que recomendaba su lectura como obligatoria en el curso que impartía en el Coworking valenciano Wayco sobre Cómo realizar un Plan de Negocio. Fue la primera de otras muchas reseñas que he escrito de obras de Fernando Trías de Bes. La siguiente fue Mil millones de mejillones, también en Frikonomics, pese a que se alejaba un poco de la temática (economía y empresa) de la web. Ya solamente en mi blog personal, reseñé otro libro muy recomendable del autor, El gran cambio y que he citado en otros artículos ya que me parece muy interesante.

Como por mi trabajo tengo que realizar viajes largos y frecuentes en coche, me bajo podcast de mi interés para amenizar y sacar un mayor partido de los trayectos. Tal es mi admiración por Fernando Trías de Bes, que una de las carpetas del disco duro interno de mi vehículo en el que grabo los mencionados audios, lleva el nombre del autor y cuenta con una extensa recopilación de entrevistas y speeches del mismo. En una de ellas tuve conocimiento de la existencia del libro que hoy reseño y que pedí estas Navidades a Papá Noel.

El economista barcelonés escribió este libro durante el confinamiento, en tan sólo nueve días (empezando el día de San Jordi y finalizándolo el primero de mayo). Trías de Bes expone en el mismo su teoría para evitar que el parón de la actividad, fruto de la pandemia, derive en una crisis económica global.

A diferencia del crash del 29, de la crisis del petróleo, del estallido de la burbuja de las puntocom o de la crisis subprime, por primera vez en la historia, sabemos que estamos ante una crisis temporal que puede finalizar (si hacemos las cosas bien) en un horizonte temporal determinado, esto es, cuando aparezca un fármaco o la población sea vacunada. El secreto está en lo que el autor define como comprar tiempo.

La solución que propone el autor está basada en una teoría del premio Nobel de Economía, John Nash, conocido por el gran público gracias a la película Una mente maravillosa. Concretamente en El Equilibrio de Nash, basada en la teoría de juegos. Con este equilibrio se alcanza una solución subóptima para el conjunto de los participantes en una situación determinada.

Permítaseme explicar esto. La economía clásica, explica por medio de Adam Smith, que cuando cada agente económico asegura su propio interés, la economía alcanzará el óptimo global. Siendo éste el fundamento de la economía de libre mercado. Nash se dio cuenta de que ésta era una visión incompleta. El autor, utilizando para su explicación y desarrollo El Dilema Del Prisionero explica el porqué.

Para explicar la teoría de El Equilibrio de Nash, Trías de Bes utiliza un ejemplo de la mencionada película (tras disculparse por tratarse de un ejemplo sexista). Nos cuenta cómo el protagonista y sus amigos quieren ligar una noche en un pub. Todos lo intentan sin éxito con una rubia despampanante, el resto de chicas huyen de ellos al ver que son el segundo plato tras ser rechazados por la rubia. El protagonista rebobina en el tiempo para explicar su teoría. En esta ocasión todos los amigos deciden trazar un plan desestimando a la que consideraban su mejor opción, la chica rubia, y poniendo en común todas sus preferencias para lograr un acuerdo. Finalmente todos salen emparejados.

Esto es lo que propone el autor. En principio parece que lo más sensato para las familias sería reducir el consumo (por la incertidumbre laboral y económica) y para las empresas paralizar sus inversiones y recortar gastos. Pero sabemos que es una situación temporal y que la capacidad productiva a nivel mundial se encuentra prácticamente intacta. De tal forma que, si compramos tiempo y las familias continúan con sus niveles de consumo y las empresas mantienen el empleo y sus inversiones, cuando la pandemia acabe retornaremos a un escenario de crecimiento económico.

Para que esto sea posible se necesita el apoyo decidido de las administraciones públicas. Pese a no ser amigo del intervencionismo económico, el autor propone soluciones keynesianas por tratarse de una situación excepcional con un horizonte temporal final determinado. Su propuesta es dotar de fondos económicos a las empresas para que estas no tengan que despedir y que no paralicen sus inversiones. Como sus empleados recibirían un alto porcentaje de su salario pese a estar confinados, podrán continuar consumiendo. Es cierto que supone un elevado aumento del gasto público y un aumento del déficit público de entre un 10 y un 20% del PIB, pero es una cantidad muy inferior al coste que supondrían las prestaciones por desempleo de una cuantía ingente de personas y del encarecimiento en la financiación estatal por sus dos vías: reducción de la recaudación de impuestos fruto de la drástica reducción de la actividad económico empresarial y encarecimiento de la emisión de nuestra deuda pública.

Pero se han de hacer las cosas bien, no como, según el autor, ha sucedido con los ERTES y los avales a los préstamos ICO. Los ERTES se han calculado sobre la base reguladora en lugar de hacerse sobre el neto, perjudicando al trabajador y su renta disponible para el consumo (por no hablar de su carácter disuasorio, al impedir a la empresa realizar ningún reajuste de plantilla en seis meses). Este libro se terminó de escribir el uno de mayo, por lo que no refleja los retrasos y errores en tramitaciones y pagos del SEPE, que ha sido un verdadero caos. Con respecto a los préstamos ICO, que el Estado sólo avalase el 70% ,deja a la intemperie a las empresas que, en el caso de impago, entrarían en conflicto por el otro 30% con su banco, entrando en registros de morosos… entrando en una espiral difícil de salir.

Aún tratándose sólo de un esbozo que podía y debía perfeccionarse, Trías de Bes lo tenía todo muy bien estudiado. La creación de una serie de comités de expertos, no sólo médicos y epidemiológicos sino también económicos, empresariales, sociológicos y psicológicos

Recuerden que este libro se escribió a finales de abril. Cuando estas líneas se escriben, acaba de ser descubierta  la inexistencia del comité de expertos que presuntamente asesoraban al gobierno y que fue la excusa para la toma de decisiones arbitrarias con un grave coste económico para regiones gobernadas por partidos de un color distinto al del gobierno. Por no hablar de la manipulación de las cifras de fallecidos, la mala (incluso dolosa) gestión de compras y aprovisionamientos… Lamentablemente, el único comité de expertos real parece ser el de marketing político del inteligentísimo Iván Redondo, pareciendo que las decisiones se han tomado y se toman en función del rédito electoral futuro que pueda reportar al partido en el gobierno. Una de las últimas es un claro ejemplo, que sean las comunidades autónomas quienes tomen determinadas decisiones poco atractivas y  de paso, poder transmitir la culpa de todo lo malo que suceda, incluso con carácter retroactivo.

Es una pena, porque países como Alemania sí han desarrollado políticas similares a las que en el libro se proponen, como por ejemplo, el dotar a la hostelería (uno de los sectores más dañados por la pandemia) con cuantías económicas en torno al 70% de su facturación en el ejercicio anterior durante el tiempo que se les ha obligado a cerrar, mientras que en España sólo se les han puesto trabas (subida generalizada de impuestos, en especial del impuesto de sociedades y de la renta, subida de cuota de autónomos…).

Nunca es demasiado tarde para olvidarnos de intereses políticos e intentar, todos juntos, limitar el impacto económico y sus posibles consecuencias económicas devastadoras.

Recomiendo abiertamente la lectura de este libro por su gran interés y utilidad.

La Solución Nash. La reactivación económica tras el Covid 19

Fernando Trías de Bes

Editorial Planeta

Una reseña de David Torija

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Apoyo a los productos nacionales y al comercio local IV. Calendarista

Con este cuarto video, os quiere recomendar, de forma totalmente desinteresada, un recurso que yo uso desde hace años en mi despacho  y que es muy útil. Se trata de Calendarista, un calendario en formato A0 (también disponible en A1) de pared a año vista.

A mí me sirve para organizarme, marcar mis visitas comerciales, ferias en las que exponemos, eventos etc. Y poder verlos de un vistazo rápido. A parte utilizo mi agenda de papel y Google Calendar, pero ninguno de los dos me ofrece una visión global de manera tan rápida.

Puedes solicitar tu Calendarista del año natural  o del curso académico en la web https://calendarista.es/

David Torija

davidtorija@hotmail.com

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Book review of Zero to One by Peter Thiel and Blake Masters

Taking advantage that today  (and tomorrow) is bank holiday in Spain, I carry out one of my passions, writing.

How did I discover this book?

I was working on the rentals department of a real estate company. That afternoon I  picked an american client up in Valencia city center and drive her to La Eliana, where a cosy semi-detached house was located. Since the house belonged to a hunting lover, it was decorated with hunting trophies, that’s means, heads of deer and other animals on the walls, for whose the prospect seemed to feel pity and sympathy. The result: she did not rent that house. During the trip I took advantage to know more about her preferences and hobbies.  Business books were one of them and she recommended me this book. Like I have discovered more about her preferences, the following week, I offered to her another house (without hunting trophies on the walls), which, fortunately this time, was rented by her.

The authors

Peter Thiel was born in Germany and he is a succesful investor and entrepreneur. He was a cofounder of Pay Pal. On 2004 he was the first outsider investor in Facebook.  He has been an early funding of companies like LinkedIn, Yelp, SpaceX or Airbnb. 

Blake Masters was a student at Stanford Law School in 2012 when his detailed notes on Peter’s class “Computer Science 183: Startup” became an internet sensation. He is President of The Thiel Foundation and Chief Operating Officer of Thiel Capital. 

The book

It hasn’t been an easy reading book for me (honestly I stopped its reading a couple of times). On one hand I read it in English, which it is not my native tongue (I’m sorry if you find in my review any grammatical mistake, feel free to write me to change it, feedback is always wellcome) and on the other hand, the authors deny many of the things that I have learned at the university and even in the business schools, promoting, for example, the monopoly, (not only to have a competitive advantage) to success in business.

Its main teachings for the future entrepreneurs,  businessmen or investors can be summarized by the following questions:

The engineering question: Can you create breakthrough technology instead of incremental improvements?

The timing question: Is now the right time to start your particular business?

The monopoly question: Are you starting with a big share of a small market?

The people question: Do you have the right team?

The distribution question:  Do you have a way to not just create but deliver your product?

The durability question: Will your market position be defensible 10 and 20 yeras into the  future?

The secrte question: Have you identified a unique opportunity that others don’t see?

