Bares, que lugares

208 Bares que lugares

Hace mucho tiempo que empecé a escribir este artículo, pero mis obligaciones laborales no me habían dejado terminarlo. Aprovecho mis últimas horas de unas vacaciones que, una vez más, no han vuelto a serlo, y, pese a que tengo la mirada y el corazón en otra parte, me dispongo a entregarme un rato a una de mis pasiones, escribir.

De mi abuelo materno he heredado mi afición por lo que él llamaba alternar, que no es otra cosa que tomarse algo en un bar en buena compañía y con buena conversación. Mi amigo Pipo es feliz en Vinuesa, su pueblo soriano de acogida (pues no es exactamente el suyo), porque los camareros le llaman por su nombre y todo el mundo en el bar le conoce.

Aspiro a tener un bar de confianza en el municipio madrileño en el que resido desde hace tres años y medio. Aún no he tenido tiempo de encontrarlo, pero aspiro a hacerlo. Echando una mirada atrás, me doy cuenta de que sí lo he tenido en otros lugares en los que he vivido.

Durante mi época universitaria frecuentaba con mis amigos Álvaro y Carlos el pub Hierros en Pozuelo. He de confesar que nunca me llamaron por mi nombre. A mi amigo Álvaro sí, el dueño le saludaba siempre con un “¿Qué tal Álvaro? ¿Qué tal la carrera?”. Aquello era un claro indicio de que a parte de las cervezas con limón que nos tomábamos los martes y los jueves después de entrenar, mi amigo frecuentaba aquél bar más días que nosotros. No fui asiduo del bar de mi facultad, de ahí que no aprendiese a jugar al mus (en casa la experta es mi mujer, que es campeona del mundo de mus), lo que contribuyó a que sacase la carrera.

En Ponferrada, fueron dos nuestros bares de referencia. Frecuentábamos ambos al salir de trabajar. Primero Las Torres, hoy convertido en el discopub preferido de la comunidad dominicana, pero antaño regentado por Encarna, su hija Ana y su yerno Andrés. Luego íbamos a La Bayuca (desaparecido desde hace años) en donde Rosa tiraba las mejores cañas (de Mahou) del Bierzo. En ambos, me llamaban por mi nombre.

De los años en los que vivimos en Valencia, nuestro bar fue, sin duda, El Laboratorio (cerrado desde hace un par de años). Lo conocimos durante nuestro MBA, pues se encontraba junto a nuestra Escuela de Negocios. Hicimos amistad con sus dueños Marc y Ricarda. Terminado ya el MBA, iba cada martes a hablar en inglés allí con la comunidad de expatriados y con mi amigo Felipe. No puedo dejarme en el tintero El Salado, bar en el que solucionábamos el mundo, un jueves al mes, parte de los miembros de la asociación Amigos de la Economía y la Empresa, de la que fui cofundador.

En Galway también tuve mi bar, más bien, mi pub. Lo conocí por casualidad. Estaba buscando dónde ver el partido de mi Real Madrid y fui a preguntar al salir de la escuela, en Salthill al Cullinanes Inn, un pub al que sólo asistía público local. Me dijeron que tal vez pondrían el partido. Asistí con mi mujer y un amigo mexicano, y sí, finalmente nos pusieron, sin demasiado entusiasmo, el partido en un pequeño televisor. Antes del siguiente partido, comenté con los compañeros mi intención de ir a ver el siguiente partido al mencionado pub. Se sumó hasta el apuntador. Allí nos dimos cita más de 20 personas. A partir de ese día, cada vez que pasaba por su puerta, el camarero salía a recordarme que allí podría ver el siguiente partido del Madrid. Partidos que, huelga decirlo, se proyectaban en la pantalla gigante del local. Me conocían, pero nunca me llamaron por mi nombre, aunque, lo más triste, es que pese al volumen  de negocio que les generé durante meses, no recuerdo que me invitaran jamás a una pinta como señal de agradecimiento. Sospecho que eran seguidores encubiertos del Barcelona (nótese la ironía).

En Nueva York, aparte de La Nacional, donde acudíamos a ver los partidos del Real Madrid (incluidos los 4 clásicos seguidos, de los que mi equipo salió mal parado en 3 de ellos, proclamándose, eso sí, Campeón de Copa en el que salió victorioso), nuestro bar era el Blue Haven, pub al que asistíamos varias tardes por semana. En su barra pude ver los play-off de la NHL de aquella temporada. La verdad es que no teníamos televisión en casa, por lo que nos apuntamos al gimnasio New York Sports Club, ya que sus bicicletas, cintas de correr y demás aparatos aeróbicos tenían su propia televisión. Allí nos hicimos seguidores del programa El Jefe Infiltrado. La televisión, la veíamos pues en el bar o en el gimnasio. Aquí tampoco me llamaban por mi nombre.

Volvimos a Valencia. Allí seguimos frecuentando el Laboratorio, hasta que nuestra amiga Ricarda dejó el mismo y montó Leipzig Bar. Desde que regresé a Madrid, no he encontrado, todavía, un lugar que evoque en mí ese sentimiento de ser una pequeña parte del mismo, por lo que, estimados hosteleros de Majadahonda, busco un lugar en el que sentirme como en casa. Razón aquí.

David Torija

 

 

 

 

Acerca de David Torija

Economist and MBA. Business Development Manager, Advisor and Business Strategist. Passionate about Management, Finance, Marketing, Sales, Social Media, Writing and Public Speaking. Cross Cultural and Global Minded. Hard Worker. Entrepreneur. Optimistic, Enthusiastic: Always look on the bright side of life.
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