Aquellas zapatillas

De niño me encantaba el baloncesto. Pese a que la economía familiar no era muy boyante, compraba con mi madre cada semana la revista Gigantes del Basket. A parte de mi Real Madrid, me gustaba la NBA y, concretamente, Michael Jordan y sus Chicago Bulls. Aquel jugador que, con el número 9, el año antes de su debut en la liga americana, me sorprendió con su juego en aquella inesperada final ante España de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984.

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Llorente y Michael Jordan. Los Ángeles 1984

Final que estuve a punto de no ver porque mis padres me habían castigado por romper un plato de cerámica que con la leyenda “Recuerdo de Talavera” estaba colgado, hasta ese día, en la cocina de aquel apartamento de Lasarte en el que mi padre vivió de alquiler el tiempo que duró aquella obra en la imponente ciudad de San Sebastián. Plato que rompí, precisamente, mientras hacía que jugaba al baloncesto en la cocina.

El partido de semifinales de aquella olimpiada lo vi en el campamento de Los Escolapios de Villacarriedo al que mis padres me llevaban para que empezara a curtirme (tenía 8 años recién cumplidos). Fue aquel partido en el que España estaba aplastando a Yugoslavia que inmortalizaron Los Nikis en su legendaria canción El Imperio contraataca. Fue la única vez que los padres Escolapios nos dejaron ver la televisión en los tres veranos que allí pasé. La ocasión lo merecía.

Siempre me ha gustado el logo de Nike. Para la logística del campamento de Villacarriedo del año siguiente, mis padres me habían comprado dos camisetas de tela y de manga corta, presuntamente de Nike, en el mercadillo de Pozuelo, dos pantalones de deporte y dos pares de calcetines, estos sí, de Nike, pues creo que los compraron en unos afamados almacenes en los que, hasta donde yo sé, no se venden imitaciones. Aquella ropa se convirtió en mi uniforme en el campamento (lavábamos la ropa a mano por la noche), de tal forma que comenzaron a apodarme el hombre Nike.

La carpeta del colegio la tenía forrada con una fotografía de Michael Jordan jugando al baloncesto en las calles de Chicago en la que lucía las míticas zapatillas conocidas como Nike Air Jordan. Me encantaban aquellas zapatillas, pero sabía que era algo que estaba fuera de mi alcance. Su precio eran 14.000ptas (84€). En casa ni siquiera podíamos plantearnos comprar el modelo más básico de Nike.

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Fotografía de Michael Jordan de mi carpeta

Durante semanas, tal vez meses, me quedaba siempre prendado en el escaparate de una zapatería de Pozuelo Pueblo, mirando unas zapatillas blancas con un logo rojo idéntico al de Nike. Creo que mis padres lo utilizaron como premio por, estando enfermo de paperas, comportarme estoicamente (sin echarme a llorar ni salir corriendo) cuando durante mi convalecencia venía a visitarme aquel personaje siniestro, de existencia afortunadamente fenecida: el practicante. Sí, me compraron aquellas zapatillas. Costaron 1.800 ptas. (11 €) y aunque la marca era Soriver (o algo parecido), talmente parecían unas Nike.

El padre de mi vecino, un ex culturista que había pasado mucha necesidad en su juventud, (supongo que aquello le hizo agudizar el ingenio) se metió a promotor inmobiliario en los 80 en la costa, amasando una verdadera fortuna. Como no quería que sus hijos padeciesen sus mismas calamidades, los educó de forma antagónica a cómo me educaron mis padres a mí, facilitándoles todo lo que querían y convirtiéndoles en niños muy competitivos en temas materiales. Mi madre siempre cuenta la historia de cuando por mí cumpleaños me compraron un pequeño submarino. Al día siguiente el padre de mi vecino apareció con un trasatlántico de proporciones grotescas. A los dos días el trasatlántico deambulaba a la deriva por la piscina de nuestra urbanización, sin que su dueño le hiciera el menor caso. Mi submarino me duró bastantes años. Según mi madre, yo lo sacaba del agua después de cada uso, le quitaba las pilas, las secaba y lo guardaba en su caja.