Zero to one reminds me the Black Book of the Entrepreneur written by the Spanish economist Fernando Trias de Bes, which I used when I teached the course How to Make a Businnes Plan in the valencian coworking space Wayco. It tells you truths that you don’t always want to hear about it. This is a disruptive, brave and different book and this is why I recommend it.

Zero to one. Notes on startups or how to build the future.

Written by Peter Thiel and Blake Masters.

Penguin Random House books

London 2014

A book review of David Torija

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Apoyo a los productos nacionales y al comercio local III. www.todostuslibros.com

Continúo con mi apoyo desinteresado al pequeño comercio con este tercer vídeo. En esta ocasión, os recomiendo la web www.todostuslibros.com

Se trata de una iniciativa de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Librerías (CEGAL). Es un buscador con más de un millón y medio de referencias (actualmente) y que te ofrece la posibilidad, de manera sencilla, de comprar on line el título que necesites directamente a la librería que lo tenga disponible que tu elijas.

David Torija Pradillo

davidtorija@hotmail.com

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Apoyo a los productos nacionales y al comercio local II. Cervezas La Pepa

Continúo con el apoyo a los productores locales y al pequeño comercio, de forma desinteresada, con este segundo video.

Quiero recomendaros cervezas La Pepa. Sus distintas tipologías (Lager, Trigo, Ámbar, Pale Ale e Ipa) son elaboradas, en Jerez de la Frontera, de forma natural y sin aditivos de acuerdo a la tradición cervecera alemana.

Podeís conocer más sobre su elaboración e incluso comprarla directamente en su web pinchando en este link

David Torija

davidtorija@hotmail.com

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Apoyo a los productos nacionales y al comercio local I. Aceite de oliva OliBaeza

Este es el primero de una serie de videos, en los que, de forma totalmente desinteresada, quiero recomendar productos o servicios que me han gustado. Es mi pequeña contribución para apoyar a productores locales y pequeños comercios en tiempos difíciles.

En este primer video recomiendo el aceite de oliva virgen extra OliBaeza, que puede comprarse directamente por Internet en la web de la cooperativa que lo produce: Cooperativa El Alcazar

David Torija Pradillo

davidtorija@hotmail.com

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Book review of The Art Of Social Media by Guy Kawasaki and Peg Fitzpatrick

215 The Art of Social Media

Introduction

When I was on holidays in London in 2016, my wife, my daughter and I went to the famous and, according to its publicity, the european largest bookshop, Waterstones located in Piccadilly. We bought several books, the Art of Social Media was one of them. It was one of my wife’s choices who is a passionate about digital marketing (like me).

I read the book, at the same time that a novel in Spanish (English is not my maternal tongue, feel free to email me if you find a grammatical mistake) a couple of weeks ago while spending my holidays taking care of my mother in the Sagunto hospital. I want to publicly thank to the surgeons who saved my mother’s life and to all hospital staff for their professionalism and kindness.

About the Authors

Guy Kawasaki has been the chief evangelist of Appel and special adviser to the CEO of the Motorola business unit of Google. He is currently the chief evangelist of Canva and creator of Remarkable People podcast.

You can follow him on Twitter , on Pinterest , on YouTube, on Facebook or conect with him on LinkedIn

Peg Fitzpatrick is, according to her blog , a popular social media speaker, trainer and, social media autor.

Book review

I like the traditional (printed) books. I know that reading an e-book is more practical and even ecological than a printed book. But, despite the fact that my sister-in-law gave me one of the first e-book readers to hit the market, I only remember using it for reading Branding and Pyme by Emilio Llopis . I prefer printed books because of its touch and its paper smell, but in this case, just like when I read 101 Social Media , it has been a mistake, because you can not follow its links with examples and tips. Then, my first advice is reading it in e-book.

Social Media is a powerful tool to make known to the world everything that you want (who you are, what you sell…). I basically use LinkedIn for professional affairs and Facebook (Although, I am in charge of managing the Facebook account of my company in Spain), Instagram and Pinterest more for personal use. The book is full of tips about how to manage, especially in a professional way, accounts in Facebook, Twitter, Pinterest, Youtube, Instagram, LinkedIn, SlideShare… and Google Plus an application which I used a lot in the past and which doesn’t exist since August of 2019.

I invite you to connect with me on LinkedIn

I invite you to connect with me on LinkedIn

Despite the fact that this book was written in 2014, and timing is very important in the digital market, it is still very useful (less in relation to Google Plus and other functionalities of other applications that have changed slightly). It is an easy reading book that you can read in a couple of days.

The authors are action people and their advices are about their direct experience. I recommend reading it for anyone who wants to know how to better use and optimize their results in their Social Media accounts.

The Art of Social Media

Guy Kawasaki and Peg Fitzpatrick

Penguin Random House UK

A Review of David Torija (davidtorija@hotmail.com)

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Breve reseña de la tetralogía de El Cementerio de los Libros Olvidados de Carlos Ruiz Zafón

Cuando trabajaba en la promoción inmobiliaria, unas navidades, decidimos regalar novelas a empleados y proveedores. La Sombra del Viento fue una de ellas. Son muchos los libros que tengo y se me acumulan las lecturas. Pese a que tenía muy buenas referencias, especialmente de mi suegro, del primero de los libros de la saga de El Cementerio de los Libros Olvidados, no me había decidido a leerlo hasta ahora.

En pleno confinamiento, durante una conversación familiar distendida, mi suegro se refirió (sin explicar la misma) a la cruel forma de morir de Mauricio Valls, personaje de El Cementerio de los Libros Olvidados de Carlos Ruiz Zafón. En mi línea bromista, mi respuesta fue que yo no conocía a Mauricio, que sólo conocía a Arturo Valls. Pero me entró curiosidad. Ya tenía excusa para leer el primer volumen de la saga.

La Sombra del Viento, ambientada en la Barcelona de la primera mitad del siglo XX, me cautivó y me enganchó de tal forma, que he ido comprando por Internet, en pleno confinamiento por la pandemia del Covid19, uno tras otro, el siguiente libro según iba avanzando en el anterior, hasta completar la saga, enlazando uno con otro, para no interrumpir la lectura de la trama.

Aunque cada novela cuenta una historia, ambas están entrelazadas. Su autor aseguraba (lamentablemente falleció hace unas semanas) que los libros de la colección podían ser leídos en el orden que se quisiese, o de manera independiente. Yo he seguido escrupulosamente su orden de aparición, que es el siguiente:

216 La Sombra del viento

La Sombra del Viento

216 El juego del Ángel

El Juego del Ángel

216 El prisionero del cielo

El Prisionero del Cielo

216 El Laberinto de los Espíritus

El Laberinto de los Espíritus

Como decía, los libros están ambientados en la Barcelona del siglo XX, salvo el último, en el que una parte de la trama transcurre en Madrid. Todo gira en torno a la librería Sempere e Hijos y tiene a tres generaciones de libreros como protagonistas cuyo nexo de unión es un peculiar personaje que se hace llamar Fermín Romero de Torres y a un lugar de ensueño, que haría las delicias de cualquier amante de la lectura, llamado el Cementerio de los Libros Prohibidos. Comparten protagonismo con una serie de escritores proscritos como David Martín o Julián Carax. Intriga, misterio, acción, romance… no le falta de nada a ninguna de las novelas.

En la novela que cierra el círculo, El Laberinto de los Espíritus, Carlos Ruiz Zafón desvela el vínculo existente entre la trama y los personajes de las otras tres novelas, y en las que ya al final, por fin, se narra la muerte de Mauricio Valls. La saga en su conjunto es una auténtica obra de ingeniería, que entremezcla las distintas historias y sus protagonistas, en la que se demuestra la brillantez de su autor, que con razón se ha convertido en uno de los más celebrados del Siglo XXI.

Recomiendo abiertamente la lectura de las cuatro novelas de la saga.

La Sombra del Viento

El Juego del Ángel

El Prisionero del Cielo

El Laberinto de los Espíritus

Editorial Planeta

Una reseña de David Torija Pradillo

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Todo está cambiando

Fotografia del libro El Gran Cambio en mi biblioteca

Fotografia del libro El Gran Cambio en mi biblioteca

¿Por qué este título?

Escribo hoy estas líneas, inspirado en el título de un gran libro, revelador a la par que premonitorio, que rezuma fuertes dosis de crudeza y realidad. Empecé a leerlo, seis años atrás, una tarde en los jardines del antiguo cauce del Turia, mientras esperaba que me devolviesen tardíamente el coche del taller, en un tiempo en el que me hallaba perdido, pues parecía que la resaca de la crisis inmobiliaria me enviaba directamente a la lona, en un asalto tardío, finalizado ya aquel combate apenas dos años atrás. El Gran Cambio, así se titula la mencionada obra del economista Fernando Trías de Bes (que en su día ya reseñé en mi blog personal) y a la que di pábulo pensando que este gran cambio vendría solamente de la mano de un exceso de endeudamiento, de la implantación de la era digital y de la inteligencia artificial sin medida, de una globalización mal concebida, aderezada con fuertes dosis de neglitocracia, corrupción e intereses económicos mundialistas sin escrúpulos (con el magnate George Soros como su máximo y despiadado exponente). La pandemia del Coronavirus ha agudizado, acelerado y ejecutado virulenta y repentinamente el cambio.

¿Estamos viviendo el momento más difícil de nuestra historia?

No creo que estemos ante la más grave coyuntura histórica, como rezaba el título de un interesante artículo de Paco Torres de mediados de los noventa, pues a nivel nacional, y si nos ceñimos al último siglo, fue mucho peor la consecuencia del ascenso al poder del Frente Popular en las fraudulentas (hecho constatado y documentado (con las actas de las mismas) en la obra 1936 Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García) y el clima de barbarie y violencia que sembraron en España con su llegada, que tuvo su cúspide en el asesinato del líder de la oposición, José Calvo Sotelo, a manos del teniente de la Guardia de Asalto Máximo Moreno y del militante socialista y miembro de la motorizada de Indalecio Prieto, Luis Cuenca (asesinato que fue planificado durante tres meses, y que incluía entre sus planes la muerte también de José María Gil Robles y de Antonio Goicoechea,  según la documentación aportada por el socialista Francisco Vázquez) la madrugada del 12 al 13 de julio de 1936. Asesinato que llevó al general Franco a sumarse a los planes de alzamiento del General Sanjurjo y que fue el detonante del suceso más negro de nuestra historia reciente, la Guerra Civil. Esos sí que fueron los peores años de nuestra historia, y no son afortunadamente comparables con el periodo, también histórico, que nos está tocando vivir.

