Cuestión de actitud II

200 Puerta Hierro

Decíamos ayer…

Soy consciente de que el éxito de un blog radica en poder alimentarlo de manera continua con contenido de calidad. Pero como mis pretensiones son modestas, escribo simplemente porque me apasiona hacerlo, me preocupa poco haber publicado sólo dos artículos el año pasado y otro en lo que va de éste, aunque no voy a negar que, como las pasiones también han de ser alimentadas para saciar las inquietudes del alma, me hubiese gustado que fueran bastantes más.

El motivo de no haber escrito más es bien sencillo, dedico mucho tiempo a mi trabajo, que es lo que llena la nevera de casa y paga las facturas, y el poco tiempo libre que tengo se lo dedico a mi familia.

Me considero una persona afortunada, pues me gusta mi trabajo, y lo desarrollo, como todo lo que hago en la vida, con entusiasmo (en no pocas ocasiones me han acusado de ser excesivamente optimista y positivo, feedback que recibo con agrado). De ahí que el tiempo que dedicaba a escribir por las noches, lo dedique ahora a dar un empujón extra a mi trabajo.

A los motivos esgrimidos anteriormente para justificar la inactividad de mi blog, he de sumar el más importante y el que más feliz me hace, en mayo volví a ser papá. Las cinco semanas de baja que pacté con mi empresa, se convirtieron de manera unilateral por mi parte, en sólo 3 días en su parte final (mi mujer dice que también trabajé esos 3 días). Un proyecto muy importante y mis ganas por demostrar mi valía con mejores números cada vez, me llevaron a ello. Eso sí, tener la oficina a 2 minutos andando desde mi casa y el poder trabajar también desde el despacho que tengo en ésta, me ha permitido estar siempre cerca, aunque el peso de las operaciones y la mayor carga de trabajo familiar se la ha llevado la persona a quien más admiro y quiero en la vida, mi mujer.

Y es esta paternidad, concretamente, el parto, lo que me lleva a escribir estas líneas. De mi abuelo materno aprendí a ser agradecido. Por eso escribo. Para dar las gracias. Gracias, en mi primer lugar, a mi mujer, quien volvió a maravillarme con su fuerza y con la entereza con la que sobrellevó las casi 17 horas de parto (yo no hubiese aguantado ni 5 minutos aquellos dolores). Dicho sea con admiración y respeto: las mujeres parecen, parecéis, estar hechas de otra pasta. Si fuésemos los hombres los que tuviésemos que parir, la raza humana se hubiese extinguido hace tiempo.

Agradecimiento que hago extensivo al personal del Hospital Puerta de Hierro. Especialmente a Mónica, la matrona que dirigió tan diligentemente el parto. Quien aparte de demostrar ser una profesional como la copa de un pino, trató con sumo cariño a mi mujer. Su actitud, de ahí el título de este artículo, siempre predispuesta a ayudarnos pese a las largas y monótonas guardias de su puesto. Quizás su empatía, que, permítaseme el chascarrillo, es aquello que hacen las señoras mayores en la cola del supermercado: ponerse en el lugar del otro, sea la clave, esto es, ser consciente del momento vital que está viviendo una madre, y tratar de ayudarle en todo momento, mucho más allá de sus obligaciones.

Mi, nuestra, gratitud también para Borja, el anestesista que resolvió el entuerto que su antecesor había creado y a Damián, que así se llamaba, si la memoria no me falla, el enfermero sevillano que durmió a nuestro hijo en sus brazos cuando nosotros estábamos desesperados por no poder hacerlo. Reconocimiento que hago extensivo a matronas (excluyendo a la tosca que atendió en las primeras horas a mi mujer), pediatras, ginecólogas, enfermeros y enfermeras que nos atendieron aquellos días. Intentamos recompensarles con bandejas de manolitos (famosos croissants de una conocida pastelería majariega), que me consta que hicieron las delicias de varios turnos del personal de planta y de obstetricia, incluida Mónica (quien me confesó que llevaba días deseando probarlos y que tenía previsto hacerlo cuando finalizase unos exámenes que para ascender en su carrera estaba preparando), por lo que me alegro haber contribuido a alegrar un poco, aunque fuese con una bomba calórica, la maratoniana jornada de estos grandes profesionales.

Tenemos en este país, antes llamado sin complejos España, un encomiable sistema sanitario, que debemos conservar y proteger por el bien de todos. Con grandes profesionales y con alguno que desentona, como la oronda y descastada enfermera que no quiso ayudarnos a bañar a nuestro hijo por primera vez (como el protocolo aconseja), porque estaba más cómoda sentada contado cotilleos a sus compañeros, mientras, eso sí, daba buena cuenta de los manolitos que nosotros (sin ella saberlo) habíamos llevado y de los que nos demostró no ser digna acreedora. Anécdota que no empaña en absoluto nuestra satisfacción y agradecimiento con el personal del centro. Y menos aún cuando, para corregir el desplante de su ingrata compañera, una de las chicas que estaba sentada con ella, se dirigió presta a nuestra habitación y se puso a nuestra disposición dándonos sabios consejos, y si me apuran, hasta cariñosos . Y es que, como reza el título de este artículo (al que a última hora he tenido que añadir la coletilla de segundo, pues sin recordarlo, compartía título con el escrito que a los profesionales del Hospital de La Fe escribí tras atender espléndidamente a mi hija en sus primeros días de vida), es cuestión de actitud.

David Torija Pradillo

Acerca de David Torija

Economist and MBA. Business Development Manager, Advisor and Business Strategist. Passionate about Management, Finance, Marketing, Sales, Social Media, Writing and Public Speaking. Cross Cultural and Global Minded. Hard Worker. Entrepreneur. Optimistic, Enthusiastic: Always look on the bright side of life.
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