Adaptarse a los nuevos tiempos

qr David Torija Twitter

El viernes pasado, al salir de mi oficina, llovía a cantaros. Era una tormenta de verano que tímidamente pretendía contribuir a paliar la pertinaz sequía. Subí al coche apresuradamente sin darme cuenta que tenía dos octavillas publicitarias, una en el limpiaparabrisas delantero y otra en el trasero. Tuve que bajar del coche antes de iniciar la marcha e intentar quitar lo que quedaba de sendas octavillas, deshechas y pegadas a los cristales de mi coche.

Este suceso me hizo pensar y me retrotrajo más de veinte años atrás. No por el método publicitario, que también, sino por las reminiscencia de uno de mis primeros empleos de fin de semana.

Si no recuerdo mal, estaba cursando 2 de BUP. El padre de mi compañero de clase (y tocayo) David, era el director de la oficina del banco de Santander de Pozuelo (pueblo). Y digo oficina en singular porque, por aquel entonces, todavía no había llegado la locura de abrir sucursales bancarias por doquier (cuyos efectos y consecuencias estamos pagando ahora).

El Santander había lanzado una campaña publicitaria para captar nuevos depositantes. Recuerdo que en la publicidad aparecía un elefante y que, junto a otro compañero, adaptamos la letra de la canción del anuncio televisivo de aquella campaña. Nuestra letra decía algo así “el padre de David es un elefante que está haciendo amigos a un ritmo alucinante”.

El padre de mi compañero nos propuso a su hijo a y mí, repartir los fines de semana trípticos de aquella campaña del banco. Empezamos un sábado. A primera hora de la mañana nos personamos en la oficina bancaria donde llenamos nuestras mochilas con aquellos trípticos, mientras una señorita nos daba vagas instrucciones sobre dónde hacer el reparto y un papelito con su número de teléfono por si surgía alguna incidencia.

Yo tenía que pasar la mañana del sábado en la puerta del supermercado Alfaro del Zoco de Pozuelo, centro comercial que por aquel entonces estaba de capa caída (nada que ver con la opulencia que parece ser impera hoy en la zona). Tomé el autobús público y llegué cerca de una hora antes de la apertura del supermercado. Por propia iniciativa empecé a repartir trípticos entre los viandantes. Todos los coches del aparcamiento tenían también su tríptico del banco antes de la apertura del supermercado. Al poco tiempo de abrir éste sus puertas, un guardia de seguridad me invitó amablemente a abandonar el centro comercial.

Me fui situando en cada una de las puertas exteriores del centro comercial hasta que el mencionado guardia me invitaba, con amabilidad decreciente, a abandonar el recinto y sus alrededores. Cuando no pude tensar más la cuerda, me dirigí a una cabina de teléfono (para los más jóvenes: se trata de teléfonos públicos, fijos y de pago (hoy en peligro de extinción) desde los que llamábamos cuando la telefonía móvil no existía), eché unas monedas y llamé al número de teléfono que me habían dado. Cuando informé a aquella señorita que me habían echado de allí, ésta me instó, con cierta desgana, a que repartiese la publicidad entre los coches aparcados, los chalets de la zona etc.

Llegué a la conclusión de que para mi jefa de aquellos días, a quien parecía importarle poco aquel reparto publicitario, el target de aquella campaña era gente de clase social media alta, aunque no parecía tenerlo del todo claro.

Unos pocos años más tarde, cuando obtuve el carnet de conducir, empecé a darme cuenta de lo molesto que resulta encontrarse este tipo de publicidad y de lo inapropiado que era para que un banco captase clientes. Hoy, veinte años después, me molesta muchísimo encontrarme en limpiaparabrisas de mi coche este tipo de publicidad que va, directamente, a la papelera más cercana.

Aun así, en pleno siglo XXI, hay quien sigue apostando por este método publicitario, sin darse cuenta que existen formas más adecuadas, eficaces y baratas (incluso gratuitas) de hscer publicidad.

Años después de aquel reparto de octavillas, mi formación y experiencia me ha enseñado la importancia de elegir un soporte y un formato adecuado (tanto off line, como on line) para llevar a cabo una campaña publicitaria que se adecue a nuestros objetivos. Aquellos, serán distintos en función del producto o servicio que queramos ofrecer.

Antes, las empresas se gastaban cuantiosas cantidades económicas en hacer estudios de mercado para tratar de identificar a su público objetivo. Tras la llegada de Internet y de las redes sociales, podemos identificar, por muy poco dinero, nuestro target perfectamente segmentado por las variables que nosotros deseemos. Además, con una buena gestión de nuestra presencia en las redes sociales, podemos conocer sus gustos y necesidades, interactuar con ellos…en definitiva, establecer una relación permanente y fructífera para ambas partes, basada en el flujo bidireccional de información. Sabremos, en definitiva, cuáles son las necesidades de nuestros clientes presentes y futuros y cómo satisfacerlas en un entorno dinámico y cambiante.

David Torija

Acerca de David Torija

Economist and MBA. Business Development Manager, Advisor and Business Strategist. Passionate about Management, Finance, Marketing, Sales, Social Media, Writing and Public Speaking. Cross Cultural and Global Minded. Hard Worker. Entrepreneur. Optimistic, Enthusiastic: Always look on the bright side of life.
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