Una tragedia amortiguada

En los atentados del 11 de marzo fallecieron 191 personas. Fue algo que nos marcó a todos los españoles y que hoy seguimos recordando con pavor. Hoy parece que celebremos que tan sólo hayan fallecido 229 personas en nuestro país en un día, sumando un total de 26.299 decesos (reconocidos, pues siguen sin sumarse las personas fallecidas que algunas Comunidades Autónomas descubrieron que no habían sido contabilizadas). Más de veintiséis mil dramas de familiares y amigos que hemos perdido sin la posibilidad de despedirles ni de velarles. El apagón informativo de una prensa en exceso dependiente de la publicidad y que ante el riesgo de poder perderla (como sucedió en los años ochenta con El Alcázar, que no sólo dejó de distribuirse en trenes y aviones estatales, que no sólo perdió la publicidad institucional, sino que las empresas privadas anunciantes cedieron ante el chantaje gubernamental (según testimonio de su director de entonces, Antonio Izquierdo y de uno de sus redactores, Eduardo García Serrano)) ha plegado velas. En el caso de El Alcázar, la desaparición de la publicidad junto a unos elevados costes fijos, fueron la causa del cierre del periódico más leído por aquel entonces en España junto a El País. Citando al mencionado redactor La Gestapo moderna te envía hoy a sus inspectores de Hacienda o te retira la publicidad…

Curioso que con más de veintiséis mil muertos la televisión pública no luzca un crespón negro permanente en señal de duelo, que no se hayan visto imágenes de ningún funeral, entierro o simple ataúd (salvo la criticada portada de El Mundo con la morgue del Palacio de Hielo, criticada precisamente por aquellos a quienes no les dolieron prendas a la hora de publicar, entre otras, la foto del cadáver de Miguel Ángel Blanco, o la de un andén plagado de fallecidos y heridos graves el 11 de marzo). Qué esperar de un gobierno que cuando llevábamos 14.000 fallecidos, sólo se había dignado a dar el pésame en público a un importante miembro de la comunidad musulmana en España. Mi más sentido pésame a las familias de todas las víctimas sin excepción.

Mala gestión

No tengo filiación política alguna, pero en la actual situación, mi crítica al gobierno nacional por la gestión de la crisis, me convertirá en acreedor de la etiqueta de facha. Estrategia recurrente que junto a la caza de brujas iniciada en las redes sociales, utilizando para ello todo el aparato del Estado, pretende acallar cualquier pensamiento crítico. Sólo apostillar que hemos estado a la cola del mundo a la hora de aprovisionarnos debidamente de material sanitario, poniendo en riesgo a la población con resultado mortal, por el desconocimiento del funcionamiento de los mercados internacionales, cuando no por mala praxis por intereses espurios. En la empresa privada cualquier director de compras hubiese sido fulminado inmediatamente por mucho menos. Todo esto pasa por utilizar como criterio para la elección de personal para puestos clave, el carnet político de partido en lugar de la experiencia y la formación adecuada.

Necesidad de invertir en investigación

Una vez más queda demostrada la importancia de la inversión en investigación y desarrollo,  a todos los niveles, en lugar de utilizarse como una mera partida para aminorar la cuota del impuesto de sociedades de las empresas.

¿Quiénes son las verdaderas estrellas?

Esta crisis nos ha demostrado quiénes son los verdaderos acreedores de nuestra admiración y no son los Cristiano Ronaldo o Messi, sino el personal sanitario (a quienes llevo agradeciendo su labor desde hace años en distintos artículos), las fuerzas de seguridad del estado, el ejército, personal de limpieza, cajeras de supermercado, camioneros, repartidores,… en definitiva todas aquellas personas que se han expuesto, jugándose la vida, en la mayoría de los casos a cambio de un salario mísero, tanto para curarnos como para evitar que se cortase el suministro de alimentos. A todos ellos, mi admiración y agradecimiento.

Cambios en los hábitos de consumo

He escrito varios artículoshablando del cambio en los hábitos de compra. Primero se cambió el pequeño comercio por las grandes superficies. Más tarde se está sustituyendo a ambos por el comercio electrónico. El confinamiento ha traído un crecimiento exponencial de las compras por Internet que va a resultar difícil revertir. Cuidado porque se puede llegar a una situación monopolística en el comercio que sólo beneficiaría a la afamada empresa que disfrutaría del mismo.

Cambios en los medios de pago

Desde el inicio de la pandemia se ha recomendado, por salud, evitar los pagos en efectivo, fomentándose el pago con tarjeta y con el móvil. Al igual de lo que sucede con las compras por Internet, su uso extendido se quedará para siempre, acelerando la eliminación del dinero físico.

214 Todo va a cambiar II

Teletrabajando desde mi despacho en casa

Teletrabajo

A mi juicio, de las pocas ventajas que los cambios que el confinamiento nos ha traído es la implantación, de momento, del teletrabajo. Especialmente en España impera el presentismo, esa sensación de que uno trabaja por el mero hecho de estar sentado en su puesto. En muchos casos, en España tenemos largas jornadas laborales, debido a la existencia de una pausa de dos horas para comer. Si a esto le sumamos desplazamientos diarios eternos, fruto de los atascos, nos encontramos con jornadas maratonianas que impiden o dificultan la conciliación familiar con la vida laboral. Además es algo que no nos vuelve más productivos. Conozco muchas empresas en las que los trabajadores, sin nada que hacer, esperan mucho más allá de su horario a que se vaya su jefe, pues está mal visto irse antes que él. Con una disciplina adecuada de trabajo y con honradez, el teletrabajo sería una opción estupenda para trabajadores y familias (en aquellos casos en los que se pueda desarrollar) e incluso podría ahorrar costes a las empresas. Durante mi etapa en la dirección de Toastmasters Valencia tuve la suerte de conocer de cerca los centros de coworking de la ciudad del Turia como CoWorking Valencia y Wayco (donde incluso trabajé puntualmente como docente en un proyecto llamado Wayco School) y pude comprobar que se puede trabajar en cualquier sitio, alquilar salas de reuniones cuando se necesite… además en un ambiente colaborativo enriquecedor.

Globalización y control de fronteras

Una reflexión ¿De verdad es un trastorno y una pérdida de libertad controlar las fronteras dentro de la UE? A mí no me importa tener que enseñar mi pasaporte, o que me tomen la temperatura.

Recientemente leí el libro de los profesores Juan A. de Castro y Aurora Ferrer: Soros rompiendo España. En el que se demuestra, documentalmente, el entramado societario que el magnate húngaro ha creado para poner patas arriba el mundo, promoviendo y financiado las llamadas revoluciones de color como la Primavera Árabe o el Process en Cataluña, utilizando los principios de Sharp de la no violencia (nombre engañoso) para destruir, en pro del mundialismo y de sus intereses económicos, determinadas naciones.

Lo que de verdad importa

Después de casi dos meses de confinamiento, nos hemos dado cuenta de lo mucho que echamos de menos cosas tan simples como poder visitar a tus padres sin ponerles en riesgo, dar un paseo con tu mujer, entrar en una librería, tomarte una cerveza en una terraza con los amigos o recoger a tu hija en el colegio y quedarte con ella en el parque departiendo con otros papás de lo divino y de lo humano o incluso de la Ley de Memoria Histórica que tan poco me gusta y con la que recuerdo haberle dado la tabarra a otro papá, Alejandro, con Mila y el prudente Óscar (papás de otros dos niños) de testigos, un par de días antes de que todo esto empezase.

 Parafraseando al desaparecido Andrés Montes la vida puede ser maravillosa, y aunque tengamos que cambiar nuestros hábitos de vida y muchas cosas vayan a cambiar, y no todas para bien, sabremos adaptarnos y seguiremos disfrutando de los pequeños placeres de la vida.

David Torija

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Mi particular reseña de La calle de la Luna de Kiko Méndez Monasterio

La calle de la luna

Uno de los sucesos que más me impactaron durante mi infancia fue el incendio de la discoteca Alcalá 20. Aquella mañana íbamos a comer a casa de mi abuela Pepa. Al llegar nos enteramos de la triste noticia, la noche anterior se había producido un incendio en el interior del local, que acabó con la vida de ochenta y dos jóvenes. Jóvenes como mis tías con las que iba a comer aquel día, como Luis Peralta, protagonista de la novela que hoy reseño. Supongo que aquel día, con apenas siete años, por aquella desgracia, sucedida en los albores de las fiestas navideñas del año ochenta y tres, en plena movida madrileña, me contaron por primera vez lo que era una discoteca y qué era la movida madrileña.

Al contrario que el protagonista de La Calle de la Luna, nunca he sido ave nocturna y nunca me ha gustado el mundo de la noche, supongo que pese a ser un apasionado de la música, mi miedo escénico para el baile, siempre me ha llevado a aborrecer las discotecas. Si a eso le unes que durante parte de mi juventud no bebía alcohol, que jamás he fumado y mucho menos consumido jamás ningún tipo de estupefacientes, aparte de convertirme en un tipo aburrido, me situaba en las antípodas del protagonista de la novela.

Fue precisamente en el número veinte de la calle Alcalá, en el teatro Alcázar, donde vi por primera vez al autor de la novela, Kiko Méndez Monasterio. Kiko era un joven idealista que subía a aquel estrado, aupado tras un enfrentamiento provocado por el concejal de seguridad del ayuntamiento de Madrid, José Ignacio Echeverría, quien envío a sus pretorianos contra el grupo de personas que se concentró en las puertas del consistorio tras el asesinato, a manos de ETA, de Francisco Tomás y Valiente, y que no se conformaron con un pusilánime minuto de silencio y alzaron su voz contra la banda terrorista, marxista y separatista. Por aquel entonces yo simultaneaba mi preparación de la oposición de acceso a la escala superior del ejército con la carrera de Ciencias Físicas por la UNED. Acudí a aquel evento acompañado por mis compañeros de clase del Colegio de Huérfanos de la Armada. Allí Kiko recitó un poema que, con el título Cobarde quien ceda, decía algo así: no mi amor yo no cederé, tú me amas y amas mi ideal…

En algún sitio leí que La calle de la Luna era la novela más íntima de su autor, en la que se hablaba de la noche madrileña de la post movida. Equivocado, esperaba una historia distinta, esperaba leer la historia de un joven idealista, la de Kiko. Pero no ha sido así. La novela sí transcurre en el Madrid de los años noventa, pero en lugar de la historia de un joven idealista, cuenta la historia de un joven hedonista, sin valores, fiel reflejo del devenir de una sociedad putrefacta y marchita.