Un buen día, el padre de mi vecino le regaló una canasta. Pasamos ratos estupendos jugando juntos al baloncesto. Los buenos resultados de la selección lo habían convertido en el deporte de moda. Nosotros teníamos nuestras discusiones infantiles. Como he dicho, yo era fan de Michael Jordan y de los Chicago Bulls y él de los Atlanta Hawks y de Dominique Wilkins. Ambos fueron rivales en el concurso de mates del All Star de la NBA. Mi vecino le tenía manía a Jordan, pues decía que éste le había robado el título a Wilkins, pues ambos habían hecho el mismo mate pero el segundo con mayor potencia de salto (tenía razón). Pronto se olvidó del baloncesto. Yo continué con mi afición.

Aquella primavera el padre de mi vecino anunció que se iban a ir de vacaciones en verano a la costa Oeste de Estados Unidos. A los pocos días, para mi sorpresa, mi vecino me dijo que iba a aprovechar el viaje a EEUU para comprarse las zapatillas de (su odiado) Michael Jordan, ya que allí eran mucho más baratas.

La madre de mi vecino ofreció a las madres del resto de los chicos de la pandilla comprarles las zapatillas. Todas menos mi madre dijeron que sí. Mi disgusto era mayúsculo. Yo era el fan de Michael Jordan y de sus zapatillas…Tras meses dándole la tabarra, finalmente, mi madre cedió.

La noche de su regreso no pude conciliar el sueño. Por fin iba a cumplir mi sueño de tener las zapatillas de Jordan. A la mañana siguiente, cuando por fin apareció mi vecino me dijo textualmente “me las he comprado”. De mis zapatillas y de las del resto de amigos jamás se dijo nada. Por la tarde bajó a jugar calzando sus Air Jordan. A los pocos días dejó de usarlas y nunca se las volví a ver.

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Mis Nike Air Jordan 30 años después

Al año siguiente, en Semana Santa, nos fuimos por primera vez de vacaciones a un destino que no fuese el campamento escolar o el apartamento en el que mi padre malvivía de lunes a viernes cuando le tocaba trabajar fuera de Madrid. No sólo son las primeras vacaciones familiares que recuerdo, además fue la primera vez que monté en avión. Nuestro destino, Tenerife.

La suerte parecía no terminar de aliarse con nosotros. El sindicato de turno del personal de tierra organizó una huelga. Nuestro avión tendría que haber salido aquel día a las 8 de la mañana. En la agencia a mi padre le habían dicho que, al ser un vuelo chárter, los paros no iban a afectarle. El día de partida nos comunicaron in situ en el aeropuerto que el vuelo se retrasaba y que llamáramos a media tarde a un número de teléfono. Mis padres, para que se nos pasase el disgusto, nos llevaron al Zoo. La estrella allí era el oso panda Chu-Lin. Por la tarde fuimos al video club. El video había entrado recientemente en nuestra casa, la televisión en color lo hizo el año anterior, y alquilábamos un par de películas cada fin de semana como entretenimiento familiar. La película elegida para la ocasión fue un fracaso, pero el título era premonitorio, 2001 Odisea en el espacio.

Tal y como nos dijeron, nos personamos a las 8 de la tarde otra vez en el aeropuerto, allí pasmaos toda la noche entre falsas promesas y discusiones entre los más exaltados. Nuestro vuelo debió de ser el último en salir de los cancelados del día anterior. Lo hizo a las 7 de la mañana. Debían ser las 10 de la mañana, hora canaria, cuando, tras pasar por infinidad de hoteles, el autobús de la compañía por fin nos dejaba en el nuestro.

Pero la suerte sí iba a estar de mi lado esta vez. En aquellas cortas pero intensas vacaciones, visité con mis padres una zapatería. Las Nike Air Jordan costaban allí 8.900 ptas. frente a las 14.000 que valían en la Península. Mis padres me compraron mis deseadas zapatillas. Sé que para ellos, pese a la rebaja, supuso un importante esfuerzo económico. Hoy, 30 años después, conservo aquellas zapatillas. Para mí son algo más que un objeto fetiche, poseen un gran valor sentimental, pues son una muestra del sacrificio que siempre han hecho mis padres por mí.

David Torija

Acerca de David Torija

Economist and MBA. Business Development Manager, Advisor and Business Strategist. Passionate about Management, Finance, Marketing, Sales, Social Media, Writing and Public Speaking. Cross Cultural and Global Minded. Hard Worker. Entrepreneur. Optimistic, Enthusiastic: Always look on the bright side of life.
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