Luis Peralta, el protagonista de la historia, es un adolescente de un pueblo con mar que, a regañadientes, se marcha a estudiar a Madrid por designio paterno. Luis, protagonista de esta historia, aterriza en la capital para completar, sin éxito ni empeño, sus estudios de Derecho.

Enseguida se pierde en el laberinto turbio de la noche madrileña de los noventa. Engreído, lenguaraz, prepotente, malhablado… el joven demuestra carecer de cualquier tipo de valores. Incapaz de hacer planes futuros, echa a perder varias relaciones sentimentales, con infidelidades incluidas. Vive por y para perderse en el mundo de la noche, y termina despertando la antipatía de quienes le rodean e incluso de lectores como yo, que aborrecemos al personaje pues, al menos en mi caso, lo identifico con el cáncer de una sociedad que se pudre por la ausencia de valores como la familia, la verdad, la honradez y la lealtad. Para mí no son válidos ni el atenuante de embriaguez, ni el agravante de nocturnidad, ni la edad, ni el tiempo, ni el entorno… para justificar comportamientos en las antípodas de la dignidad.

Que su protagonista sea un engreído no quiere decir que la novela no sea interesante, pues sí lo es. De fácil lectura, me ha permitido sumergirme en aquella época, casi coetánea con mi juventud, sus escenarios, sus excesos… son un fiel reflejo de una época, de la historia nocturna de la capital de un país, este nuestro, antes llamado España.

Reseña de la Calle de la Luna

Kiko Méndez Monasterio.

Ediciones Ambar. Barcelona 2008

Una reseña de David Torija

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Mi particular reseña de Las Hijas del Capitán de María Dueñas

211 Las Hijas del Capitán

No suelo reseñar novelas en mi blog personal (me centro más en libros que tengan algo que ver con el mundo de la economía y de la empresa), y menos aún bestsellers (no recuerdo quién me dijo una vez que no leía bestsellers porque era una horterada). Estuve a punto de hacer una excepción cuando, años atrás, leí la Catedral del Mar y también con Los Pilares de la Tierra, pero no lo hice. Esta vez sí. Cuando un libro es extraordinario (al igual que las dos obras mencionadas), hay que difundirlo.

No recuerdo si fue en el desternillante programa de Las Mañanas de Radio Nacional, que por aquel entonces conducía Alfredo Menéndez junto a Javier Capitán y Ramón Arangüena o en el singular Esto me suena del sin par Ciudadano García. Ambos programas me acompañaban durante mis viajes de trabajo, hasta que la comisaria política disfrazada de administradora concursal, Rosa María Mateo, prescindió de los profesionales que durante tantos años se habían encargado magistralmente de las mañanas y las tardes en la radio pública de todos. Fueron cesados por dedicarse más al entretenimiento plural que a la difusión del pensamiento único dirigido. Pues bien, en uno de los dos escuché una entrevista a María Dueñas, a quien confieso no haber leído hasta hoy, en la que la autora hablaba del libro que hoy reseño. Me gustó la entrevista y me llamó la atención el libro, sobre todo cuando su autora habló de La Nacional como lugar de encuentro de los emigrantes españoles en Nueva York, en ese momento tomé la decisión. Compraría el libro en mi próxima visita a uno de esos paraísos que son para mí las librerías.

Corría cierto riesgo al guiarme por mi percepción tras aquella entrevista, pues en circunstancias similares, me gustó en su día la entrevista que a Javier Cercas le hizo Alfredo Menéndez, presentando aquél su monarca de las sombras. Creí que estaba ante un buen libro y ante un escritor cabal y respetuoso. Nada más lejos de la realidad, ya que El monarca de las sombras fue el peor libro que recuerdo haber leído en mucho tiempo, sectario y malintencionado, rezumaba rencor por los cuatro costados, muy en la línea de esa ley norcoreana que es la Ley de Memoria Histórica que restringe la libertad individual y que, manipulando la historia, no sólo dictamina quienes son los buenos y quienes los malos, sino que nos dice cómo hemos de pensar, qué libros podemos leer etc. Dictando cuantiosas penas de prisión para quienes osen escribir o tan sólo manifestar opiniones contrarias a su (falsa) versión de la historia que en la misma se determina, en un claro ataque a la libertad de expresión en pro de un pensamiento único y del blanqueamiento de las aberraciones realizadas por los vencidos durante (y en los meses anteriores) la guerra civil española. Como sucedió con la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1 Julio de 1985 de Felipe González Márquez, que significó el inicio de la politización de la Justicia y el fin de la separación de poderes (Montesquieu ha muerto decía Alfonso Guerra ante la indiferencia generalizada del pueblo español), a nadie parece interesarle este ataque frontal a la libertad de pensamiento que es la Ley de Memoria Histórica. Tal vez el alineamiento de Javier Cercas con la misma, le convirtiesen en consensuado acreedor de la última edición del cuantioso y popularísimo Premio Planeta.

Esta vez mi instinto no me engañó, pues como decía, Las hijas del Capitán es una novela muy interesante y trabajada, en la que se nota el gran trabajo de documentación realizado por su autora para transportar al lector al Nueva York de los años treinta, concretamente a 1936. Es una novela dura, pero muy entretenida, que engancha, ya que María Dueñas es capaz de mantener la intriga sobre el transcurso de la historia durante toda la obra. Como me sucedió con Patria de Fernando Aramburu, y pese a sus más de seiscientas páginas, me ha robado muchas horas de sueño, pues la extraordinaria forma de escribir de María Dueñas (al menos en esta obra, pues es la primera que leo de esta escritora) y el interés de la trama, te hace muy difícil interrumpir su lectura lo que te lleva a leerla en pocos días.

Cuenta la historia de las tres hijas de Emilio Arenas, un busca vidas que llega a Nueva York en busca de una oportunidad para subsistir y prosperar. Casi por casualidad, se le presenta la oportunidad de hacerse con el traspaso de un pequeño restaurante ubicado en la calle catorce de Manhattan, junto a La Nacional, punto de encuentro de la comunidad española en la gran manzana.

Permítaseme hacer aquí un paréntesis (otro), pues por algo he titulado esta entrada mi particular reseña…, para poder tomarme estas libertades. La Nacional fue uno de mis lugares de referencia durante los meses que viví en Nueva York allá por dos mil once. Entre mis virtudes para unos, o taras para otros, está la de ser muy madridista. Mi llegada a Nueva York coincidió con la disputa de cuatro clásicos (para los no iniciados: partidos entre mí equipo, el Real Madrid y el Barcelona, mi eterno rival) cuasi consecutivos: partido de liga, final de la Copa del Rey, más la ida y la vuelta de las semifinales de la Champions. Pregunté en el grupo de Facebook Becarios y jóvenes profesionales en Nueva York, al cual pertenecía, por el lugar idóneo para ver el primero de los partidos. Así es como aquel mediodía entré por primera vez en La Nacional. Compartí mesa entre otras personas desconocidas, con Laura Turégano de la Universidad de Nueva York y con otra gente a la que, salvo a un abertzale natural de Bilbao y seguidor del Barsa por motivos políticos (eso decía él), no volví a ver. Dice mi amiga suiza Stéphanie Meier que tengo una gran capacidad para romper el hielo y presentarme o integrar a alguien recién llegado. Aquel primer día me senté, me presenté a mis compañeros de mesa, preguntándoles si eran de los buenos (de mi equipo) o de los malos (del rival). Tras aquel primer partido, nos citamos (mi mujer y yo) con Laura para ver juntos los otros tres partidos (de los que sólo salió victorioso mi Real Madrid en uno de ellos, en la final de la Copa del Rey). Al abertzale, cuyo nombre no recuerdo, le saludé y nos deseamos suerte, pese a estar en las antípodas ideológicas y deportivas (siempre me ha gustado comportarme como un caballero) antes del comienzo de los otros tres encuentros. Recuerdo también cenar una noche allí con mi mujer y con nuestra amiga Marife. Invitamos nosotros y ella nos devolvió la invitación una semana más tarde en un coqueto restaurante italiano en la cuarenta y seis. También comimos un día allí con nuestro compañero Thomas Thorn, un suizo de un cantón alemán, que planificaba escrupulosa y milimétricamente cada detalle de la visita de su novia, mientras se contradecía diciendo que iba a ser espontáneo.

Nada que ver nuestra gastronómico-festiva experiencia en el legendario local de la catorce con la dureza de la historia que en la novela que hoy reseño se cuenta…para que os hagáis una idea amigos lectores, en La Nacional se llega a velar el cadáver de uno de los protagonistas de la historia (hasta aquí puedo leer).

Como decía, la novela cuenta la historia de Luz, Mona y Victoria, las tres hijas de Emilio, un gallego metido, esta vez, a hostelero. Las tres, junto a su madre, llegaron con desgana a un país y a una ciudad que no era la suya, en la que se hablaba una lengua para ellas desconocida, abandonando en su pueblo lo poco material que allí tenían, tras el anuncio por carta de su padre de la compra del restaurante El Capitán (que da nombre a la novela). Una mala jugada del destino les hace tener que pelear por subsistir con uñas y dientes, con la desinteresada ayuda de otros expatriados españoles.

Las Arenas, capitaneadas por la mediana, Mona, una mujer con una fortaleza mental y física encomiable, van venciendo unas veces y cayendo derrotadas otras, las pruebas que les va poniendo el destino. Es una historia de sacrificio, de amores y desamores, de traiciones, que no pretendo desgranar más, pues recomiendo abiertamente su lectura, más aún en estos días de encierro obligatorio decretado por el gobierno español, para frenar la evolución del virus covid19. Es una fantástica opción para viajar al Nueva York de 1936 y envolverse en una apasionante historia, sin salir de casa.

Una reseña de David Torija

Las hijas del Capitán

Maria Dueñas

Planeta. 2018

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La gran apuesta, versión española

210 La Gran Apuesta

Hace unos días he vuelto a ver la película, La Gran Apuesta, lo he hecho como en su día en los cines Campanar de Valencia, en versión original, de ahí que haya estado tentado en escribir este artículo en inglés, pero mi propia comodidad me ha llevado a hacerlo en español.

La película versa sobre la crisis subprime. Un introvertido y extraño gestor de fondos descubre la no correlación entre los ingresos de los hipotecados (entre ellos los famosos NINJA (No Incomes, No Job, No Assets)) y el riesgo concedido a los mismos en sus préstamos para el pago de sus viviendas, por lo que decide apostar a la baja contra el sector inmobiliario. Las agencias de rating, verdaderas protagonistas (y culpables) de la crisis subprime, junto a petulantes y engreídos agentes de Wall Street se mofan de él. Pero finalmente, como estaba en lo cierto, gana una fortuna con el desplome del sector inmobiliario. Pero no voy a escribir una reseña de la película, pues la misma es una excusa para hablar de la crisis inmobiliaria.

Si en Estados Unidos el detonante (de la crisis global) fue la caída de Lehman Brothers, en España fue la caída bursátil de la inmobiliaria valenciana Astroc el detonante del estallido de la burbuja inmobiliaria.

210 La gran apuesta astroc

Propiedad del empresario del Puerto de Sagunto, Enrique Bañuelos Castro (el nombre de la empresa provenía de su segundo apellido, como homenaje a su madre), salió al parquet a un precio para inversores institucionales (entre los que se encontraba mi empresa familiar y una serie de empresas en las que yo participaba en su gestión) a un precio de 6,40€/acción fijado en la OPV. Tras la subasta de apertura comenzó a cotizar, aquel 24 de mayo de 2006, a 6,80€/acción. Fue el comienzo de una subida continua y vertiginosa. Llegó a subir un 1.100%, fruto del bajo free float (tan sólo cotizaba el 25% de las acciones de la compañía) y de la capacidad de persuasión de Bañuelos, un brillante estratega, que fue capaz de crear una atracción desmedida hacia las acciones de su compañía que subían diariamente como la espuma en ausencia de cualquier corrección y que llevaron a Bañuelos (según la revista Forbes) a convertirse en la tercera fortuna española en patrimonio (por delante nada más y nada menos que de la familia Botín).

Tuve la suerte de poder vender las acciones de Astroc que habiamos comprado con nuestra empresa familiar, junto con otras que mi padre y yo habíamos comprado, a título personal, en mercado secundario una vez comprobada la tendencia alcista del valor, unos días antes del primer batacazo bursátil, en febrero de 2007. Tuve que armarme de valor para hacerlo, en uno de los momentos más difíciles de mi vida, pues mi padre estaba ingresado en la UVI tras sufrir un infarto aquella mañana. Apenas había podido verle (llegué apresuradamente al hospital al mediodía, tras el aviso de Gema, nuestra más que eficaz secretaria, que no sólo le salvo la vida aquel día, sino que con su prudencia, profesionalidad y humanidad de siempre, me avisó para que suspendiera mi visita a la Feria Cevisama sin sobresaltos).

Aprovechando que hasta las ocho de la tarde no podía volver a entrar a ver a mi padre, tras conocer una serie de movimientos extraños, guiado por mi olfato, tuve que armarme de valor y dirigirme a mi despacho para vender nuestras acciones, conseguí venderlas todas (aunque tuve que hacerlo con la opción “por lo mejor”, cuyo nombre es del todo engañoso), antes de la subasta de cierre (que culmina en torno a cinco minutos después de las cinco y media).

Con las plusvalías generadas con la venta de parte de sus acciones de Astroc, Enrique Bañuelos se hizo con un porcentaje en torno al 5% del Banco de Sabadell, lo que le convertía en acreedor de un puesto en el consejo de administración del banco. Al igual que le sucedió a Mario Conde (siempre he visto ciertas similitudes en la personalidad de ambos, quizás por su carácter persuasivo), el lobby bancario quiso eliminar del tablero a un jugador sin pedigrí familiar bancario (en el caso de Conde su caída se produjo, sobre todo, por la acción del poder fruto  del temor de los líderes del bipartidismo político de que Conde saltase a la arena política y se comiese parte de su pastel).

210 La gran apuesta Bañuelos Forbes

Varios consejeros se pusieron cortos al unísono en el valor, apostando a la baja ingentes cantidades de dinero, al mismo tiempo que se publicaba en algunos mass media (que se prestaron a hacerles el juego sucio) una noticia (la compraventa, a precio de mercado, de un par de inmuebles de la compañía por la sociedad patrimonial de Bañuelos), irrelevante si se analiza fríamente pero que, cuidadosamente maquillada, hizo saltar las alarmas de una ficticia descapitalización de la compañía. Ambos ingredientes del cóctel (noticia alarmante junto a la posición vendedora apostando a la baja de un gran número de acciones) produjeron el desplome de la compañía. Con una bajada repentina del 40%, accionistas como Amancio Ortega o Félix Abánades vendieron grandes paquetes de acciones (como he contado, yo lo había hecho días antes de la primera caída, muy cerca del techo que alcanzó el precio de la acción). La compañía se desplomó y arrastró con ella, junto con otros hitos como la intervención de Caja Castilla la Macha, la caída de Inmobiliaria Colonial etc… a todo el sector inmobiliario español.

La crisis subprime se contagió por todo el mundo fruto de la titulización de las hipotecas y de complejos productos financieros (CDOs, CDOs sintéticos y CDSs) que incluían dichos titulos de deuda  y sobre los que ya he escrito y sobre los que profundizaré próximamente en segunda parte de este artículo.

David Torija

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Buñuelos de viento

211 buñuelos

Ahora que la foránea festividad de Halloween se apaga, me pongo a escribir, invadido por la nostalgia porque, en este país, antes llamado España, en lugar de Halloween siempre se ha celebrado el día de Todos los Santos, festividad en la que se recuerda a quienes ya no están con nosotros.

Permítaseme puntualizar que no me importa celebrar Halloween, pues siento aprecio por los Estados Unidos de América. De una América, cuyo descubrimiento, civilización y evangelización  fue el más alto acontecimiento que vieron los siglos tras el nacimiento de Cristo (así se refirió Cristobal Colón al descubrimiento de la Indias). Muchos son los españoles que desprecian sus tradiciones y su historia, y, tristemente acomplejados, dan pábulo a la Leyenda Negra del gran falsificador de la historia, Fray Bartolomé de Las Casas, alentada precisamente por aquellas naciones que sí aniquilaron a la población indígena en sus conquistas, y seguramente por los comisarios políticos (de la vergonzosa Comisión de la Verdad) de esa ley norcoreana que cercena la libertad de pensamiento, que es la Ley de Memoria Histórica. Los estudios demográficos del profesor Ángel Rosenblat desmienten la Leyenda Negra (también lo hace la simple existencia de millones de indígenas o mestizos en Hispanoamérica. Los españoles a diferencia de británicos, franceses o norteamericanos, nos mezclamos con la población autóctona).

No recuerdo visitar el camposanto el uno de noviembre. Pero sí tengo recuerdos de mi niñez de nuestras visitas a la tumba de mi abuelo Gregorio el día de Navidad. Siempre me pareció más bonito hacerlo así.

La festividad de Todos los Santos me recuerda las comidas que organizaba en esa fecha mi abuela Pepa en su casa. En aquellos escasos treinta metros cuadrados de vivienda, teníamos que hacer encaje de bolillos para poder sentarnos todos los comensales a la mesa. A mi lado siempre mi abuelo (dándome a mí su oído bueno y el malo a la cla. Dicho sea con cariño), quien estaba literalmente encajonado contra el mueble bar, que guardaba una botella de Pipermín en forma de torero y que siendo niño manoseaba para desesperación relativa de mis abuelos y que a día de hoy conservo como un valioso tesoro. Y digo desesperación relativa porque siempre sentí lo especial que era para ellos. Mi abuela Pepa siempre decía que yo era su corazoncito izquierdo.

Para el día de Todos los Santos mi abuela Pepa cocinaba decenas de buñuelos de viento que repartía en varias bandejas que la logística, dada la falta de espacio en aquella humilde vivienda, obligaba a colocar encima de las literas en la habitación de mi tía José y de mi tía Luisi, hasta su aparición estelar en la mesa a la hora de los postres. Buñuelos de cabello de ángel, nata, crema pastelera y de chocolate que hacían las delicias de toda la familia, acercándonos, permítaseme la chanza, a la frontera del pecado capital de la gula. Nunca he sido muy goloso, pero aquellos buñuelos eran bocatto di cardinale.

Es bonito recordar el pasado, nuestra historia, nuestras costumbres, nuestra infancia, a nuestros seres queridos… y aunque a veces a uno se le nuble la vista fruto de la nostalgia, la vida está llena de bonitos recuerdos. Me acuerdo que nunca me faltó el día de mi cumpleaños la tarta de mis abuelos maternos. Como la de la fotografía. La misma fue tomada precisamente el día de mi veinte cumpleaños, el último que celebré con mi abuela Pepa. Se nos fue el seis de febrero del año siguiente. Por muchos años que hayan pasado, me sigo acordando de ella, me entristece que no llegase a conocer al amor de mi vida y a nuestros hijos. Sé que hubiese querido a Bea como a una hija y disfrutado muchísimo con sus bisnietos.

Abuela, sigue cuidándonos desde allí arriba.

 David Torija

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Luces y sombras del otrora noble arte del boxeo

208 luces y sombras boxeo

Me aficioné al boxeo, como tantos niños de mi edad, con la película Rocky. En mi caso fue con Rocky IV. Estuve a punto de no poder ir a verla al cine porque, como era para mayores de 13 años y yo acababa de cumplir 10, mi padre, conocedor de que ya la había visto, le preguntó a mi primo José Carlos, quien por aquel entonces era aún novio de mi prima Ana Mari, que si era una película adecuada para mi edad. Su respuesta inicial me situó por momentos fuera del cine: se ve como cae algún diente…pero no es para tanto, llévale tranquilo. Dicho y hecho. Aquella tarde fuimos mi padre y yo al Zoco de Majadahonda (cines rescatados por los vecinos hace unos años en un bonito proyecto) a ver la mencionada película, que era, una extensión más de la guerra fría, que tenía en Hollywood uno de los mejores medios de propaganda internacional.

En 2011, cuando vivíamos en Nueva York, persuadí a mi mujer para ir un sábado a Filadelfia, única y exclusivamente, para subir las famosas escaleras de acceso al Museo de Arte de Filadelfia, que hizo famosas el potro italiano.

El primer combate de boxeo que recuerdo haber visto, un año después de ver la película Rocky IV, fue entre Sugar Ray Leonard y Marvin Hagler. Como el video ya había llegado a casa el verano anterior, pude grabar en VHS el combate y verlo posteriormente en muchas ocasiones. Sugar Ray se convirtió en mi boxeador favorito. Me encantaba su forma de utilizar la inteligencia en un deporte en el que se presupone, como la valentía a la infantería, que prima la fuerza bruta. Sugar Ray llegó a desesperar en su día a Roberto Durán, hasta que éste abandonó el combate, incapaz de alcanzar con sus poderosas manos a Leonard. Un par de años después, también vi y grabé la revancha entre Roberto “manos de piedra” Durán y Sugar Ray Leonard.

Luis Solana presidía Radio Televisión Española. El hermano de un compañero de clase de Escolapios había asistido a una de las primeras defensas del título europeo de otro potro, el potro de Vallecas, Poli Díaz. Contaba mi amigo que, al acabar el combate, en el mismo ring, Poli agarró el micrófono instando al respetable a que cantarán con él “Solana, cabrón, queremos televisión”.

Solana siguió marginando al noble arte del boxeo en la televisión pública de todos. Pero apareció en escena TeleMadrid, en su telediario vespertino pudo verse una caótica entrevista, a Poli y a su rival, Steve Boyle, un par de días antes de la quinta defensa del título europeo del vallecano. Poli no dejaba hablar a su rival, interrumpiéndole cada vez que el británico intentaba contestar a las preguntas del entrevistador con frases como “tu qué vas a decir, de una hostia te arranco la cabeza” Debido a la actitud de Poli, la entrevista, parafraseando a Joaquín Sabina, “duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”, tiempo suficiente para que Cruz y Raya pudiesen utilizar en sus siguientes espectáculos las palabras del sin par Poli Díaz.

En aquel combate, Poli, brabucón, se quedaba de pie en su rincón (intentando dar muestras de ir sobrado de fuerzas) entre asalto y asalto, desoyendo las indicaciones de su entrenador (y supongo que de su promotor, Enrique Sarasola (padre del original y exitoso hotelero, Quique Sarasola)), Ricardo Sánchez Atocha para que se sentase a descansar en el taburete. Poli ganó aquel combate y comenzó a postularse para el título mundial.

208 boxeo

Estoy convencido de que Poli Díaz hubiese sido campeón del mundo, si no se hubiese cruzado en su camino uno de los mejores y más completos boxeadores de toda la historia, el recientemente fallecido, Pernell Whitaker. La clave fue la derrota de Edwin “El Chapo” Rosario ante Juan Nazario, perdiendo aquél el cinturón de campeón del mundo. Durante el combate, su entrenador le decía al Chapo en su rincón, “vamos, que tenemos que ir a España” en clara alusión a la intención de defender el título mundial ante del Potro de Vallecas. Juan Nazario no quiso combatir contra Poli y acabó perdiendo el título ante Whitaker.

Si Poli, quien a mi juicio se encontraba por aquel entonces en el mejor momento de su carrera, se hubiese enfrentado a Edwin Rosario, hubiese conseguido el título mundial. Pero el paso del tiempo y el enfrentarse a uno de los mejores de todos los tiempos, truncaron su carrera.

Esperaba ansioso aquel combate. Pasé aquel mes de julio jugando al hockey en Anglet y tenía aburridos a mis amigos Alberto, Sergio, Aitor e Ibon con el dichoso combate. El combate se celebró la noche de mi regreso a Madrid. Huelga decir que no dormí aquella noche. El combate se celebró en Estados Unidos. Asistir a aquella velada era algo que no estaba al alcance de cualquiera, desde el televisor sólo se podía reconocer entre el escaso público español al paria de la tierra Javier Bardem.

Poli, que aseguraba antes del combate que tumbaría a Whitaker en el octavo asalto, no tuvo ninguna oportunidad. Luchó, eso sí, como un jabato por no caer a la lona. Terminó, ya con varias costillas rotas, intentando darle un cabezazo a Whitaker para que el combate, que sabía que tenía perdido, fuese declarado nulo.

Con la derrota de mi idolatrado Poli Díaz, disminuyó bastante mi afición al boxeo. Además apareció en escena Canal Plus, que se hizo con el monopolio del boxeo, por lo que dejó de estar al alcance de una familia como la mía, ya que no nos podíamos permitir tener televisión de pago.

Desafortunadamente Poli acabó olvidado, como Urtain y tantos otros boxeadores, que, cuando dejaron de ser una fuente de ingresos fueron abandonados por palmeros y falsos amigos.

Ya en la universidad, tras abandonar el del Club Boadilla, me apunté al gimnasio Ulises, regentado por Pedro. Allí me apunté a boxeo, deporte que practiqué durante tres años, con un parón de un par de meses fruto de una lesión de codo de tenista, durante la misma, mi tío Pablo, gran aficionado al boxeo, me decía jocosamente “eres un blando, eso no es nada, un poco de refléx (así acentuado) y a seguir”.

Nos entrenaba Raúl, quien creo fue Campeón de España de Supermedios y de quien se decía que tenía una placa de metal en la cabeza fruto de un mal golpe. Me apunté porque me gustaba el boxeo y porque era un buen camino para estar en forma. Entrenábamos dos días por semana de diez a once de la noche. Casi todos los días hacíamos guantes (combates) que era la parte que menos me gustaba, entre otras cosas, porque el nivel era bastante alto y allí había gente bastante fuerte (Piña, Moha, Said, el rápido Lopeló…) y solía salir mal parado con frecuencia. Me compré una chichonera (protector para la cabeza) pero aquel súbdito marroquí, Moha, que tenía los brazos más grandes que mis piernas, decía que aquello nos restaba visión, por lo que nunca nos la poníamos. Un día nada más sonar la señal del final, a traición, un tal Aparicio (quien regentaba en el pueblo una pescadería con el mismo nombre), me dio un mal golpe. A la mañana siguiente no podía levantarme de la cama (menos mal que tenía turno de tarde en la universidad), cuando lo hice, tenía un fortísimo dolor de cabeza. Aquel fue el primer día que me planteé seriamente dejar de boxear.

La segunda ocasión fue tras noquear el entrenador a un pobre chaval, que nunca más volvió, de un fortísimo crochet. Semanas más tarde, un nuevo entrenador (que sustituía a Raúl durante una baja laboral por enfermedad) quien, tras la pertinente retahíla de abdominales, al final del entrenamiento, nos dio una desconcertante charla, muy celebrada por alguno de los compañeros, sobre cómo actuar en peleas callejeras. Con cara de sorpresa, miré a Jesús (uno de los allí presentes, estudiante de Derecho (creo que ambos éramos los dos únicos universitarios) con quien había establecido cierta amistad). Aquello no era a lo que yo iba a allí, yo iba única y exclusivamente a practicar un deporte. Dicen que a la tercera va la vencida. Nunca más volví.

David Torija

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Bares, que lugares

208 Bares que lugares

Hace mucho tiempo que empecé a escribir este artículo, pero mis obligaciones laborales no me habían dejado terminarlo. Aprovecho mis últimas horas de unas vacaciones que, una vez más, no han vuelto a serlo, y, pese a que tengo la mirada y el corazón en otra parte, me dispongo a entregarme un rato a una de mis pasiones, escribir.

De mi abuelo materno he heredado mi afición por lo que él llamaba alternar, que no es otra cosa que tomarse algo en un bar en buena compañía y con buena conversación. Mi amigo Pipo es feliz en Vinuesa, su pueblo soriano de acogida (pues no es exactamente el suyo), porque los camareros le llaman por su nombre y todo el mundo en el bar le conoce.

Aspiro a tener un bar de confianza en el municipio madrileño en el que resido desde hace tres años y medio. Aún no he tenido tiempo de encontrarlo, pero aspiro a hacerlo. Echando una mirada atrás, me doy cuenta de que sí lo he tenido en otros lugares en los que he vivido.

Durante mi época universitaria frecuentaba con mis amigos Álvaro y Carlos el pub Hierros en Pozuelo. He de confesar que nunca me llamaron por mi nombre. A mi amigo Álvaro sí, el dueño le saludaba siempre con un “¿Qué tal Álvaro? ¿Qué tal la carrera?”. Aquello era un claro indicio de que a parte de las cervezas con limón que nos tomábamos los martes y los jueves después de entrenar, mi amigo frecuentaba aquél bar más días que nosotros. No fui asiduo del bar de mi facultad, de ahí que no aprendiese a jugar al mus (en casa la experta es mi mujer, que es campeona del mundo de mus), lo que contribuyó a que sacase la carrera.

En Ponferrada, fueron dos nuestros bares de referencia. Frecuentábamos ambos al salir de trabajar. Primero Las Torres, hoy convertido en el discopub preferido de la comunidad dominicana, pero antaño regentado por Encarna, su hija Ana y su yerno Andrés. Luego íbamos a La Bayuca (desaparecido desde hace años) en donde Rosa tiraba las mejores cañas (de Mahou) del Bierzo. En ambos, me llamaban por mi nombre.

De los años en los que vivimos en Valencia, nuestro bar fue, sin duda, El Laboratorio (cerrado desde hace un par de años). Lo conocimos durante nuestro MBA, pues se encontraba junto a nuestra Escuela de Negocios. Hicimos amistad con sus dueños Marc y Ricarda. Terminado ya el MBA, iba cada martes a hablar en inglés allí con la comunidad de expatriados y con mi amigo Felipe. No puedo dejarme en el tintero El Salado, bar en el que solucionábamos el mundo, un jueves al mes, parte de los miembros de la asociación Amigos de la Economía y la Empresa, de la que fui cofundador.

En Galway también tuve mi bar, más bien, mi pub. Lo conocí por casualidad. Estaba buscando dónde ver el partido de mi Real Madrid y fui a preguntar al salir de la escuela, en Salthill al Cullinanes Inn, un pub al que sólo asistía público local. Me dijeron que tal vez pondrían el partido. Asistí con mi mujer y un amigo mexicano, y sí, finalmente nos pusieron, sin demasiado entusiasmo, el partido en un pequeño televisor. Antes del siguiente partido, comenté con los compañeros mi intención de ir a ver el siguiente partido al mencionado pub. Se sumó hasta el apuntador. Allí nos dimos cita más de 20 personas. A partir de ese día, cada vez que pasaba por su puerta, el camarero salía a recordarme que allí podría ver el siguiente partido del Madrid. Partidos que, huelga decirlo, se proyectaban en la pantalla gigante del local. Me conocían, pero nunca me llamaron por mi nombre, aunque, lo más triste, es que pese al volumen  de negocio que les generé durante meses, no recuerdo que me invitaran jamás a una pinta como señal de agradecimiento. Sospecho que eran seguidores encubiertos del Barcelona (nótese la ironía).

En Nueva York, aparte de La Nacional, donde acudíamos a ver los partidos del Real Madrid (incluidos los 4 clásicos seguidos, de los que mi equipo salió mal parado en 3 de ellos, proclamándose, eso sí, Campeón de Copa en el que salió victorioso), nuestro bar era el Blue Haven, pub al que asistíamos varias tardes por semana. En su barra pude ver los play-off de la NHL de aquella temporada. La verdad es que no teníamos televisión en casa, por lo que nos apuntamos al gimnasio New York Sports Club, ya que sus bicicletas, cintas de correr y demás aparatos aeróbicos tenían su propia televisión. Allí nos hicimos seguidores del programa El Jefe Infiltrado. La televisión, la veíamos pues en el bar o en el gimnasio. Aquí tampoco me llamaban por mi nombre.

Volvimos a Valencia. Allí seguimos frecuentando el Laboratorio, hasta que nuestra amiga Ricarda dejó el mismo y montó Leipzig Bar. Desde que regresé a Madrid, no he encontrado, todavía, un lugar que evoque en mí ese sentimiento de ser una pequeña parte del mismo, por lo que, estimados hosteleros de Majadahonda, busco un lugar en el que sentirme como en casa. Razón aquí.

David Torija

 

 

 

 

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Ciudades con zonas comerciales idénticas y sin alma

206 ciudades homogéneas

Vivimos una época en la que todo está cambiando a velocidad de vértigo. La crisis económica ha eliminado del tablero del libre mercado a muchos competidores, sobre todo a aquellos de menor tamaño (y de menor fortaleza financiera y capacidad de adaptación al cambio), llegando, en muchos casos, a concentrarse muchas actividades empresariales cada vez en menos manos, arribando, a situaciones monopolísticas, que sólo benefician a la empresa que disfruta de esta situación sin ausencia de competencia real.

Si nos fijamos en lo sucedido en el pasado en Estados Unidos, podremos anticipar lo que nos espera en la otrora piel de toro y en el resto del continente más antiguo del mundo. El cambio de los hábitos de compra de los ciudadanos norteamericanos, cuya predisposición (convertida salvo en Nueva York, San Francisco y Chicago, en necesidad) a utilizar el coche, contribuyó a condenar cuasi a la extinción al pequeño comercio. El auge desmesurado y desordenado de los grandes centros comerciales, supuso casi el final del retail. Un nuevo cambio en los hábitos de consumo, comprar cómodamente y a cualquier hora por Internet, contribuyó después al cierre de muchos de aquellos centros comerciales.

Por ahora, en este país antes llamado España, el cierre de grandes centros comerciales es testimonial. Pero al ritmo que está creciendo el comercio por Internet, todo puede suceder. Podría llegar el caso de que el comercio a nivel mundial quedase en situación monopolística en manos de Amazon.

La desaparición de muchos pequeños comercios, y la apertura masiva de tiendas y establecimientos de grandes cadenas, franquicias y cualquier forma de expansión de aquellas, han transformado las calles comerciales de muchas ciudades en homogéneas ciudades sin alma en las que todo es lo mismo. Da lo mismo pasear por Barcelona, Dublín, Londres o Bruselas… uno siempre encontrará (perdón por citar marcas) un H&M, un Primark (aunque en Irlanda, su país de origen, trabajen con otro nombre comercial), varias tiendas de Inditex, un McDonalds…

Los comercios únicos y originales, que daban vida y un color distinto a las ciudades, han ido cediendo terreno a grandes gigantes que han hurtado parte del encanto de pueblos y ciudades.

Pocos son los que se defienden, como gato panza arriba, luchando contracorriente contra una globalización homogénea que priva de identidad a todo. Un ejemplo de esa lucha es mi amiga Eva, que desde su tienda Stylo Moda Baeza, sigue luchando en uno de los municipios más bellos que existen, la ciudad jienense de Baeza, patrimonio histórico de la humanidad, a la decadencia global, abogando por el comercio local original y de trato personalizado.

Confieso que compro en grandes superficies, por Amazón y en pequeños comercios locales. Pero reconozco que prefiero hacerlo en tiendas pequeñas, especializadas, con encanto. En mi caso, lo que más me gusta comprar son libros. Adoro las pequeñas librerías originales, en las que me puedo perder entre sus estanterías, buscando un título que encontraría seguro en Amazon a golpe de click, pero que perdería todo su natural encanto.

David Torija

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La vida en 140 caracteres

Hace ya algunos años, mi amigo y compañero de MBA, Felipe, y un servidor, teníamos una especie de extraña competición, en la que triunfaba aquel que obtuviese el mayor número de respuestas a nuestros tweets por parte de alguna de las personas conocidas o influyentes a las que seguíamos en Twitter. Si se madrugaba un poco,  fácil era, al menos por aquel entonces, establecer conversación con Mario Conde, quien se conectaba en torno a las cinco de la mañana a esta red social y por quien ambos procesábamos cierta admiración. En otra ocasión, un tweet mío, que provenía de una conversación con Pedro J. Ramírez,  apareció publicado a la mañana siguiente y para mi sorpresa en El Mundo (cuando aún aquél era su director) como “Tweet destacado” en un apartado que, si la memoria no me falla, se llamaba “Tweets al director”.

Era un tiempo en el que había que ser muy preciso y cuidadoso en Twitter, pues los tweets estaban limitados a 140 caractéres.

Confieso que uso poco esta red social. Hubo un tiempo en el que me servía incluso para tener un acceso rápido a los titulares de medios de información económica y general de todo el mundo, amén de conocer las distintas opiniones de economistas, columnistas, analistas, escritores… a quienes sigo. Dejé de usarla con frecuencia porque se ha convertido en un medio en el que se ataca con demasiada alegría al que piensa diferente, parapetado en el anonimato de un nick o seudónimo. No es mi caso, pues interactúo en la misma con mi nombre y apellido @DAVIDTORIJA

A mi vuelta a España, tras residir unos meses en Galway y otro tantos en Nueva York, comencé a seguir a un periodista español especializado en asuntos norteamericanos con quien, además, tenía un par de contactos en común. Esta persona, a quien no creo oportuno citar, parece que se radicalizó bastante y comenzó a dedicarse a la propaganda izquierdista. Hace unos meses,  una tarde escribió un tweet abogando por subidas de impuestos y criticando creo que a Pablo Casado por proponer bajar los mismos. No pude evitarlo, y con nocturnidad (en mis últimas contestaciones) pues lo hice cuando me levanté al baño por la noche, pero con suma educación, contesté al mismo. Esta es la historia (o parte de ella, porque después de faltarme el respeto al quedarse sin argumentos, me bloqueó y ya no puedo ver la interacción completa (que supongo borraría por vergüenza torera)).

204 Tweet 1

Y, como comentaba, me levanté al baño, vi su respuesta, fuera de tono y de toda lógica y defendí y argumenté mi respuesta

204 Tweet 2

204 tweet 3

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Soy un firme defensor de una política fiscal con impuestos bajos para generar mayor riqueza y de controlar el gasto público (al igual que hago en casa, de no gastar más de lo que se ingresa). Por lo que seguí con mis argumetos. Esta persona, carente de argumentos, hizo un último comentario faltón hablando de “la derecha y la banca que que yo defendía” (aparte de no conocerme, creo que no me había leído nunca).

204 tweet 5

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Y llegados a este punto, pese a haber sido correcto y educado, me bloqueó (no sé si me denunciaría también). Me dio lástima la situación. Lamentablemente, muchos de los que se erigen en defensores de las libertades son precisamente quienes censuran toda opinión distinta a la suya.

David Torija

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Mi particular reseña de Mamá, ¡quiero ser comercial!

205 Mamá quiero ser comercial

De niño quería ser piloto. Algo, al menos por aquel entonces, prohibitivo, económicamente hablando, para una familia de clase media. Por lo que con catorce años, me encaminé una tarde con mi padre al edifico del otrora Ministerio del Aire, para pedir información sobre las pruebas de acceso a la Escala Superior del Ejército. La vocación, permutó, auspiciada por el deseo de mi familia paterna de que los dos varones que lucíamos como primer apellido Torija, fuéramos oficiales de la Armada, por lo que cambié el azul por el blanco y aterricé de la mano de mi primo Luis Fernando en el Colegio De Huérfanos de la Armada. Premonitorio y cruel el destino, que se llevó, años más tarde, en acto de servicio en Haití, a mi primo a los luceros. Dios se lleva siempre a los mejores.

Huelga decir que no conseguí plaza en aquellas oposiciones. La verdad es que mi pasión había menguado, ya que aquello no era con lo que yo soñaba de niño, y no estudié lo suficiente. Pero fue mejor así, porque meses más tarde entraba en aquel vetusto edificio, que era la universidad (que reza el poema que nos escribió mi suegro para el día de nuestra boda y que con cierta guasa me recuerda aún mi amigo José, citando otra de sus estrofas: pronto supo el de Pozuelo, donde estaba Ponferrada). Allí, en la universidad, sucedió lo mejor que me ha pasado en la vida, conocí a mi mujer.

Aunque mi padre quería que yo fuese marino, sembró la semilla de la que hoy es mi profesión, regalándome, siendo un crío, el libro El Vendedor más grande del mundo.

En mi trabajo actual, como representante de las mejores estanterías del mercado para grandes cargas, me toca conducir bastante y, para amenizar mis viajes, me bajo todo tipo de podcast. Uno de ellos era la entrevista que el editor Álvaro Romero le hizo al autor del libro que hoy reseño, Eduardo Vizcaíno de Sas, para hablar de su padre, el mejor escritor valenciano de la historia, si me apuran junto a Blasco Ibáñez, Fernando Vizcaíno Casas. Eduardo Vizcaíno me vendió, como buen comercial, durante aquella entrevista, tres libros, dos de ellos por él escritos y un tercero, Las Autonomuchas (basado en bestseller de su padre Las Autonosuyas y por él prologado). Completan la terna el libro que hoy reseño y  Un comercial de película.  Y en la recamara quedaron otros dos, Fernando Vizcaíno Casas, mi padre y otro con un título políticamente incorrecto a la par de sugerente, Como ser un macho y morir en el intento

Es la primera obra que leo de este autor. Muy alto estaba el listón ya que su padre, don Fernando Vizcaíno Casas, siempre ha sido mi escritor favorito. Aunque no tanto como las novelas de su padre, el libro me ha gustado mucho. Llegados a este punto algún lector malicioso e ignorante me habrá etiquetado erróneamente, como hacían con don Fernando en su tiempo, a pesar de que ni Mister Bestseller (que así se conocía a Vizcaíno Casas por sus récords en ventas literarias)  en su día, ni un servidor, tengamos filiación política alguna. Parafraseando a José Antonio (para liar aún más la madeja) la gente le llama a uno fascista con el mismo poco tino que los habitantes de los pinares de Soria llaman americano a todo aquel que lleva gafas de celuloide.

Pues sí, no me duelen prendas a la hora de reconocer mi admiración por don Fernando Vizcaíno Casas, un escritor que tenía un refinado sentido del humor, y unas cifras de ventas difícilmente superables, todo un caballero de una generación, la de la Codorniz, infravalorada por la dictadura de lo políticamente correcto. No es la primera vez que citar al escritor valenciano me genera algún problema. Cuando cursaba mi MBA junto a otros compañeros creamos una página web de información económica y empresarial que se llamaba Frikonomics, publicación que dirigía y en la que, en cierta ocasión fui recriminado por uno de mis compañeros por mencionar a Vizcaíno Casas. Defendí y mantuve la cita.

Parte de mis libros de Vizcaíno Casas

Alguno de mis libros de Vizcaíno Casas

No estamos ante un libro de técnicas de venta, estamos ante un anecdotario, escrito con muy buen humor. Coincido con el autor en que el sentido del humor es un arma poderosísima para la venta (y si me apuran, para todo en la vida). Es muy ameno y entretenido. De fácil y rápida lectura.

Un libro que desmitifica el glamour de una profesión que no es lo suficientemente valorada, pese a ser la que más directamente contribuye a mejorar la cuenta de resultados de las empresas. Una obra en la que se hace hincapié en que en el mundo de la venta el éxito se alcanza trabajando, cuanto más tiempo le dedicas, mayores son las posibilidades de éxito.

Recomendable tanto para aquellas personas que alguna vez han trabajado como comerciales, pues se sentirán identificados con muchas de las anécdotas que en libro se cuentan, como para aquellas personas sin experiencia en el mundo de la venta, pues les servirá para conocer un poco mejor esta profesión.

Como muestra de mi identificación con la temática del libro, comencé su lectura durante la cena en un restaurante de un hotel de la provincia de Jaén. No me resulta agradable comer o cenar fuera solo (pese a que lo hago con mucha frecuencia. Gajes del oficio), pero como siempre me gusta buscar el lado positivo de las cosas, puedo aprovechar para leer o para adelantar algo de trabajo… y la terminé en un avión (el último del día), que estuve a punto de perder por esperar para tomarme una cerveza con mi amigo José Ángel, (curiosamente su padre era amigo de Fernando Vizcaíno Casas) con quien sabía que iba a coincidir en el aeropuerto. Cerveza que no me dio tiempo a tomarme.

Mamá, ¡Quiero ser comercial!

Eduardo Vizcaíno de Sas

Pearson Educación

 

Una reseña de David Torija

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Una mirada atrás

En la fábrica de un proveedor chileno

En la fábrica de un proveedor chileno

Esta mañana he salido a correr un rato por la ribera del Sil a su paso por la capital de El Bierzo, como lo hacía dieciséis años atrás cuando aquí vivía. Imponente paisaje para correr, sólo superado por las vistas que, tanto de Manhattan como de New Jersey, tenía desde otra ribera, la del río Hudson, en mis carreras diarias, ocho años atrás, cuando vivíamos en Nueva York, o por mis añorados jardines del Turia, antiguo cauce del río valenciano por el que tanto troté en mis casi doce años en Valencia.

Correr siempre me ha servido para pensar y reflexionar. Si esta experiencia se adereza con unas gotas de nostalgia, ya que recientemente se cumplieron tres años de mi partida, con el vértigo que el cambio siempre produce, de Valencia a Madrid, por una apasionante aventura laboral, me lleva esta mañana dominical a sentarme delante teclado del ordenador y dedicar un rato a otra de mis pasiones, escribir. Así que me dispongo a escribir unas líneas sobre las vueltas que ha dado la vida en estos años.

Si echo una mirada atrás, remontándome a los albores del año dos mil tres, me doy cuenta que son muchas las vueltas que he, que hemos dado desde entonces. Hablo en plural porque desde aquel año (en realidad desde antes), entiendo la vida sólo en plural, porque el yo se convirtió en nosotros, porque desde hace casi diecisiete años, mi mujer y yo, como rezaba la cita de El Principito que escribimos en su día en nuestra invitación de boda, miramos juntos en la misma dirección.

Ella es culpable de mi felicidad, pero también es culpable de que en marzo del año dos mil tres hiciese las maletas y me fuese a disfrutar, según su teoría, del microclima de Ponferrada. Microclima que en realidad consistía en que entraba la niebla en septiembre y no nos abandonaba hasta abril. Abandoné por primera vez, como se dice ahora, la zona de confort, y por amor dejé Madrid. Allí creamos de la nada un proyecto empresarial en el que hice de director de obra (supervisando la misma, alquilando andamios, seleccionando, comprando y transportando todo el material necesario para la reforma del local…), para el que creamos y desarrollamos una marca, encargándonos del desarrollo íntegro del negocio, en el que vendíamos, entre otras cosas, ropa interior. Sí, me he pasado media vida vendiendo, y es algo de lo que me siento orgulloso, porque siempre lo he hecho con honestidad y con convencimiento de lo que hacía.

Como los números no salían, tuvimos que tomar la decisión (la vida está llena de decisiones difíciles) de cambiar de rumbo. Aterrizamos en Valencia. Allí me dediqué a la promoción, construcción y venta de viviendas hasta que, la burbuja inmobiliaria, parecía que nos iba a estallar en las narices. Otra vez había llegado el momento de tomar decisiones difíciles, venta con pérdidas de todos nuestros activos (promociones en desarrollo, suelos y empresas) para reducir nuestro elevado apalancamiento a una cifra cuasi testimonial, y hasta aquí puedo contar. Busqué un nuevo cambio de rumbo, el destino estuvo a punto de instalarnos en Chile para construir viviendas sociales en la municipalidad de San Antonio, pero mi olfato me llevó a bajarme a tiempo de un barco que terminó encallando.

Entrevista en Urbe Desarrollo en noviembre de 2008

Entrevista en Urbe Desarrollo en noviembre de 2008

Tras nuestra estancia en Galway y en Nueva York, volvimos a Valencia, donde estuve unos años dedicándome al asesoramiento de empresas, con alguna aventura puntual como docente. Como España parecía quedarse pequeña, participé en sendas aventuras empresariales en África, la creación, o al menos a eso aspiraba, de un canal de distribución en Dakar para el Oeste de África y un negocio minero en Mali con las más tensas reuniones que recuerdo de un consejo de administración. De allí pasé a una famosa inmobiliaria de la que, entre más de cien agentes, fui propuesto por su director general, para director de división. Aquello no cuajó y el destino laboral me devolvió a Madrid, trece años después, para representar en media España a una empresa alemana líder en la fabricación de sistemas de almacenamiento. Nunca he estado sin trabajar, ni conozco ni quiero saber lo que es el paro.

En nuestro almacén en Senegal a finales del año 2011

En nuestro almacén en Senegal a finales del año 2011

Desde que mi mujer y yo nos conocimos en la universidad, ella siempre ha estado a mi lado, en las buenas y en las malas, siempre me ha apoyado en cada paso que he dado, y me ha ayudado a reflexionar y a rectificar cuando tomaba el camino equivocado. Por eso hoy, que la nostalgia me invade un poquito, me declaro, a riesgo de parecer un hortera, la persona más afortunada del mundo.  Y por muchas vueltas que hayamos dado, como reza el cartel que compramos hace unos años en Londres y que preside el salón de nuestra casa: mi hogar está siempre donde ella esté  

David Torija

 

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Adiós a un 2018 maravilloso

203 Calendarista

El año 2018 llega hoy a su fin. Es momento de echar la vista atrás y hacer balance de lo bueno y lo malo que nos ha dado este año maravilloso.

Como soy persona optimista, que ve siempre el vaso medio lleno y si no lo está, busca la forma de llenarlo, el saldo es claramente positivo, tanto en lo personal como en lo profesional.  Desde un punto de vista profesional, esbozo brevemente la elevada satisfacción con mi trabajo y las ganas que tengo de superarme día a día. Es el terreno personal, en el que más puedo explayarme, sin salirme del círculo de lo prudente, y el que me ha dado la mayor alegría de este año, ya que he vuelto a ser papá.

Que afortunado soy de tener una familia maravillosa y un trabajo que me entusiasma.

 A parte de reflexionar sobre el año que se acaba, también es momento de ultimar la planificación del año entrante. Aunque hace ya varios meses que tengo mi calendario del 2019 de Calendarista colgado en mi despacho, en el que he ido señalando los eventos más importantes, mis objetivos, retos … es un buen momento para repasar los mismos y actualizarlos si es preciso.

Es tiempo de elaborar lo que los anglosajones llaman new year’s resolution, propósitos para el nuevo año. Entre los míos están aumentar la frecuencia con la que publico entradas en mi blog, retomar la actividad deportiva (asistir con mayor frecuencia a los entrenamientos de mi equipo de hockey de veteranos, volver a salir a correr (con la meta de correr la próxima edición de la media maratón de Valencia), perder peso y, sobre todo, poder ir de vacaciones con mi familia a lo largo del año. Por escrito quedan.

Estimado lector de mi blog, levanto mi copa virtual de cava para brindar contigo y desearte todo lo mejor para el nuevo año.

David Torija

 

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